martes 28 mayo 2024

Stalingrado en el Dniéper

por Pedro Arturo Aguirre

La mayoría de los analistas internacionales consideraban hasta hace poco a Vladimir Putin como un “genial estratega” especialista en saber jugar fuerte, hacer perder los nervios a sus adversarios y lanzar golpes en los momentos más propicios. Le habían salido bien todas sus jugadas: las intervenciones en Chechenia, Georgia, Siria y (la joya de la corona) la rápida e incruenta captura de Crimea en 2014, que tan popular lo hizo. Quizá por esto el sátrapa sobrevaloró su capacidad de acierto, lo que le sucede muy frecuentemente a los megalómanos.

Con la agresión a Ucrania, Putin ha echado a perder por completo sus éxitos estratégicos pasados al incurrir en errores tácticos clamorosos. Putin subestimó por completo la capacidad de resistencia del pueblo ucraniano, el liderazgo del presidente Volodímir Zelensky y la voluntad de respuesta (económica y política) de los aliados occidentales, mientras sobrestimaba la eficiencia de sus fuerzas armadas. El problema para él es que si se empeña en continuar con la conquista total de Ucrania se expone a un tipo de enfrentamiento que podría representar un elevadísimo costo en recursos militares y vidas humanas que el pueblo ruso quizá no esté dispuesto a pagar. Me refiero a la guerra urbana.

La guerra urbana es un reto inmenso para cualquier ejército, sin importar la superioridad numérica y de armamento que pueda tener contra un adversario capaz de agazaparse en los entresijos y laberintos de una gran ciudad. Se trata de la peor pesadilla para las fuerzas militares, los comandantes y los líderes políticos. En el caso de, por ejemplo, Kiev, la probabilidad de empantanarse en brutales combates casa por casa está casi garantizada. Existen muchas dudas, después de presenciar estas tres semanas de combates, sobre si Rusia tiene los recursos necesarios para capturar y mantener las áreas urbanas de Ucrania, y si está lista para aceptar el significativo incremento de las bajas humanas que ello significaría.

Según los historiadores militares, la regla general es que para tener éxito en la conquista de una ciudad las fuerzas atacantes deben superar en número a los defensores en una proporción de diez a uno, porque los defensores tienen la ventaja de conocer el territorio. Además, el uso de tanques y vehículos blindados en estos casos es muy limitado porque los defensores saben beneficiarse de las ventajas que les otorga la altura de los edificios locales en sus ataques a los blindados, tan vulnerables a los ataques desde arriba. La conclusión que los militares han sacado es que es un suicidio enviar tanques a las zonas urbanas porque no pueden maniobrar ni moverse a plenitud, por lo que son blancos muy fáciles. Por eso la única forma de conquistar ciudades es con una infantería muy profesional y, sobre todo, muy motivada. Eso hoy el ejército invasor ruso no lo tiene.

EFE

La lucha en las ciudades es un fenómeno relativamente nuevo. En la antigüedad y en la Edad Media los ejércitos sitiaban las ciudades, pero la lucha generalmente tenía lugar en las fortificaciones. Eso sí, en los sitios muchas veces las poblaciones se morían de hambre hasta lograr su sumisión. Después las batallas se llevaron a cabo entre los ejércitos en espacios abiertos en lugar de en áreas habitadas, tal como sucedió, por ejemplo, en la Guerra de Siete Años y en las guerras napoleónicas. No fue sino hasta la Segunda Guerra Mundial que las formaciones militares occidentales experimentaron fuertes y frecuentes combates en las ciudades. Como es bien sabido, la madre de las batallas urbanas fue Stalingrado, la cual dejó como saldo casi dos millones de muertos.

Más recientemente el mundo ha sido testigo de este tipo de combates cada vez con mayor frecuencia, y siempre con consternación por las pavorosas consecuencias que deben pagar las poblaciones civiles. De hecho, los conflictos contemporáneos se deciden principalmente en batallas urbanas y han marcado tendencias que se han visto en las guerras desde 1945, como, por ejemplo, la influencia de los medios de comunicación, el protagonismo de las fuerzas irregulares y el sufrimiento de la población civil que queda atrapada entre los ejércitos combatientes. La batalla de Hue (1968, durante la Guerra de Vietnam) representó una victoria moral para los norvietnamitas gracias a la cobertura de los medios. Argel (1956-1957) fue un claro ejemplo de guerra asimétrica, en la que el ejército más poderoso se vio impotente frente a una fuerza objetivamente inferior. Beirut (1975-1990) dio un ejemplo de guerra urbana interminable entre facciones fanatizadas. Sarajevo (1992-1996) fue el triste caso de una ciudad mártir que centró la atención mundial en las barbaridades de la limpieza étnica. Las encarnizadas batallas urbanas en Alepo (Siria) y Mosul (Iraq), así como el inicio del asalto a Raqqa (Siria), han vuelto a poner de manifiesto cómo las urbes se han convertido en los escenarios clave de los conflictos contemporáneos.

Ahora existe la preocupación de ver a los rusos repetir en Ucrania la destrucción masiva que ejercieron en la batalla de Grozny durante la ofensiva ordenada por Putin contra la capital de Chechenia, controlada por los separatistas en la década de 1990. Si lo hace, él y los gerifaltes de sus fuerzas armadas serán incuestionablemente responsables de crímenes de guerra. Ya lo ha dicho el alcalde de Kiev, el exboxeador Vitali Klitschko: “Cada casa, cada calle, cada punto de control resistirá, hasta la muerte si es necesario”. Todo indica que sus compatriotas le harán bueno el pronóstico. Y ya existe sobre la mesa la propuesta para la creación de un tribunal internacional especial que juzgue a los responsables de la agresión a Ucrania —y que complemente las acciones en curso ante la Corte Penal Internacional, el Tribunal Internacional de Justicia y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Dicha idea está respaldada por un grupo de connotados juristas internacionales. Por eso, la única opción racional para Putin es un acuerdo en el que pueda retirar sus tropas pagando el menor costo posible. De lo contrario se arriesga a perderlo todo, incluso el poder, y en ese caso Rusia podría quedar en una muy peligrosa situación de inestabilidad y caos donde el país podría fracturarse o vivir en un prolongado escenario de debilidad interna. Por eso conviene a todos buscarle a este dictadorzuelo de porra una salida con la que medio pueda salvar la cara.

También te puede interesar