viernes 12 abril 2024

Una negra dimensión

por Regina Freyman

Sólo la ficción pudo adelantarse a narrar una presidencia inédita: Donald Trump personifica lo insólito del momento histórico en que vivimos. Puedo apostar a que jamás pensamos que, en el imperio de la virtualidad y la tecnología, dos ancianos se estuvieran disputando la presidencia de Estados Unidos. tras el gobierno caricaturesco del millonario estrella de televisión.Esta es la primera elección presidencial en la que los dos principales candidatos tienen más de 70 años: Trump, 74, y Joe Biden 78, quien se convertiría, si gana, en la persona de mayor edad en servir como presidente.

El escenario principal de esta elección es inédito por la pandemia de Covid-19, que ha dejado más de 230 mil estadounidenses muertos tras un “encierro” intermitente de nueve meses y aún sin una vacuna. Ver a la potencia mundial desbordada por esa enfermedad es un contexto que no podíamos imaginar, menos aún porque la situación en Asia y Europa suponía una llamada de atención que podía servir de antecedente y prevención.

Por otro lado, las protestas en reacción al asesinato de George Floyd y otros afroamericanos a manos de policías enardecieron los ánimos, mostrándonos marchas callejeras violentas que también suponíamos improbables en la nación vecina.

Biden anunció que su compañera de fórmula sería la senadora Kamala Harris, convirtiéndola en la primera afroamericana, la primera nativa estadounidense, la primera asiáticoamericana y la tercera candidata mujer a vicepresidente.

El reflejo de la pantalla negra

La primera ficción que nos anticipó una presidencia donde el opositor permanente se instala como primer mandatario fue “El momento Waldo” de la gran serie de televisión Black Mirror. Waldo es un personaje digital animado en tiempo real, un tierno osito de pixeles que aparece en un programa de televisión británica y critica, de forma despiadada, a los candidatos a primer ministro. Al momento de comenzar la historia van a celebrarse elecciones municipales en el Reino Unido y, aunque el autor que anima y da voz a Waldo rechaza tratar temas políticos, la presión pública lo anima a recurrir al insulto para causar hilaridad entre los electores. Sin discurso ni ideología ni propuestas, acaba por ser postulado como candidato. Aunque envuelto en su tierno disfraz, el odio de Waldo se hace patente a grados tales que el personaje se come a su creador, y cuando este se niega a continuar operando al personaje de ese modo, le recuerdan que el muñeco es una idea que pertenece al canal.

El programa parece decirnos que los políticos suelen ser fraudes de manipulación. Waldo fue pensado originalmente como un alivio cómico para las elecciones y termina siendo el incitador para que el público actue con violencia contra los políticos, con los que Waldo se compara: personajes fabricados con nada original que decir, manejados por sus partidos o, quizás, si alargamos la alegoría, comentaristas que son marca registrada de sus casa productoras.

Somos lo que odiamos: Waldo está destinado a ser un personaje de protesta contra los políticos corruptos, a pesar de que, al mismo tiempo, él es peor que lo que acusa.

En un ensayo sobre la televisión, Pierre Bourdieu advierte sobre los peligros de la pantalla que, en su Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, Jorge Vigil Rubio denomina “televidiocracia”. Este pecado consiste en el exceso democratizador mediático que amenaza con convertir a los medios en la encarnación de la opresión simbólica. La pantalla toma el ciberespacio y se reproduce meméticamente en las redes, pero el neurótico y obsesivo tuiteo de Trump es incluso más atroz que lo que la serie muestra.

Bourdieu enmarca su trabajo en la noción de campo periodístico, espacio social estructurado, campo de fuerzas en el que hay dominantes y dominados, un campo de lucha para transformar y conservar ese campo de fuerzas. Los sujetos de este son productores, periodistas y actuantes, que evolucionan sobre el trasfondo de un mercado audiovisual movidos por la energía de la publicidad en un campo regulado por instancias gubernamentales u órganos de control de mecenas y de clientes. No hay mucho más que agregar, sólo que, como diría Borges si conociera la internet: este espejo proliferante multiplica el horror de los hombres. Hombres sin rostro, desnudos de humanidad.

