Hermanos enemigos

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Pedro Morales nació en una familia pobre, pero se encontraba lejos de sentirse excluido de la comunidad de los hombres. Después de todo, tenía un trabajo de verdad, no uno sospechoso e inestable como la literatura o la actuación circense. Archivaba papeles en una clínica del Seguro Social. Pero Pedro no era un simple archivista. Sobresalía, además, por su habilidad en el manejo de las palabras y las ideas. A través de Rius adquirió noticia de Carlos Marx. Entusiasmado por creer que había encontrado el sentido de su vida en la posibilidad de crear una nueva sociedad humana, leyó a Marx con fervor rígido y apasionado. Del autor de El Capital pasó a Lenin, y allí se estacionó para no volver jamás a buscar alguna forma de claridad en los libros, o en cualquier otra parte del planeta. Era un joven delgado, que discurría con elocuencia sobre la madre naturaleza y la sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre. Lejos de apocarse con la gente, se crecía ante ella. Se comprende que amara los espacios adecuados para expandir su personalidad a través de la disertación intelectual, que sin excepción exigía con nítidos fines prácticos. Pero cuando no se descubría en un espacio propicio a esas expansiones de su personalidad, se aislaba o de plano desaparecía del sitio, aunque no sin acunar cierto resentimiento que en secreto lo convencía de su superioridad frente a las personas que acababa de dejar atrás. Resultaba natural que participara con interés en el sindicato del Seguro Social, y también que sobresaliera en él. Pero a despecho de sus habilidades retóricas, su compromiso revolucionario y cierta facilidad para echarse a la bolsa a las personas, no logró destacar en las actividades sindicales lo suficiente para conquistar el nivel de vida que merecía. Carecía de los compadrazgos necesarios para que eso fuera posible, y él mismo creía que no tenía el carácter indispensable para forjarlos. Su falta de estudios universitarios, por otra parte, le impedía obtener en el IMSS un sueldo que le permitiera proporcionar una vida confortable a la familia que construyó con Delia. Morales y Delia vivían en un predio contiguo al que ocupaba uno de los varios hogares de Eustaquio López.
Eustaquio López nació en una familia acomodada y, si alguna vez se sintió excluido de la comunidad de los hombres, fue porque la gente que lo acompañaba lo había dejado solo en una borrachera enloquecida y fulminante. Se desempeñaba como gerente de ventas en una compañía que comercializaba maquinaria pesada. Ganaba apreciables cantidades de dinero y odiaba el comunismo. Gracias a su fluido inglés podía tratar con los ejecutivos de la filial de Estados Unidos, la matriz de la compañía para la que trabajaba. Con frecuencia cerraba negocios importantes en México. No sin considerarse por encima de los sucios pantanos que acostumbran amenizar el subdesarrollo mexicano, se movía como pez en el agua en ellos. No se jactaba de esa habilidad, pero navegaba con soltura los remolinos de corrupción que suelen servir de marco a las grandes obras de ingeniería mexicanas. Era buen lector y amaba la música clásica, pero ni en música ni en literatura remontó las zonas menos rebeldes del siglo XIX. Nunca apreció a un autor maldito, ni siquiera medio maldito. Presa de ese singular método de la omisión que consiste en desconocer la existencia de lo que no se quiere ver, ignoró los nombres de Baudelaire, Rimbaud y Nietzsche. Pese a su resuelta vocación polígama, no hubiera soportado leer El Satiricón, de Cayo Petronio, ya no se diga algo como Azul casi transparente, de Ryu Murakami, no del otro Murakami. Era esposo de Adela, la hermana mayor de Delia. La relación familiar con Pedro Morales lo obligó a entablar con él una amistad irónica que, al menos al principio, le fue irónicamente correspondida. Corrían los mejores tiempos de la Guerra Fría. La admiración de Eustaquio López por Estados Unidos y el capitalismo era idéntica a la admiración de Morales por la URSS y su triste y cruel versión del socialismo. Esas posturas opuestas no lograron evitar, sin embargo, que se emborracharan juntos en un cumpleaños de la suegra que en forma irremediable tenían en común. Allí, en la exaltación alcohólica, emergió una complicidad que al poco iba a cobrar elevadas dosis de intensidad, rentabilidad y, al cabo, mutuo y enconado desprecio.
