martes 28 mayo 2024

Piromaníacos

por Tere Vale

La mayoría de los seres humanos hemos tenido pensamientos catastróficos. Hay que reconocer que muy en el fondo existe un placer malsano en darnos permiso para imaginar que todo lo que puede empeorar, empeorará, y que un final terrible está al alcance de la mano.

Por ejemplo, si tenemos un estornudo inmediatamente pensamos que tenemos Covid-19 y juramos que terminaremos intubados. O si vamos manejando por una carretera creemos que alguien nos viene persiguiendo para asaltarnos. En fin, todas y todos hemos tenido esos angustiosos pensamientos, especialmente en tiempos de mucha tensión, cuando estamos deprimidos y cuando las cosas no nos han salido muy bien que digamos. En el fondo, lo que tenemos cuando pensamos que lo que sigue es aún peor que lo que estamos viviendo, es miedo, mucho miedo a lo está sucediendo, por lo que pensar que todo puede ser aún peor es una forma de protegernos para que la espantosa e inminente realidad no nos tome por sorpresa. Es como asumir desde antes que todo está perdido para ser, aunque sea en eso, menos vulnerables.

Pero hay que reconocer también que, más allá de estos mecanismos de defensa tan complejos de los que somos capaces los seres humanos, hay situaciones que, analizándolas serenamente, no nos invitan al optimismo y lo catastrófico se va pareciendo cada vez más a la realidad.

Creo que estamos en uno de esos momentos. Dos años de pandemia y tres años de “gobierno” de Andrés Manuel López Obrador… pues ya estaba difícil la cosa: más de 300 mil muertes (600 mil, de acuerdo con los análisis más precisos), una situación económica muy difícil (pronóstico de crecimiento de sólo el 2 por ciento para el 2022), una inflación descontrolada (del 7.22 por ciento), más de 4 millones de nuevos pobres, una  inseguridad galopante en varios estados de nuestro país, baja en la inversión productiva, generación de empleo insuficiente, fricciones con Estados Unidos por la tan cacareada reforma eléctrica y por el aumento de los periodistas muertos en lo que va de este sexenio, una corrupción cada vez más evidente, en fin… Nada iba ni va bien. Pero, por si nos faltara algo, aparece la guerra entre Rusia y Ucrania, y abrochémonos los cinturones porque vamos a tener harta turbulencia.

Los precios del petróleo para arriba: 90 doláres por barril (importamos más de lo que exportamos), más subsidios (generalizados) para que no haya gasolinazos, y el precio del trigo, del maíz y los fertilizantes (importados en buena medida de Ucrania y Rusia) también por las nubes. Y lo que se acumule cada día que dure este nuevo conflicto, lo que incluye los precios futuros del gas, que se dispararon en más de un 50 por ciento en un solo día. O la inestabilidad de los mercados financieros en toda Europa y, desde luego, en Rusia. El precio del oro, tan alto como no se veía desde el 2020, y un dólar fortalecido, lo que tampoco nos conviene mucho que digamos.

César Mejías

Lo mejor que podría sucederle al mundo es que este conflicto se dirimiera en una mesa de negociación en la que la política y la diplomacia hicieran bien su trabajo, en la que, por el bien de todos, los humanos fueran capaces de ponerse de acuerdo.

De lo contrario, dicen los expertos, una recesión generalizada con terribles consecuencias políticas, sociales y económicas estará afectando a todos los países del planeta y, desde luego, también a México, de por si tan debilitado.

En ocasiones como esta, llego a pensar que dentro de muchos líderes del mundo hay un piromaníaco que goza incendiando y destruyendo todo lo que encuentra a su paso. El pensamiento catastrófico de los tiranos los lleva a encender la mecha y disfrutan enormemente que el pasto esté muy seco. Cuidado.

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