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Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil medita: unos piensan que Rafa Márquez es la blanca paloma; otros, consideran que una red de amistades de juventud pudieron enredarlo en los lazos del delito. ¿Alguien puede saberlo? No. Unos condenan, otros absuelven. Todos quieren tener un tribunal, para culpar o perdonar. La verdad, Gil también quiere un tribunal. Defenderemos a Rafa ante esta felonía; que aclare Márquez quiénes son los dueños de sus empresas.
Gil abandonó el mullido sillón y caminó sobre la duela de cedro blanco. A juzgar por las apariencias, que suelen mentir, cierto, Márquez tendrá que demostrar que no es un lavador de dinero ni una pieza en el tablero de un narcotraficante. Con la pena: ¿conocía Márquez a Raúl Flores Hernández?, sí; ¿conocía Rafa a Raúl Flores Castro, hijo del capo?, sí; el joven, por cierto, era el dueño de La Camelia, una cantina donde se reunían futbolistas y cantantes e integrantes de la farándula de Guadalajara. El lugar fue intervenido como parte de investigaciones que tenían que ver con el narco. En 2009, la PGR incautó a Raúl Flores propiedades que se relacionaban con actividades de blanqueo mediante empresas, restaurantes, inmobiliarias e instalaciones deportivas. ¿Todo esto convierte a Márquez en un lavador de dinero? Como diría el clásico: como puede que sí, puede que no. Por cierto, se dice que Chespirito y su grupo artístico (bueno, es un decir) asistieron un lugar desconocido de Colombia a dar unas cuantas funciones para Escobar. Gil imagina al Chavo del Ocho diciéndole a Escobar: bueno, pero no se enojeee.
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