Gracias a la acción agitadora de numerosas borracheras de alcances galácticos y aun intergalácticos, en las que por cierto abundaron bromas relacionadas con la falta de potencia sexual masculina, Eustaquio persuadió a Pedro de las ventajas de incorporarse a la venta de maquinaria pesada. No sólo obtendría jugosas cantidades de dine-ro; también gozaría de mujeres sabrosas y conocería restaurantes exquisitos y lugares formidables. En efecto, al poco de poner sus habilidades discursivas al servicio de la venta de grúas y tractores, Pedro disfrutó de todo eso y de algunas cosas más. Entre las cosas que vinieron de más, destacó una por su entrañable connotación familiar: servir de recadero de su jefe y concuño, Eustaquio López. Hombre de probada inclinación donjuanesca, López poseía varias mujeres con las que tenía hijos, y otras con las que no tenía hijos. Ocupado en las altas responsabilidades de la gerencia de ventas, muchas veces no lograba llegar a las citas con sus esposas y amantes. Quizá en razón de las restricciones tecnológicas de la época, o tal vez porque deseaba ponerlas a salvo de cualquier signo de independencia, sus esposas no contaban con cuentas bancarias. De manera que había que entregarles su quincena de mano en mano. Enemigo declarado de la irresponsabilidad que por lo común se asocia con la vida bohemia, Eustaquio se cuidaba de entregar sin falta ese cheque quincenal, así fuera a través de office boys que en realidad no eran office boys. Si no cada quincena, cada mes daba ese encargo a Pedro Morales. Poco importaba si sus mujeres vivían, casi sin excepción, en localidades alejadas de la ciudad, como Cuatitlán, Nicolás Romero o Ecatepec; de todos modos Pedro Morales debía distraer sus labores de vendedor para cumplir las encomiendas de su jefe. Impresionado por la nueva vida que había empezado a disfrutar gracias a Eustaquio o, mejor, complacido por el poder de dominación que le confería su nueva posición económica dentro del pequeño mundo que lo circundaba, Pedro no tomaba a mal hacerle los mandados a Eustaquio, al menos no durante sus primeros tiempos de vendedor de máquinas enormes y caras. Pero conforme ganó dinero y gozó de buenas mesas y hoteles de varias estrellas, sus sentimientos sobre las labores de servidumbre cambiaron en forma radical y, digamos, compensatoria. Ahora le gustaba mandar, no ser mandado. Y le gustaba mandar con pedantería que según él atenuaba con generosos gestos paternalistas. Víctima de un resentimiento agudo y perene, recordaba las veces que Eustaquio lo había citado en un desayuno, pero no para desayunar, sino para entregarle el sobre con el cheque para alguna de sus esposas. ¡Qué ignominia! Sobre todo cuando otro vendedor asistía al desayuno, pues en más de una ocasión Pedro había sido testigo de las bromas que Eustaquio gastaba a la gente que le hacía los mandados apenas el mandadero en turno le daba la espalda.
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Pero a Eustaquio no sólo le faltaba tiempo para llevar la quincena a sus esposas. También, a veces, para atender a sus amantes eventuales. Así un día pidió a Pedro desplazarse a toda velocidad al cruce de Insurgentes y Reforma con el objeto de avisar a Casandra que ese día le resultaría imposible acudir a su cita. Pedro dejó a un lado la cotización que estaba elaborando, se ajustó la corbata, arrebató el saco del perchero y se tras-ladó al punto enseguida. En menos de diez minutos estuvo con Casandra.
- ¡¿Cómo qué no va a venir?!
- Me temo que no.
- ¡Pero yo me quiero divertir! No me puedo quedar así, vestida y alborotada.
No problem: Pedro se encontraba allí para suplir a su jefe en cualquier contingencia que se pudiera presentar; a fin de cuentas casi era su esclavo, estaba a su servicio de cuerpo completo. Y así fue, literalmente hablando. Esa noche visitó un hotel de la Roma con Casandra. Nada extraordinario, pero tampoco presentó una falta de desempeño de la que se pudiera avergonzar. Los tragos ayudaron, si no a aumentar su desenvolvimiento sexual, al menos a disimular la gris medianía en que el intercambio erótico tuvo lugar.
Transcurrió una semana sin mayores sobresaltos. A despecho de la crisis económica, la maquinaria pesada continuó vendiéndose, si no bien, al menos en modo soportable. Los contactos de los concuños, urdidos con el sólido material de la corrupción, rendían frutos en medio de la adversidad financiera por la que atravesaba el país.
- Te la cogiste, cabrón –una mañana el saludo de Eustaquio se modificó notoriamente. Eres un hijo de la chingada.
Obvio: Casandra había comunicado a Eustaquio la disposición con que Pedro lo cubría en todos los frentes.
