miércoles 22 mayo 2024

Un documental sobre Glass y los Medina

por Germán Martínez Martínez

Un lugar llamado música (2021) es el primer largometraje de Enrique Muñoz Rizo. Es un documental que se asoma al encuentro y conciertos de los músicos religiosos mexicanos huicholes Daniel Medina de la Rosa y su hijo Erasmo Medina Medina con el influyente compositor y pianista estadounidense judío Philip Glass, conocido también por musicalizar filmes como Koyaanisqatsi (1982) o Las horas (2002). Glass no habla español ni wixárika, el primer idioma de los Medina, quienes no hablan inglés: en la paradoja de la relación entre ellos está, quizá, lo mejor de la cinta.

Un lugar llamado música tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia de 2021 y ahora, en 2023, es parte de Ambulante —en varios estados de México, de agosto a octubre— y del ciclo Talento emergente —entre el 8 y el 24 de septiembre— en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México (con proyecciones los días 8, 9, 14, 15, 18 y 19). Además de la figura de Glass y la cuestión indígena, también contribuyen al interés por el documental las vistas de montañas y nubes, así como el registro de otras imágenes aéreas como las sombras agigantadas de personajes que caminan en el bosque, mostrándolas a velocidad regulada y con diseño sonoro pertinente. En el arranque de Ambulante, en su etapa capitalina, la asistencia a este documental fue notoria: los espectadores acudieron a la Fonoteca Nacional, la Casa del Lago y agotaron los boletos de la última función en Cinépolis Universidad a pesar del tardío horario dominical. Cuando los Medina y Glass se presentan en la Escuela Juilliard, el documental captura que el compositor mexicano judío Samuel Zyman —quien lleva décadas dando clases en ese prestigiosísimo conservatorio neoyorquino— les hace una pregunta, entusiasmado. A su vez, si uno juzgara a partir de las reacciones de quienes tomaron la palabra tras la proyección final en Ambulante, en el diálogo con el director y la productora Cathia Cuevas —y si uno cree en el boca a boca— entonces hay que “recomendar” Un lugar llamado música.

Los Medina y Glass dieron dos conciertos en el Palacio Bellas Artes. Cinefotografía de Iván Vilchis Ibarra.

Ahora bien, también existe la opción crítica, que tiene poquísima relación con describir, sin mayor argumentación, una película con adjetivos como “magistral”, al que ha recurrido un comentarista televisivo de espectáculos, quien a veces publica sobre cine —arrogándose cinefilia de la que patentemente carece— suponiendo que el ejercicio crítico ha de derivar en afirmaciones como “hay que ver sin discusión” tal o cual producto. La crítica de cine es una práctica cultural que sólo degradándose cae en dictaminar qué ver o qué no ver. Por el contrario, la crítica —aun la adversa— es una invitación a la discusión de las películas, lo que requiere conocerlas. El trabajo de gente como Cuevas y Muñoz Rizo más que trato publicitario condescendiente y políticamente correcto —por abordar personajes indios— merece un acercamiento que al menos se esfuerce en ponderar su película con inteligencia y sensibilidad.

Hay una deficiencia básica en Un lugar llamado música, quizá porque el director no supo separarse suficientemente del material filmado. Al mismo tiempo se comprende que Muñoz Rizo optó por tomar riesgos creativos. No obstante, es contradictorio que no se cuiden cuestiones elementales en el documental, según los parámetros declarados por el director, quien asegura que le importa la “historia” que cuenta. Muñoz Rizo decidió usar las entrevistas que llevó a cabo como voces narrativas que acompañan las imágenes. Desde el inicio se oye a alguien que se adjudica ser “portavoz de la música” de las deidades de la naturaleza, sin que el espectador tenga forma alguna de saber de quién se trata. Tampoco se sabe dónde están los personajes, salvo que uno infiera, por el reconocimiento de financiamientos durante los créditos iniciales, que la acción se desarrolla en Jalisco y que Jalisco está en México; pero igualmente puede uno suponer o imaginar que la acción sucedería en el sur de Estados Unidos, pues la camioneta de transporte público de la comunidad tiene una placa de California. Haría falta conocimiento antropológico y lingüístico avanzado para reconocer vestimentas e idioma acertadamente.

