martes 28 mayo 2024

Tour por el nidito de amor

por Regina Freyman

“… A los casados les ordeno, no yo sino el Señor, que la mujer no se separe de su marido.
Y si está separada, que no vuelva a casarse,
o que haga las paces con su marido.
Lo mismo, que el marido no despida a su mujer”.
(Corintios 7, 10-11).

La realidad bruta nos es inhabitable.
Sólo podemos vivir en una realidad interpretada,
convertida en casa, dotada de sentido, humanizada. 
José Antonio Marina

 

 

Leonor no soñaba con un anillo de compromiso, buscaba más que todo llegar a casa. Desde niña era peregrina, moviéndolo todo del lugar del padre a la de la madre; y con ellos de una propiedad rentada a otra. Añoraba el nidito de amor, una casa en armonía para no moverse ya. Con Arnulfo la situación ameritó tres cambios más hasta que la relación se hizo ruinas y Leonor deambuló por varias residencias más.

Para dejar el matrimonio gastado, y ya muy enamorada de Roberto, decidió salir con lo puesto, rentar un departamento vía el empeño del anillo de compromiso y asumir su nueva condición. Roberto pensó que vivía demasiado cerca de Arnulfo y muy lejos de la oficina, así que le rentó una casita conveniente de su propiedad, la permutó primero por trabajo y cuando Leonor estuvo en condiciones se impuso una tarifa.

—Pero deberías aprovechar tu crédito hipotecario y comprar en lugar de estar pagando una renta. Te vendo mi casa— le aconsejó Roberto.

Leonor lo había pensado y antes de la separación intentó comprar en la provincia, pero no lo concretó. Leonor aceptó la propuesta y comenzó el papeleo. Para no hacer el cuento largo, ella resolvió todo y a punto de la transacción, Roberto le habló del costo de la escrituración. Ella lo había contemplado, así que intentó la negociación ante el galán inflexible. Descorazonada, salió furiosa de su oficina y se puso a buscar, con tanta suerte que encontró una oferta mejor y en la misma dirección, era una casa idéntica, pero con jardín. La pareja se reconcilió y vivieron como vecinos tras la separación de Roberto.

La verdad es que a Leonor le gustaba esa situación, cada uno en su casa propietarios e invitados. Pero Roberto sugirió rentar su casa y que ambos vivieran en la de ella, él colaboraría con el gas y la despensa. La situación se mantuvo así hasta la jubilación de Roberto, que quiso concretar el sueño de vivir en la provincia. Para ella el cambio era aterrador, dejaba su trabajo y su propia casa para cumplir un sueño ajeno, pero el amor era mucho y las condiciones en pandemia pusieron todo sobre la mesa, el trabajo se volvió remoto y se lo pudo llevar con ella. Llegaron a vivir a una casa discreta que desde hacía tiempo Roberto había acondicionado para llegar cada vacación. La convivencia fue grata y el cuerpo se fue acostumbrando a la vida tropical. Fue entonces que Roberto volvió a plantear la posibilidad de permanencia y le ofreció toda una red de salvación.

Fue por eso por lo que cuando llegó a esa privada rebosante de flores: miles de aves y mariposas le dieron la bienvenida. Pensó que había llegado a su Dorado tras un largo esperar. El tiempo no podía ser más mítico, la pandemia asolaba al planeta y había que resguardarse y sobrevivir, acompañada de la persona amada, una suerte de Adán y Eva en el más bello jardín. Se inventó que la señal era un nido en forma de gota que colgaba al centro del jardín, una hamaca cerrada para proteger a la pareja. “Has de fundar tu hogar donde encuentres un nido colgante, suspendido de una rama”, esa fue la frase que se inventó después.

En sueños recorre las múltiples casas vividas, no le importa haber dejado en ellas una blusa o un gabán, pero le obsesiona que algún recuerdo se haya quedado bajo la cama, así que vuelve de noche para revisar cada rincón. Cuando sus padres se divorciaron, Leonor, su madre y hermanos fueron expulsados: ahí comenzó la peregrinación. Arnulfo le compró la primera casa, en su momento también fue de leyenda, pero tras la separación, él rompió la promesa y ella de vergüenza, cerró la puerta y nunca volvió.

Imagen: https://www.celesteprize.com/artwork/ido:32694/

Con alguna desazón ocasional, la nueva vida era perfecta en ese bello lugar. Contamos previamente que Leonor se compraría un anillo de compromiso, pero no fue así: se compró una bicicleta amarilla porque pensó que lo suyo era estar comprometida con la movilidad.

Al llegar a casa, Roberto, con parsimonia le invitó a una conversación: le dijo que ya era tiempo de que invirtiera más en el nido conyugal en vez de comprar bicicletas o inflables para flotar. Notaba él con desencanto su falta de implicación en gastos y su dispendio personal. Leonor sabe que todo eso es patraña y para probarlo ha decido organizar un tour para vecinos y turistas, una visita guiada por “El nidito de amor”. Así lo anunciaría en redes y en un cartel:

Conozca usted la historia del nidito de amor, la casa conyugal, placeres y sinsabores. Cinco personas por ocasión, dado que las instalaciones no permiten una manifestación.

En el primer grupo de invitados estaría como invitado el propio Roberto. Leonor señalaría cada mueble y cada reparación con un letrero: Donado por Leonor y sus ingresos o Pintado por Leonor y sus destrezas, construido… sembrado… auspiciado… El tema era hacer visible lo evidente, que la Fundación Leonor había empeñado mucho más que pesos y centavos.

Para sorpresa de Leonor, se abarrotó de visitas. Así que tenía que articular un buen guion que entretuviera a los paseantes, puso manos a la obra y esto fue lo que escribió:

La casa no ha cambiado desde 1851 salvo por el aspecto eléctrico, TV e Internet. Los “niditos de amor” son metáfora de la belleza y empeño que las aves ponen en sus refugios, son además una suerte de tributo para la hembra, un despliegue de habilidades que muestra de algún modo el entusiasmo del macho por dar hogar y tener descendencia. Todo ello hizo que los hombres diéramos por llamar así a la casa conyugal, un lugar para cultivar el afecto y la “buena vida”. Se trata de una obra en colaboración, que supone la alegría de la creación común. La forma en que el rol de género ha cambiado supone pensar que “el nido” no necesariamente es propio de parejas heterosexuales y que la descendencia muchas veces está en la gestación de proyectos reiterados. Digamos que hemos ido remodelando la idea para quedarnos con un espacio en donde fluya el amor y el cuidado mutuos, donde la igualdad reine. Donde el amor sea capaz de disfrutar con la repetición.

Inmediatamente se puso a pensar en el modo en que Roberto la hace sentir sólo un huésped.

No es que no le haya dado el derecho de arreglar la casa: es que no la provee de certezas. Va inventando nuevos planes, nuevos adeudos de Leonor a él. A ratos se siente la Cándida Eréndira empeñada con su abuela. Pareciera que hacerla sentir siempre indefensa es la forma de hacerse presente. Prefiere la demanda a la seducción.

Piensa Leonor que el ocaso de los nidos de amor tiene mucho que ver con que se olvidan los habitantes de que tienen un lado fascinante, pero deciden colgarlo al entrar al recinto para no ensuciar, y entonces se ponen la bata vieja para demandar, denunciar, desperdiciar el escenario y los momentos.

¿Y el amor? Pregunta un visitante

—Pues eso— responde Leonor —cada vez es más difícil hallarlo, como aguja en un pajar.

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