Simplificar lo complejo hasta llegar a lo burdo, cautiva a votantes. Calumnia que algo queda. Edad y género no determinan el resultado. Lo importante es el bienestar individual.
Los grandes programas y reformas no dan resultados inmediatos, se pueden postergar. Los políticos se extinguen. Los “ciudadanos” van al alza. La gente enojada es un peligro y en las urnas doblemente peligrosa, puede votar contra todo, a favor de nada.
Estados Unidos ya decidió. Antes, durante las campañas, la sociedad de la potencia habló claro y fuerte. Su expresión no es sofisticada, el poderío económico y militar no guarda proporción con el nivel cívico de sus heterogéneas comunidades, atomizadas en su identidad nacional. Democracia electoral, no de principios. Legalidad, igualdad, fraternidad, justicia y bondades éticas similares, no son objeto de deseo para los estadounidenses que, de una u otra forma, añoran un sueño americano del siglo pasado, capitalista, imperialista, impositivo.
Estadounidenses traumatizados con la pesadilla del terrorismo en su territorio, lo disfrutan en otras latitudes porque les permite actuar, razón de ser, los inspira a cuidar sus globales intereses, los obliga a imponer. Quieren su seguridad nacional de vuelta, a cualquier costo. Lecciones universales desde una sociedad libérrima hasta para matarse entre sí, que impone agendas inspiradas en la ausencia de valores. La xenofobia, la misoginia, lo cavernícola gana adeptos, obliga a revisar legislaciones sanitarias, tratados migratorios, militares y comerciales.
Lecciones para México a entender, atender y afrontar. Revisar nuestra diplomacia reactiva, improvisada, inercial, que se orienta cada sexenio según interpretaciones ejecutivas, no de consenso nacional, menos de Estado. Doctrinas diluidas y ocurrencias diplomáticas impuestas, meta-institucionalmente, por nuestro Maquiavelo presidencial, facturas por pagar.
En materia económica, energética y agroindustrial, debemos apuntalar fortalezas sistémicas que disminuyan el impacto de las variables exógenas. Aceptar que, mayor competitividad nacional exige combatir profesionalmente, en serio, la corrupción en todas sus expresiones, no para desaparecerla (cosa imposible), pero sí para contener su actual desbordamiento.
De lo contrario, seremos vistos como un país reformista con un gobierno que, queriendo mover a México, consintió a gobernadores en el saqueo sinfín de las arcas públicas, hasta que los escándalos financieros estallaron. Combate a la corrupción de dientes para afuera.
Urge procesar taras sociales, cicatrices heredadas del siglo pasado que nos obligaron a construir un sistema electoral tan rígido que ha pasado de ser seguro y confiable, a restrictivo, limitativo, una incubadora de campañas banales camino hacia una democracia de sentencias judiciales, no de votos.
Lección final. Las instituciones del Estado contienen, dan cauce a todos los humores sociales, garantizan la gobernabilidad, nos vacunan contra ocurrencias primitivas. Las instituciones no deben ser mandadas al diablo.
De lo contrario, corremos el riesgo de irnos todos a un ranchito cerca de Macuspana, Tabasco, de ilustrativo nombre.