El documental Un lugar llamado música se estrenó en el Festival de Morelia. Fotografía de Arturo Bejar.

Asimismo, el un tanto encorvado señor de lentes sólo se explica si uno lo conoce como Philip Glass, de otra manera podría tratarse —según izquierdistas— de un vivales neoliberal que está apropiándose de productos culturales ajenos para lucro propio. Aunque Un lugar llamado música es un documental ajeno a las fechas, un diálogo precisa que, para cierto momento del rodaje, los Medina y Glass llevaban siete años viéndose una o dos veces por año. En esta falta de referentes reside buena parte del problema: sólo si se parte de la benevolencia hacia los personajes, por elementos provenientes de tener alguna noticia sobre ellos, se evita la lectura arbitraria que sugerí (cabe también que el objetivo sea una cinta para un público mexicano reducido). En su discurso público sobre el documental, el director habla de ritos, pero el espectador no tiene manera de entender así ciertas imágenes, pues carece de factores para saber si una fogata es algo más que un pretexto para convivir: una breve oración de Glass ante el fuego no alcanza para construir tal percepción, menos todavía cuando en Un lugar llamado música parece que cualquier espacio es propicio para montar un fuego.

¿Qué hace aburrida a una película? Seguramente hay infinitas razones para que algo sea inocuo, una de ellas es la falta de sentido, atisbos que nunca se concretan. El documental de Muñoz Rizo no pretende ser periodistico, pero tampoco es contemplativo. Sobre el sosiego de saber mirar prevalece el ilustrar preconcepciones de la naturaleza y de las comunidades indias, como al retratar la solitaria cosecha de maíz colorado. Un simple intertítulo inicial cambiaría mucho: “Daniel Medina y su hijo Erasmo son músicos tradicionales wixárikas. Tras largas discusiones, la asamblea de su comunidad en Santa Catarina, del estado mexicano de Jalisco, los autorizó a tocar su música con el aclamado compositor Philip Glass en diversos foros internacionales”. Aun así, con la composición existente no habría forma de saber cuál es el problema que discuten los miembros de la comunidad: ¿hay objeción a que los músicos salgan del pueblo, a que toquen la música religiosa con un fuereño o el conflicto es la filmación del documental? Que este sea un problema de comunicación muestra la distancia que Un lugar llamado música guarda con ser creación estética: la belleza no la da un acercamiento al zapato de un percusionista, ni los enfoques y difuminaciones, ni las hieráticas coreografías de huicholes ante la cámara.

La película se rodó y se desarrolla en distintas geografías, como Real de Catorce, Nueva York y México.

Si Un lugar llamado música fuera un documental propiamente narrativo —y no tiene por qué serlo, pero al parecer lo fue en alguno de sus múltiples tratamientos— probablemente tendría como eje los conciertos de Glass y los Medina en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el viernes 13 y el domingo 15 de mayo de 2018. El documental no ofrece esta información ni otros datos que anoto en este texto: no se construye el significado que tiene que los Medina estén en Bellas Artes, aunque lo inusual del hecho subyace en todo el documental. Cuando esa presentación fundamental está por comenzar se oye que los altoparlantes de Bellas Artes anunciaron a Glass y “músicos wixárikas invitados”. Ese instante muestra la limitación, incluso inutilidad o carácter contraproducente, de la corrección política. En español la denominación que continúa siendo común para la comunidad de los Medina es “huichol”. Usar “wixárikas” —en esta lógica el plural adecuado sería “wixaritari”— atiende a utilizar, en cambio, la forma en que los miembros de esa comunidad se refieren a sí mismos; recurrir a ella en español desplazaría la carga de colonialismo mexica y de subsecuentes formas de dominación, pero el hecho es que no llamamos a cada comunidad usando su propia denominación (decimos “alemanes” no “Deutschen”, ante lo cual se hablaría de diferencias de poder, pero eso pasaría por alto la carga histórica de cualquier nombre). El anuncio en Bellas Artes, aunque usara la versión políticamente correcta, estaba lejos de mostrar respeto por los Medina, por el contrario, cumpliendo con esa convención contemporánea, colocaba de hecho a los músicos —que Glass daba por iguales— en condición accesoria a quien la burocracia cultural, y buena parte del público, consideraba el músico importante.

