viernes 12 abril 2024

Unas y Otros

por Regina Freyman

Mi hija vive en Puebla, no paro de pensar que pudo ser ella. La muerte de una joven como Mara y en esas circunstancias, no tiene matices, es roja, es horrible con adjetivos que no pueden ni deben atenuarse. Como sociedad, como habitantes de este país y este mundo, como madres, padres o hijos no podemos normalizar incidentes como éste. Quedará en la colección de recuerdos indignantes, aquellos que no se deben olvidar; así como en otra lista se encuentran los datos identitarios que nos otorgan nacionalidad, la cultura o la historia que nos hace mexicanos. Somos hijos de nuestros horrores también. Somos responsables de un discurso que no terminamos de alimentar. De una historia que seguimos contando.

Como mujer mexicana he vivido: padecido, abusado, mofado del discurso “machista”.

Es por ello que no me resulta simple culpar a un género, a una época, ni siquiera a una geografía. A un discurso sí, como quien responsabiliza al radicalismo de una ideología, al fanatismo de una elección. Hay hombres y mujeres responsables de tejer ese discurso, mexicanos y extranjeros, católicos y ateos. Pero somos muchos quienes lo toleramos ¿por qué? Por comodidad, por irreflexión, por costumbre. Comienza con el “No hagas ruido porque tu papá está trabajando” con el “vente adelante, al fin que a tu mamá no le importa”. Y con muchos y muchos detalles más. Lo permití en la violencia de mi padre, o de mis parejas, lo fomenté en la censura o en la exigencia económica que objetiva a los hombres como cuando nos objetivamos solas torturándonos para vernos más jóvenes o más bellas, reduciendo nuestro valor a pesos o a peso.

Lo recibí de los muchos y muchas que censuraron mi divorcio aludiendo que no había motivo “ni me pegaban ni me ponían los cuernos”. Lo padecen mis hijas quienes educadas con libertad para disponer de su cuerpo libremente fueron llamadas por ellos o ellas como lobas o locas. Cuando a los 15 años me enamoré de un pobre hombre casado que me doblaba la edad y que los vecinos defendían de la puta de mí. Cuando en el trabajo y para una foto, viniendo de una mujer se me pide que cierre más las piernas, pero no veo que se pida lo mismo a los hombres. Lo vivo cuando yo misma aguanto de mi pareja lo que él no tolera de mí, porque a mí me enseñaron que las mujeres dóciles, complacientes, son las más lindas. Y no digo que no me complace esa actitud me ha ayudado a ser más sencilla con mis exigencias a la vida, pero el problema consiste en que a ellos los educamos para exigir, para no adaptarse fácilmente porque no era de “hombres”. Así de tan “adaptadas” comenzamos a desaparecer, a ceder el sitio. Sin embargo, me rehúso a culparlos a ellos, o ellas como genérico. Culpo a quienes jalan el discurso para cobijarse y destapar al otro. Culpo sin misericordia a las bestias que matan a un ser bello porque su fealdad moral no les alcanza para seducir, proteger, admirar. Aquellos débiles de instinto y de razón que sucumben a sus pasiones; carentes de toda humanidad se tragan y masacran lo que simplemente no pueden ser ni tener.

Esto y lo otro; esto o lo otro; las buenas ellas y los malos ellos. Nos dice Bauman que el peligro actual consiste en el pensamiento “fragmentador / separador, disyuntiva de o lo uno o lo otro, donde queda excluida la posibilidad de esto y lo otro”. Me duele la muerte de Mara como me duele también la de muchos hombres, niños o ancianos que mueren injustamente. Sé que habrá quien desde este punto me calificará de pusilánime o vendida, resentida, alienada a quien el discurso masculino tiene enajenada y no se percata de la gravedad del feminicidio en nuestro país. Y sin embargo, me percato, pero temo que se alimente un nuevo discurso radical, donde la muerte de mujeres tenga más valor, donde el reclamo de la injusticia comience a ver culpables a todo un género por el simple hecho de serlo.

Duele igual la muerte de un hijo o hija, duele igual, el desamparo de un niño o de un viejo. Castigan y son machistas las mujeres y los hombres, toleramos la injusticia todos los mexicanos ¿Nos hemos acostumbrado? Hasta que sucede un caso como este y alzamos la voz, para irla mitigando de a poquito y regresar a casa para pedirle a los niños que bajen la voz porque papá tiene que trabajar, mientras nosotras trabajamos con ruido o con los niños que al fin somos multitask y nos enseñaron a apechugar para no convertirnos en viejas brujas; o aguantamos por conservar la seguridad del sacrosanto “matrimonio” y mientras el señor pague el gasto nos puede callar; si no, a cantarle la rata de dos patas que es en lo que se convierten los hombres sin dinero.

El odio nunca es respuesta, víctimas somos potencialmente todos, responsables también; eso es lo que realmente aterra, pues sabemos que no podremos conseguir mejores autoridades, ni mejores gobiernos, los hemos probado todos. Habría que apostarle a mejorar el discurso a enseñar a nuestros niños a contar otras historias, a ser reflexivos ante la discriminación y la violencia, ha sabernos responsables de cada palabra que expresamos y cada injusticia que callamos, por nimia, por “inocente”.

Todos los días en este mundo tomamos cervezas y tomamos taxis, se violan mujeres y se abusa de los niños, se maltrata al hombre en masculino y al hombre como especie; se compran y producen armas pequeñas que los ciudadanos desamparados compran para su protección, se producen cerca de 900,000 al año; y el discurso se llena de miedo, se torna violento. Ni uno ni otro, ni mujeres vs hombres; ni civiles contra burócratas; unos y otros para protegernos, para cuidarnos, para responsabilizarnos. Unos y otros para cuidar nuestro discurso que es lo primero que detona incluso la muerte.

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