- Luego hablamos –dictaminó el jefe cuando su concuño emprendió el movimiento emocional requerido para abrir la boca. Pero la hora de aclarar el tópico no llegó. Para sorpresa de Pedro, su jefe no volvió a abordar el asunto. De esta suerte no vinculó la inesperada aparición de Adela en una reunión de vendedores y amigos en la que disfrutaba los besos y caricias de su amante en turno. Mirar a Adela del brazo de Eustaquio sembró en sus adentros una inquietud automática que, sin embargo, logró disimular con exacta solvencia. Pero le resultó inevitable abordar a solas a Eustaquio en el primer momento que tuvo oportunidad:
- ¡Salud!
- ¡Salud!
- Oye.
- Dime.
- Me hubieras avisado que venía Adela.
- No pensé que vendría. Apareció de improviso en la oficina y no tuve alternativa; me vi forzado a cargar con ella. Ya sabes cómo son las viejas…
- Espero no vaya con el chisme con su hermana…
- No te preocupes: mi flaca es a toda madre.
Quizá lo fuera, pero Eustaquio no le advirtió la necesidad de discreción que demandaba Pedro. Quizá Eustaquio esperaba que fuera indiscreta. Y lo fue. Un par de días más tarde, Delia recibió a Pedro con el reclamo de su infidelidad en el rostro. Para salir al paso con su mujer, Pedro adujo que Adela mentía como una serpiente venenosa y herida:

- Siempre te ha tenido envidia, ¿no lo habías notado? Te quiere hacer daño, ¿no te das cuenta?
Nadie lo planeó. Ocurrió como los fenómenos naturales previsibles que, al mismo tiempo, son imprevisibles. Como la frescura de la mañana, aunque a la velocidad de lo apenas visible, quiero decir, de los fenómenos que se pueden comprender. En los días siguientes se escenificó una escalada de sabotajes familiares que arrancó con una escrupulosa ley del hielo y evolucionó a una serie de fregaderas memorables. Una mañana Adela olvidó una bolsa de basura en el patio de Delia, y al día siguiente Pedro clausuró la toma de agua de Adela que pasaba por su predio. Por no ser un visitante frecuente de la casa de Adela, Eustaquio demoró una semana en enterarse del atentado contra el abastecimiento acuífero de su esposa. Pero cuando se enteró, demandó la presencia inmediata de su concuño en la gerencia:
- Ya supe lo del agua.
- ¿Cuál agua?
- Delia clausuró la toma de Adela –bendita confusión, Batman. No había sido Delia, sino él mismo, Pedro Morales, quien había procedido contra la toma con la ayuda de un perico y un soplete, pero resultaba mejor, para todos, que Eustaquio creyera que había sido Delia.
- No lo sabía… pinche Delia… increíble… ya ves cómo son las viejas… no te preocupes… hoy mismo le pongo solución al asunto.
El agua se restableció, pero no la relación de las hermanas ni la amistad de López y Morales. Las ventas continuaban celebrándose con éxito, dada la precaria situación económica del país, y por esa razón los concuños hacían como si nada malo sucediera entre ellos. De vez en cuando se emborrachaban juntos, ocasionalmente compartían una comida o se encontraban en alguna ciudad de provincia para cerrar un cuantioso negocio. Entonces tuvo lugar el sismo del 19 de septiembre de 1985. Una de sus víctimas fue el director general para México de la compañía en la que Eustaquio y Pedro trabajaban. Como resultaba natural, al poco arribó uno nuevo. Arisco dilema: con el director anterior habían perpetrado varios negocios sucios que al nuevo no le resultaría difícil descubrir. En su carácter de gerente de ventas, Eustaquio López concentraba la mayor responsabilidad. No se antojaba imposible que parara en la cárcel, así que juzgó mejor opción escurrir el bulto. El 19 de septiembre se encontraba en Nayarit, pero se dijo víctima del terremoto de la Ciudad de México. Por poco había perdido la vida. Un techo de concreto había caído sobre él. En forma milagrosa había emergido de los escombros con el fémur derecho, la tibia izquierda, un par de costillas y el cráneo rotos. Durante varios meses no podría asistir a la compañía. En principio nadie interpuso reparos, las emergencias y confusiones que siguieron a la catástrofe obsequiada por la madre naturaleza acaparó toda la atención de las personas, incluidos los ejecutivos y dueños de la compañía. Pero dos meses más tarde, el nuevo director inició una auditoria general de la empresa y al poco Eustaquio fue requerido a declarar ante un auditor imposible de sobornar. Se presentó en silla de ruedas, con la cabeza vendada y ambas piernas debidamente cubiertas de yeso. Su lamentable apariencia consiguió debilitar el interrogatorio en forma significativa. A todas luces el director recién fallecido tenía responsabilidad en los malos manejos de la compañía, pero era imposible que hubiera actuado solo. Alguien más debía caer con él. A fuerza de argumentos barrocos y coartadas bien diseñadas, Eustaquio logró evadir la responsabilidad, pero varios vendedores fueron despedidos, Pedro Morales entre ellos. Pedro había hecho algunas declaraciones que contribuyeron a salvar el pellejo de Eustaquio, pero ni las declaraciones que Eustaquio realizó en su favor lograron conjurar su despido. Pedro no se iría, sin armarle pleito a la compañía, sin luchar por la justa liquidación que merecía. Con la ayuda de un hábil abogado y un par de firmas oportunas de Eustaquio, ganó el largo litigio consecuente. La misma tarde que Pedro cobró su carnosa liquidación, Eustaquio tocó el timbre de su casa con el propósito de reclamar su porcentaje. Nada desusado ni incomprensible: los hermanos enemigos tenían la costumbre de repartirse el botín tras el cobro de cada negocio cerrado mediante alguna tranza conjunta. Pero esa vez Pedro se mostró rejego. Tajante y parco como camello cansado, se rehusó a compartir sus ingresos. La sediciosa evidencia de su despido lo persuadió de no hacerlo. Por un lado debía sortear un temporal de duración indeterminada sin ingresos. Por el otro ya no contaba con ninguna razón de peso para cuidar su vínculo con Eustaquio.