Estas son distorsiones que provocan las derivas identitarias de la actualidad. ¿Importa que Glass o Zyman sean judíos? En el universo de Un lugar llamado música no, así como probablemente tampoco resulta definitorio en buena parte de su vida. En cambio, y a pesar de las mejores intenciones, la posición de los Medina tanto en los conciertos como en el documental se ve constreñida a que serían ante todo huicholes —con todo el peso de una mitología asociada— en vez de ser vistos como músicos. Las canciones de los Medina, que mencionan con frecuencia a “deidades”, inducen la caracterización de los wixárikas como pueblo místico —Medina es mostrado mayormente como ajeno a cualquier rasgo mundano— pero no habría que perder de vista que la colaboración de los Medina equivale a invitar un coro católico, o un grupo musical evangélico, a tocar con un popular compositor de música culta.

Daniel Medina de la Rosa durante el rodaje previo a su concierto en Bellas Artes en la Ciudad de México.

La falta de claridad puede llevar a actitudes que manchen la percepción de la música de los Medina con condescendencia y paternalismo. En el documental la duración extrema de las piezas lleva a que se altere la recepción de la música al presentarlas fragmentariamente, si bien el hábil montaje de Patrick Danse hace cinemáticamente imperceptibles los cortes en las largas canciones. No se dilucida la mecánica de la colaboración musical entre Glass y los Medina, aunque se recogen frases del pianista como: “No necesitamos melodía alguna”. Tuve oportunidad de escuchar a los tres músicos en la Universidad del Claustro de Sor Juana el martes 5 de diciembre de 2017 en el concierto que titularon El espíritu de la tierra. Es música sin duda interesante y disfrutable, pero no prodigiosa, a momentos la interpretación incluso parece escindida, no por gesto vanguardista, sino por deriva indeseada por los intérpretes. Sin embargo, en varios contextos contemporáneos no sólo se recibe mal, sino que se ataca el ponderar prácticas artísticas mediante criterios estéticos, en vez de seguir paradigmas identitarios. Por esto, no hay que sobredimensionar las reacciones ante el documental de quienes se animan a hablar. En Juilliard, Zyman es cálido al bienvenir a los Medina y más que formular un juicio, con prudencia dice que nunca había oído algo similar en la Escuela, acaso insinuando elogio, pero al mismo tiempo cuidándose de no hacerlo. Mientras tanto alguien con edad de estudiante sonríe por aquello de que nunca se había oído algo así en Juilliard, quizá extrañado aún por la música tradicional que ha escuchado.

En sentido semejante, el público escucha frases que deben haber sido expresadas durante entrevistas coherentes pero que en el documental quedan fuera de contexto. Un lugar llamado música no es un filme complejo sino con estructura defectuosa, por no ser suficiente para que el público llegue a construir algo significativo. Por ejemplo, la desarticulación de las entrevistas puede tener como consecuencia la banalización del lenguaje religioso. Si bien Muñoz Rizo tuvo la habilidad de evadir el peor escenario de exotismo, mostrar a los Medina en vestido tradicional comiendo hotdogs, en un carrito neoyorquino que vende también kebabs de cordero, no deja de lindar peligrosamente con la exotización. El director tiene múltiples caminos: contar elaboradamente sus historias —si esa es su prioridad— o atreverse a ser contemplativo para que, entonces, sin las muletas de referentes reales, la obra genere posibilidades.

