jueves 29 febrero 2024

Poesía y realidad

por Rodolfo Lezama

La realidad se ordena conforme al régimen de la palabra para asignar significado a los símbolos, sentido a las imágenes, comunicarse entre extraños con códigos comunes y, sobre todo, para cantar: esa necesidad humana de entonar a través de vocablos la música que solo le es accesible al mago, al sumo sacerdote, al chamán. El poeta es el elegido para tender puentes con los dioses, con lo sagrado, a través de la palabra. La poesía se sirve del lenguaje para enunciar el prodigio de la vida y el misterio de la muerte, para declarar el asombro ante lo natural y denunciar lo artificioso de la técnica, y así buscar lo que está más allá del enunciado: “la elocuencia de Dios” (George Steiner).

Dante desciende a los infiernos para elucidar una verdad inalcanzable para el resto de la humanidad y asciende a los terrenos de lo desconocido, después de mucho dolor y sufrimiento, con el propósito de hallar una revelación: noticia suprema que después podrá traducir en lenguaje poético y comunicarlo entre los hombres, pero sin que en esa transmisión pierda su calidad de ecuación sagrada, de mito.

La mitología, en este contexto, es un retrato hablado del universo, ¿acaso cantado?, para explicar el mundo y abatir la angustia, nombrar la fortuna, narrar el drama cotidiano, con el fin de encontrar una acción que lo resuelva: “el poeta recurre al pensamiento mítico […] con el único instrumento del que dispone para enfrentarse al asombro”. Por eso el poeta era el único personaje no primitivo ni arcaico en la época de las cavernas, en la antigüedad clásica o en el medievo, al estar dotado de un conocimiento civilizatorio –logos– capaz de dar a su discurso “la eficacia de una operación mágica” (Albert Béguin)

Conocedor de la magia, de sus alcances de elegido, el poeta entabla un diálogo con el cosmos y transmite su experiencia poética para explicar la realidad. En su invención de la realidad el poeta cuenta la historia. Así Homero transformó la guerra en epopeya y la épica en viaje. Virgilio tradujo el discurso político imperial en lo versos que darían soporte a la fundación de Roma, mientras Dante poetizó el descenso al infierno y su ascenso al paraíso para ilustrar el trayecto que realiza el iniciado para encontrar el amor en el rostro de lo divino. Los poetas místicos (San Juan De la Cruz, Fray Luis De León, Santa Teresa de Jesús) pretenden comunicar el ritmo y la densidad del silencio al forzar un diálogo entre lo eterno y lo concreto, pues al final el poeta pretende crear el mundo, más que para imitarlo (Béguin).

En este acto de creación, el poeta es el único ser capaz de hacer una interpretación de la naturaleza. Así la tierra, el aire, el agua y el fuego son la traducción en acordes, melodía y ritmo, de una canción que es espejo de la realidad, como lo dejan ver los poeta metafísicos ingleses, o la expresión de estilos particulares de observar el mundo hasta hacerlo parecer producto de una realidad paralela, como en su día lo hicieron Luis de Góngora, Francisco De Quevedo o Garcilaso de la Vega, que pasaron de la palabra a la arquitectura de catedrales, en donde los cimientos de una iglesia fueron la metáfora de los huesos y el verbo la unión del cuerpo y la sangre que inyectaban vida al cuerpo.

En ese escenario de piel, huesos y sangre, transformada a través de la palabra en edificios monumentales, la experiencia poética nunca dejó de ser una búsqueda de lo humano, en la cual la persona se reconoce en su creación, que es, a su vez, un reflejo de sí mismo con sus materiales internos y externos, plano donde oscuridad y luz conviven armónicamente poniendo a la vista el rostro del poeta y dejando en reserva a la visión los sentimientos o el pensamiento, igual que un cuerpo oculta el circuito de venas, arterias, o el fluir del torrente sanguíneo debajo de la piel. La poesía es siempre manifestación objetiva y subjetiva: lo humano que se comunica a través del arte y la belleza, como una forma de identificar lo trascendente con lo cotidiano: historia.

El poema es histórico a partir de dos circunstancias: 1) por ser un producto social y 2) porque trasciende lo histórico: “necesita encarnar de nuevo en la historia y repetirse entre los hombres” (Octavio Paz). La poesía es historia y reflejo de su tiempo. El poema puro se limita a poetizar, pero pasa por alto los significados detrás de la expresión poética, aunque el canto también evoque la realidad y sus efectos en la visión del poeta, que es entonces cronista de lo cotidiano.

A cada etapa histórica le corresponde una expresión poética que es manifestación de su tiempo. La antigüedad clásica, el Medievo, el Renacimiento tuvieron su poesía ad hoc, igual que la modernidad tuvo la suya. La fiebre del Romanticismo no es casual, fue una urgencia del momento en el que la técnica empezaba a imponer sus condiciones frente a una humanidad y un poeta que querían rescatar de los escombros de las viejas construcciones ideológicas un espacio que se disputaban el hombre y la máquina. Así, Hölderin y Novalis (en Alemania), Víctor Hugo y Nerval (en Francia) o Lord Byron y Percy B. Shelley (en Inglaterra) intentaron dar forma a un discurso lúcido en el que la alquimia del verbo pretendió ser la solución a los enigmas de la vida moderna y una reacción al racionalismo y al planteamiento de una verdad filosófica ajena al espíritu.