Después de probar las mieles de los vendedores que se benefician de transacciones remunerativas, Pedro no iba a volver a archivar papeles en el IMSS, ni en ninguna parte. Audaz y valiente, persistió en las ventas productivas por la vía independiente. Poco a poco se trasladó de la comercialización de maquinaria pesada a la de material de vías férreas. La privatización de Ferrocarriles Nacionales o, con mayor exactitud, la corrupción que acompañó la privatización de Ferrocarriles Nacionales, lo benefició en forma notable. A golpe de arrojo, buena administración y transacciones corruptas, en un par de años se hizo de un capital que le permitió formar su propia empresa. La compra y venta de durmientes, sapos, clavos, rieles y planchuelas iba y venía, fluía con agradables rendimientos, pero Pedro echaba de menos una bodega para reunir un stock que le permitiera ubicarse como distribuidor estable en el mercado. Por fortuna tropezó con el señor Loyola. Empresario medio en el ramo, Loyola poseía un prestigio honorable, una amplia cartera de clientes y una bodega de excelentes magnitudes para los propósitos de Pedro Morales. Seductor, inteligente y persuasivo, Pedro conquistó la confianza de Loyola. Ambos fraguaron algunos negocios rentables y, rendido ante la eficacia y el encanto de Morales, Loyola permitió que usara su bodega. La ocasión se repitió en varias ocasiones hasta que se convirtió en una práctica rutinaria, basada en la buena fe. Pero Loyola era un hombre viejo y una noche se durmió para no volver a despertar. En los funerales Morales abrazó a la familia con la mente fija en el material que descansaba en la bodega de Loyola. Lo mismo reflexionaba en torno a su material, como en el de Loyola. No tardó en concluir que tendría que pelear por ambos materiales al mismo tiempo. Antes que la familia de Loyola le quitara lo suyo, él les quitaría lo que había pertenecido al bueno de Loyola. Cabía considerar, entre otros factores no menos importantes, que ningún miembro de la familia Loyola poseía la capacidad de manejar el negocio como él, Pedro Morales, lo podía manejar. Así llegaron años de un nuevo litigio de primer orden para el futuro financiero de Morales. De modo acaso increíble, ganó, se quedó con todo. Hoy la empresa ha crecido, aunque por alguna u otra razón Morales siempre está en los tribunales peleando lo justo, lo que le pertenece. Caída la Unión Soviética, sus convicciones revolucionarias continúan vivas, pero ahora concentradas en la Cuba revolucionaria y anti-imperial. Eustaquio López, por su parte, llegó a la competencia tras finiquitar su relación laboral previa sin mayores contratiempos. En la competencia obtuvo el mismo éxito que en la otra. Allí continuó ganando buen dinero y repartiéndolo entre sus hijos, esposas y amantes, hasta que la letal combinación de la edad y las cantidades industriales de alcohol que a la fecha ha seguido procurándose con prisa y sin pausa, lo orillaron a un retiro simultáneamente cómodo y amargo. Cómodo, por la buena posición económica que le permite la mejor pensión que puede disfrutarse en el ramo. Amargo, por quién sabe qué amargura que constante corre por sus venas. Su admiración por los Estados Unidos persiste en su corazón activa y vigorosa, libre de mácula como la Virgen María. Tras diez años de no dirigirse la palabra, Pedro y Eustaquio han vuelto a hablarse. Pero se tratan solo por obligación familiar. Por lo demás, a la menor oportunidad uno hace escarnio del otro con el pariente que le queda más a la mano, mientras el otro no lo oye ni lo ve.