martes 21 mayo 2024

Un sábado en el tianguis de “El Chopo”

por Arouet

Si los sábados tienen sentido en la ciudad de México, al menos desde hace 38 años, es para andar por la colonia Guerrero entre las 11:30 de la mañana y pasadas las seis y media de la tarde.

No me refiero a caminar por la calle de Zarco justo a la salida del metro que tiene el nombre de la misma colonia, por ejemplo para entrar al mercado Rafael Martínez de la Torre –nombrado así en honor de este hombre que hace 210 años fraccionó estás hectáreas de terreno– para probar sus aguas o esquimos, o para comer la barbacoa frita sino es que a un lado en la mera esquina, comer las mejores carnitas del barrio.

Ando más bien rumbo a la calle de Aldama para ir al tianguis que ideó Ángeles Mastretta por allá en 1980 (y en el camino compro una chamarra de los Cowboys por sesenta pesitos porque la señora del puesto no me aceptó un torreón, “no chingue don, está impecable y es original”).

12:25 del día. Esta vez tengo prisa porque a las 2:30 comeré con un amigo en “El casino español”, entonces apenas hay tiempo para escuchar un poco se punk de unos jóvenes que desafían a la concurrencia a acercarnos al templete donde pega muy duro el sol; tengo la garganta reseca y en la bolsa la chamarra ya dicha y un chaleco negro Levis por 200 varos “por ser para usted don, que ya es parte del mobiliario”.

Compro mi patchouli de siempre y llego como siempre a los puestos de libracos donde llevo “Cómo leer en bicicleta” de Gabriel Zaid por 45 fierros y “El alcalde de Furnes” de George Simenon, un autor sereno y sobrio que siente me seduce (por 25 pesos, bueno, 35 porque el señor que lo vendió me retó a un volado por un diente).

Tengo la garganta inflamada y reseca. Por eso busco la sombra para andar entre algún cuadro de Béla Lugosi y un grupo de jóvenes deseosas de mostrar su cuerpo, eligiendo pantalones cortos rotos para montar encima de unas medias negras de cuadritos minúsculos, tienen los pelos parados con algún gel que desafía la gravedad y una mirada de acero que corta el pescuezo de quienes las miran.

Fotos / MLT

Encuentro la joya del día. Un libro sobre la historia del rock en 350 pesos y ahora no les digo el nombre porque pronto los voy a reseñar. Sólo puedo dejar testimonio de la amabilidad de don Ricardo que me dio una bolsa de librerías Gandhi con las asas reforzadas por cinta adhesiva y desdibujada en sus partes centrales por el paso del tiempo. El paso del tiempo, dije, ya son cerca de las dos y voy rumbo al metro Guerrero saliendo por las bodegas de ropa donde cuelgan playeras de dibujos estrafalarios por 50 pesos.

Camino de prisa, pero viendo de reojo algunos puestos donde compro un par de revistas viejas de La Guillotina de hace 30 años donde escribirnos el ahora director de comunicación social de la Presidencia de la República y yo, en aquellos años cuando incluso bailamos juntos a Pattie Smith en el CCH Naucalpan. Con todo, creo que si algo recordaré de estos vericuetos es al bebedero que hay en la entrada del metro porque, al fin, mi garganta recibió reposo.

Lo demás fue toser y cantar, bueno, más bien, enlistar mis libros y ordenar su lectura, preguntarme si le quedará la chamarra a Mateo y ver en el espejo como me queda el chaleco. Hasta que, entre la calle de Madero e Isabel la Católica, en el templo La Profesa me detuve, pensé que podría ser una bonita locación del siglo XVIII para las misas diarias del actual presidente de México, pero llamó más mi atención el artesano que estaba en la esquina del portal, comía mientras en el piso reposaba el pedazo de madera de un niño Jesús labrado por sus manos. Le miré el rostro mientras sopeaba con cuchara diestra el puchero caliente. Ya no me detuve más porque eso, precisamente, me impulsó para llegar a la comida con mi amigo para presumir, ya en el pan de turrón, mis nuevas joyas biográficas y mis viejos nuevos trapos.

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