Herederos de esa espiritualidad, poetas como Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Lautréamount encontraron en la oscuridad y el descenso sin límites una forma de entender la realidad, de modo que la oda al paisaje boscoso o a la inmensidad marina (de la poesía de la naturaleza) cedió su espacio a un canto urbano para manifestar asombro ante el tráfico de las avenidas ocupadas por carruajes tirados por caballos, los océanos sitiados por barcos de vapor, a través de una diatriba poética que intentó cuestionar la teórica política sobre la representación, la democracia directa y la adquisición del mandato imperativo como una forma de atemperar las ideas revolucionarias.

Ese impulso político llegó a Latinoamérica a través de dandismo galo: música de fondo para cuestionar los avances industriales y confeccionar una palabra poética que intentó desvelar la idea de nación: postura reactiva al colonialismo y la usurpación, que dio forma a un novedoso lenguaje surgido desde las entrañas de la tierra.

Inocencia e ilusión fueron los materiales que formaron la poesía de fines del siglo XIX en Latinoamérica, pero también un afán de descubrimiento y rebeldía. Así voces como las de Rubén Darío, Enrique González Martínez, Leopoldo Lugones, José Asunción Silva y José Martí, cantaron la grandeza terrenal de una América reinventada, que abrevó de lo español igual que de lo indígena y de las luces y claroscuros que marcaron una nueva senda poética a partir de la noción de independencia, la cual a pesar de sus contornos borrosos, marcó el rumbo de lo que sería la identidad y la pertenencia a una colectividad que podía ser el Estado o su anverso: la pequeña comunidad.

La lucha por la identidad americana, como pugna entre tradiciones –religiosas, sociales, civiles y económicas– se tradujo en guerras civiles, discordia, que en el caso de México encontró expresión en la prosa y no en la poesía, particularmente en la Novela de la Revolución Mexicana. El fragor de la guerra requirió de una narrativa para sobrevivir, para dejar testimonio, más que de una poética. Entonces los juglares y los magos liberaron un espacio que fue ocupado por cuentitas y novelistas que pasaron de la palabra sagrada y la invocación, al reporte fidedigno del instante. Así personajes como Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Agustín Yáñez o Rafael F. Muñoz sustituyeron el verso por el relato, de modo que el espacio del poema histórico fue llenado por la crónica de la realidad.

El restablecimiento de la paz y la construcción de instituciones después de la lucha armada fue terreno fértil para que surgiera de nuevo la necesidad poética y, con ella, la creación de un grupo intelectual de muy altos vuelos –Los Contemporáneos– que reaccionaría con poemas a la urgencia de retratar la realidad, acaso como un momento de evasión, acaso como la posibilidad de encontrar en la experiencia poética un medio para huir de los acontecimientos y allanarse de una circunstancia que empezaba a denotar su paulatina deshumanización, de forma que el discurso revolucionario encontró en el poema su antídoto y una forma de conjurar la uniformidad de la vida, tal vez por eso esa generación de poetas ocupó buena parte de su poesía en reflexionar acerca de la muerte (Muerte sin fin de José Gorostiza, Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia, Muerte de cielo azul de Bernardo Ortiz de Montellano o Canto a un Dios mineral de Jorge Cuesta).

En paralelo a Los Contemporáneos, Octavio Paz escribió grandes monumentos poéticos que no sólo dieron continuidad a los trabajos de la generación mayor de poetas que le antecedió, sino que tal vez, como nadie, entregó una reflexión acerca de la modernidad (en el arte y en la vida social), así como un testamento de palabras que después de su muerte se quedó en el silencio, a pesar de que algunas figuras (como Marco Antonio Mones De Oca, Jaime Labastida, Jaime Augusto Shelley o José Carlos Becerra) intentaron extender su legado y conformar una nueva tradición que se apagó rápidamente y encontró albergue en el silencio, de modo que una de sus últimas reflexiones se vació de contenido ante la ausencia: “A una sociedad desgarrada corresponde una poesía como la nuestra”, pues la sociedad profundizó sus heridas en su desgarramiento, pero no fue capaz de hallar una sentencia poética que le acompañara al hacer más hondas las llagas que dejaban escapar la sangre y el aliento vital.

En el instante posterior a la modernidad, a la posmodernidad y a todas las formas novedosas del hedonismo, no tenemos ahora una poesía suficientemente profunda como para denunciar el abandono, remediar el ahogamiento social, o declarar el desdibujo del rostro humano frente a la realidad digital, como en su momento lo hizo Fernando Pessoa para exaltar el vacío, sí, pero también, la necesidad de llenarlo con la sabia de la vida: “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

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