sábado 15 junio 2024

El cazador cazado

por Fedro Carlos Guillén


Existen muy diversas historias y leyendas ejemplares que ilustran la necesidad moral de que aquel que abusa sufra posteriormente los mismos abusos. Es probable que la mitad de los western, las películas de Pepe el Toro y toda la zaga de luchadores nacionales abreven de esta premisa. Después de todo, esta especie de “para que veas lo que se siente” es una especie de acto justiciero que -adictos a los dramas, es la condición humana- disfrutamos enormemente. Cuando Saby Kamalich en su papel de sirvienta humilde y buena es vejada, lo que deseaba la unanimidad de los televidentes es que tomara un merecido desquite de la lagartona que la hacía ver su suerte y la humillaba diciéndole que no traía zapatos en recepciones de 200 personas.

Los adictos a los medios han sido troquelados en esta idea (ingenua) de que “el que la hace la paga”. Estoy seguro que cuando arrestaron a Pinochet en Inglaterra, la enorme mayoría de la humanidad (con la obvia excepción de parientes y gorrones) pegó un brinco de gusto, lo mismo que cuando murió Darth Vader o los vampiros persecutores de Capulina, y aquí podríamos ensayar un largo etcétera.

Sostengo que el caso de Fabián Lavalle llama la atención -guardado sea todo el tipo de proporciones- por razones similares a las antes descritas. Este buen hombre forma parte del naciente ejército de profesionales de los medios que tiene como función hurgar en el subsuelo informativo con el fin de alimentar y a la vez generar más apetito en televidentes que imagino imbéciles y numerosos. Las notas son anticipables como un meteorito; Fulanito de tal fue sorprendido en la compañía de una buenona por medio de una cámara oculta, lo que atrae de inmediato dos consecuencias reporteriles: la búsqueda de una reacción por parte del adúltero (que invariablemente dirá que se trata de una amiga) y la de la mujer cornuda que se negará a dar entrevistas mientras tira por el balcón las corbatas de su amado. Otra variante es descubrir a los que ellos mismos llaman “famosos” en situaciones comprometedoras co-mo orinarse en unos arriates en la vía pública, gritar leperadas abrumados por las tinieblas del alcohol o sorprenderlos en una grabación telefónica en la que mientan la madre a discreción a diversos destinatarios. Todo lo anterior con la complicidad de diversas autoridades (es sabido que los policías que detienen a alguien de cierto nombre reciben una compensación económica al comunicarlo a los reporteros). En fin, hasta aquí nada nuevo; los analistas dirán que esto es basura y los basureros se abanicarán con estos comentarios pero, ¿qué pasa cuando uno de ellos resulta víctima del monstruo que ayudó a engendrar? Veamos.

No han sido meses fáciles para Fabián Lavalle; primero, y con una falta de tino envidiable, se metió en ?el mismo cuarto de hotel con un troglodita que lo mandó al hospital y ello generó el primer circo me-?diático, del que salió ligeramente vapuleado tanto física como públi-?camente. Semanas más tarde fue detenido por el alcoholímetro dando de que hablar por segunda vez, mientras decía que “sólo se había tomado unas copitas”. La hazaña más reciente se encuentra en la portada de una revista donde lo “sorprenden” (por cierto, el término es literal) besándose con otro señor y, desde luego (no podíamos esperar otra cosa), lo mandan a la picota entre burlas que tienen el mismo buen gusto de la maestra para el vestir. Ante todo esto, ¿qué posición se debe tomar? Para mí es clara, considero vergonzosa la intromisión en la vida privada de Lavalle (aunque francamente el tipo me cae tan bien como Idi Amin). La obsesión de los medios por atrapar a uno de los suyos sólo es superada por la torpeza con la que este jovenazo intenta defenderse. Sin embargo, una segunda enseñanza se puede sacar de todo esto; entender que la noticia vende, que los menesterosos informativos seguirán consumiéndola y que para lograr esta infeliz relación no hay impedimento ético que valga. Ignoro si el señor Lavalle ha analizado que está pagando platos que él mismo fabricó, de hecho me da igual. Como nos deberían dar igual las andanzas privadas de cualquier persona, ya sea pública o privada, o asumir las consecuencias y entrar de lleno en la ley de la selva

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