Waldo, el impertinente oso de caricatura que gana la elección a primer ministro, es una premonición de Charlie Brooker (creador de Black Mirror), quien adivinó que la carrera política, cada vez más trivial, terminaría por coronar a Donald Trump como presidente de la nación más poderosa del mundo. Waldo es la oposición acéfala que se limita a injuriar, el pueblo lo adora, mientras el programa parece decirnos que los políticos suelen ser fraudes de manipulación.

En la dimensión desconocida

Brooker acepta en cada entrevista que su Espejo negro está inspirado en la vieja serie  La dimensión desconocida, de Rod Serling. Ambas series suponen una fuerte critica política oculta bajo el traje de la ciencia ficción y lo fantástico. Podemos suponer que, debido al éxito del tributo a la serie de Serling, un grupo de productores decidieron revivir la vieja serie en 2019. Su quinto episodio, que salió al aire el 25, se llama “The Wunderkind”.

La evidente parodia supone a un exitoso niño youtuber como presidente de Estados Unidos. Raff Hanks es un propagandista experto que se encuentra en un hospital y le cuenta a un asistente la causa de su presencia. Años antes, Raff se consideraba un niño prodigio y había sido un exitoso director de campaña. Después de que él y su compañera Maura no logran que James Stevens, un impopular presidente de Estados Unidos, sea reelegido, la carrera de Raff se arruina. Mientras está en un bar años después, Raff ve una noticia sobre Oliver Foley, una estrella de YouTube de 11 años, quien dice que quiere ser candidato a la presidencia. Raff quiere aprovechar la popularidad del niño y convence a sus padres de que le permitan postularse y que él se hará cargo de la campaña. Una vez electo, abusa de su personal, miente sistemáticamente y el natural narcisismo infantil conduce a la nación ena ser un chiste de ingobernabilidad. Así, un tierno niño se convierte en un tiránico monstruo. ¿Suena conocido? “The Wunderkind” supone un comentario crítico a la política moderna en general, y a la presidencia de Donald Trump en particular.

El político

The Politician es una serie de Netflix que abre con una advertencia: se trata de una “comedia sobre la moral, la ambición y conseguir lo que quieres a toda costa… algunos elementos pueden ser perturbadores”. La serie de ocho capítulos nos da entrada al cínico mundo de un joven  rico, Payton Hobart, y su ambición por convertirse en presidente de su escuela de Santa Bárbara, para forjarse una carrera política que lo lleve, eventualmente,  a la presidencia de su nación. Cada episodio reafirma la tesis de que el fin justifica los medios. El protagonista es calculado y carismático pero inseguro, al que lo único que realmente le importa es su propia adicción al poder. Su constante observación de las encuestas (escolares) orientan cada uno de sus ruines actos, lo que señala la contemporánea obsesión de nuestros mandatarios y la absurda manera en que esta numeralia reconfigura planes y proyectos, una política que trabaja para la popularidad y olvida el bienestar ciudadano.

Entre  suicidios, trampas electorales y complots de asesinatos, el programa resalta la depravación del juego político.

Hoy se decidirá el futuro estadounidense, y la sociedad productora del espectáculo no sabe si habrá una vuelta de turca. Por vez primera en mucho tiempo, el ambiente es violento.  José Antonio Marina nos cuenta en su Diccionario de los sentimientos que entre las tribus hawaianas la única solución para el odio es la reanudación de los lazos afectivos, que sólo se restablecen mediante el perdón mutuo que libera a cada parte del terrible círculo de viejas injurias y venganzas interminables.

El clima mundial no mejora, el cielo se pone negro y en las pantallas llueve y se oscurece aún más. Pero el escritor tiene la última palabra y quizás se atreva a regalarnos un final feliz.

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