viernes 24 mayo 2024

Willy Brandt medio siglo después

por Pedro Arturo Aguirre

En unos pocos días se cumplirán cincuenta años (¡cincuenta!) de la renuncia de Willy Brandt a la cancillería de Alemania como consecuencia de un, hasta cierto punto, absurdo escándalo de espionaje. Su gobierno señaló la cúspide del apogeo socialdemócrata europeo. La propuesta de establecer un Estado democrático garante de mínimos de bienestar y respetuoso de las leyes del mercado en el ámbito de una economía mixta, comprometido con una irrestricta observancia y promoción de las libertades individuales se imponía en todo el continente y parecía ser, de modo ineluctable, el futuro de las sociedades democráticas de todo el orbe, por lo menos de las más avanzadas. Sin embargo, muy pronto la recesión económica internacional y la aparición de la competencia comercial asiática (entre otros muchos factores) darían al traste a la utopía socialdemócrata europea. Pero eso fue después. Tendencias significativas presentes en las sociedades europeas a partir de 1945 y hasta el principio de los años setenta permitieron vislumbrar un futuro socialdemócrata. Inició un largo y sostenido período de crecimiento económico, prácticamente sin paralelo en la historia, el

cual se dio en un ambiente de concordia y hasta de colaboración interclasista. El desarrollo económico coincidió con una etapa de sustancial moderación del conflicto de clase. Este nuevo concepto de encontró una expresión muy popular e influyente en los escritos de Anthony Crosland, especialmente en The Future of Socialism (1956). Donde el autor enumera cinco principios básicos para la socialdemocracia: liberalismo político, economía mixta, Estado bienestar, políticas económicas de tipo keynesiano y compromiso con la igualdad social.

Al crecer la economía y hacerse cada vez más importante el sector servicios las sociedades europeas experimentaron la constante reducción numérica de los trabajadores manuales. Se corroboraban las teorías socialdemócratas de Eduard Bernstein, mientras que las concepciones marxistas quedaban desacreditadas. Ello animó a los partidos socialdemócratas de Europa a alejarse de una orientación más o menos exclusiva hacia el trabajador industrial y volverse, en cambio hacia un tipo de partido popular interclasista (Volkspatei) que procurara captar simpatizantes, y ya no tanto militantes, en todos los estratos de la sociedad. En estos años se verificó el fenómeno descrito por Adam Przeworski sobre la transformación de los partidos socialdemócratas de “monoclasistas” a “policlasistas” a fin de obtener mayorías electorales. En el terreno intelectual, la

socialdemocracia dominó durante estos años. El marxismo estaba cada vez más desacreditado por su identificación con el ominoso régimen dictatorial que imperaba en la Unión Soviética y por abominables acontecimientos producidos en Europa Oriental durante esta etapa, tales como las sangrientas intervenciones en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968). El liberalismo se consideraba generalmente como pasado de moda. El conservadurismo encontró menos simpatizantes intelectuales en un período de cambio demográfico y social muy rápido, el cual aparentaba avanzar hacia la dirección socialdemócrata del capitalismo controlado. La socialdemocracia parecía ser una doctrina que estaba a tono con las realidades modernas en su aceptación del capitalismo, mientras que aún retenía un poderoso atractivo idealista gracias a su compromiso con la redistribución y la igualdad.

En 1959, una nueva y pujante generación de políticos socialdemócratas se hizo cargo de la dirección del SPD y el histórico programa de Bad Godesberg, en el que el partido abjuraba definitivamente del marxismo, de las nacionalizaciones, del anticapitalismo a ultranza y de su actitud anti-Comunidad Económica Europea. El partido se modernizaba para presentarse como una verdadera alternativa de gobierno. La nueva socialdemocracia se convertía en un genuino “partido del pueblo”

(Volkspartei) abierto, sin exclusiones, a toda la sociedad, que llegaba para sustituir al “partido de clase” producto de los teoremas ideológicos del siglo XIX. Era el adiós definitivo a las utopías revolucionarias. En aquella ocasión llamaron poderosamente la atención las palabras pronunciadas por el entonces alcalde de Berlín Occidental, un tal Willy Brandt, un político que destacaba a causa de su carisma y su reconocida capacidad intelectual: “Debemos renunciar al sueño de una sociedad futura que sea completamente distinta y en la cual los hombres sean completamente diferentes a como han sido hasta ahora y son aún hoy. Tenemos que aprender a vivir en la duda, pues es productivo dudar. Tenemos que dejar de buscar una única verdad y aprender a vivir con las diversas verdades que forman nuestra vida”.

La socialdemocracia se deshacía de la ideologización para proponer soluciones prácticas y realistas a los problemas contemporáneos de la nación; capitulaba, por fin, frente a la economía de mercado, pero no renunciaba al Estado bienestar; aceptaba los imperativos de la política exterior pro unidad europea, y señalaba la urgencia de establecer vínculos con el bloque socialista; renunciaba al anticlericalismo y a la satanización de la burguesía, con el propósito de atraer a las clases medias y rurales, pero sin descuidar sus fuertes nexos con las organizaciones obreras del país. Pero fue el de Brandt

un gobierno de claroscuros. Sus valientes iniciativas en política exterior lo llevaron a ganar el premio Nobel de la paz en 1971, y no solo aquellas que llevaron a un reacercamiento con las naciones del Este europeo, sino también las que impulsó para procurar que el mundo desarrollado comprendiera mejor la realidad de los países subdesarrollados. Fue en los terrenos de la política interna y de la economía en donde la primera administración socialdemócrata debió enfrentar los mayores retos y sufrir sus principales desazones. A Brandt le tocaría arrostrar los efectos del embargo petrolero de 1973, que eventualmente llevarían a occidente a la recesión y al modelo socialdemócrata a toparse con implacables limitaciones. Cuenta una de sus biógrafas, Barbara Marshall, que en sus dos o tres últimos años como canciller, “era visible un cierto deterioro, no tanto de su imagen pública como del posible aprecio que pudiera tener el propio Willy Brandt por la misma. Se adivinaba en su figura al político consciente de lo limitado de sus éxitos en algunos campos, por más que su obra general sobre la moralidad de las inteligencias sea copiosa”. Luego de que se viera obligado a abandonar la jefatura del Gobierno en 1974, Brandt se mantuvo como líder moral de la socialdemocracia no solo de su país, sino del mundo entero. Una socialdemocracia, cierto, que la sazón entraría en un azaroso periodo de crisis, cuestionamientos y recomposición, pero lo cual no fue

óbice para hacer de la obra de este singular político una de las más fecundas e importantes de la política de la posguerra europea.

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