El compositor, pianista y musicalizador de películas Philip Glass. Cinefotografía de Iván Vilchis Ibarra.

Hay un problema tanto intelectual como de aproximación a la comunidad cuando en público el director, en alusión a Santa Catarina, habla de “la pureza de su cultura”. A pesar de que el documental enfatice que la guitarra y el violín huicholes de los Medina están hechos con madera de la región, no dejan de ser adaptaciones de instrumentos traídos a México durante el Virreinato. Asimismo, la mención de que “el Venado Azul dejó su violín”, no es mito milenario sino, probablemente, versión que podría calificarse de contemporánea, aunque tenga siglos. Ante la pregunta de Zyman en Juilliard, sobre qué sentía al estar tocando ahí, Medina de la Rosa, aunque aluda a sus “Sagrados Ancestros”, dice también que “me hace sentir orgulloso, porque ya nadie hace esto. Nuestra cultura tiene gran valor, como nuestras tradiciones, merece ser preservada”. Uno de los hombres en una reunión del pueblo habla en el mismo sentido, ¿se trata de resistencia, traducción equívoca o de un discurso a partir de paradigmas “occidentales”? La pobreza extrema, la marginación social y geográfica y, sobre todo, la reproducción de rasgos culturales particulares, comenzando por el idioma, no son equivalentes a “pureza” cultural alguna: los Medina son, para bien —al tocar con Glass lo refrendan— partícipes de intercambios culturales.

Había escrito que en lo mejor del documental de Muñoz Rizo hay una paradoja, quizá involuntaria. Se trata de la situación de los personajes que se balancea entre el lugar común y una sofisticada concepción del arte: respectivamente, la música como lenguaje universal que igualaría y vincularía a los Medina y a Glass —que es la perspectiva del filme— y la música como práctica que no necesariamente tiene que ver con la comunicación sino que es un ambiente orgánico total, según Glass. ¿La estrategia de descontextualización del relato fue una manera de representar las dificultades, aparente imposibilidad y, no obstante, comunicación efectiva entre Glass y los Medina? No es imposible que así haya sido, pero la realización, como he anotado, se demuestra incompleta. Cada uno por su parte, tanto Medina de la Rosa como Glass se muestran conscientes de la dificultad para el intercambio verbal. La comunicación para Glass no es dar órdenes: es aplaudir como punto de referencia musical. Medina de la Rosa expresa satisfacción con alguna interpretación compartida con Glass calificándola como “muy conectada”. Glass elogia que sus intercambios se mantengan en el espacio de la música.

Acaso ajeno a la noción de compositor individual, Medina de la Rosa se refiere a Glass como alguien que toca el piano. ¿Podrá serle extraña la idea de fama global si al mismo tiempo expresa temor de no estar al nivel de Glass? Medina de la Rosa habla también sobre cómo su compañero de escenario y él no comparten idioma alguno, pero afirma que Glass “habla claro”. En “él habla claro” se concentra la paradójica comunicación que es el arte: no está fundada en sentidos mecánicos o simbólicos. En la coincidencia entre los Medina y Glass los significados —e incluso la calidad musical— están en segundo plano: en el transporte público una mujer wixárika afirma que no importa si Medina de la Rosa canta bien o no, porque, como lo hace en su idioma, en los conciertos fuera de su pueblo la gente no lo entiende. Glass dice: “Quizá tenemos, por azar, una personalidad semejante”. Más que la música como lenguaje universal, trascendiendo cuestiones pragmáticas —que seguramente jugaron algún papel para ambas partes— con Un lugar llamado música estamos ante un llano gesto humano: la buena disposición de Glass y los Medina para convivir, que podía quedarse en nada o podía convertirse en amistad, un primer paso indipensable documentado en esta cinta.

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