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Por etcétera ·

Tercero Díaz / Cuartoscuro

Los tiempos actuales son de una mayor exigencia pública. Aunque la modernidad se ha acompañado de problemas que no se pueden soslayar, como son el consumo de drogas y sus efectos colaterales, el deterioro ambiental derivado del crecimiento demográfico y de patrones de consumo irresponsables, y la persistencia de la desigualdad y la pobreza, también es cierto que nuestro tiempo ha visto avances impensables hace medio siglo. Un recuento de éstos en el ámbito de la calidad de vida, economía y civilidad, indica que para la abrumadora mayoría, la situación es considerablemente mejor ahora respecto a la de sus ancestros.

La democracia liberal es hoy día el vehículo dominante para construir gobierno. Ya se sabe de sus imperfecciones y que en circunstancias particulares no necesariamente la expresión mayoritaria corre en paralelo a lo deseable, ya no digamos a las opciones más responsables. Antes y ahora la democracia registra lamentables derrotas por el sentido de las decisiones avaladas por el voto mayoritario; pero son muchas más las victorias. Momentos de crisis y desesperanza sobre el sistema vigente facilitan la oferta del cambio fácil. Es un problema para el modelo democrático por el déficit de ciudadanía y el descrédito de las instituciones representativas.

México pasa por momentos singulares. El consenso prácticamente se ha diluido. No solo el de carácter político, también las instituciones sociales. autoridades, prácticamente todas, registran un déficit en su nivel de aprobación o aceptación; los partidos son rechazados por la mayoría y eso indica un voto disperso que plantea problemas inéditos en un sistema de mayoría relativa para elegir autoridades y una modalidad de representación proporcional para la elección de los órganos de representación. También el consenso afecta a las instituciones sociales;; la confianza se ha vuelto valor preciado pero escaso. Hoy objetivamente estamos mejor, pero subjetivamente nos sentimos peor.

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