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Era el mes de mayo de 2006. Declinaba la tarde y, conforme el Sol enrojecía, terminaba un mitin de la campaña presidencial de AMLO. Era en Silao, en el bajío guanajuatense, región que era gobernada por el panismo y en la que, históricamente, ha tenido una gran influencia política el conservadurismo. Pero, aun así, el PRD y su candidato presidencial habían convocado a miles de personas que retacaron la plaza de Silao. Eso se reflejaba en el rostro de AMLO, que, habiendo finalizado el acto, con gran sonrisa y sin detener el paso, saludaba con la mano abierta, apenas “chocándola”, con muchos de los asistentes.
López Obrador apresuraba el paso hacia la camioneta y, siguiéndole, corrían cientos y cientos de sus simpatizantes. Apenas pudo subir y dentro de ésta ya le esperaba el director de una de las empresas más reconocidas y más prestigiadas en materia de encuestas (me guardo su nombre porque no le consulté si podía citarlo).
Andrés Manuel estaba muy contento, eufórico podría decirse, pero también se notaba una ansiedad que apenas podía ocultar. Salimos del perímetro del mitin y enfilamos por una de las calles que nos sacaba hacia la carretera que conducía hacia el entonces DF. Ya enfilados en la avenida es cuando pudo terminar con su ansiedad, liberando de sus labios la pregunta obvia: ¿cómo vamos?
-¡Muy biennnnnnnnn! —respondió el encuestador, que estiraba la n para, con ello, adelantar la buena nueva: ¡estás mucho mejor de lo que preveía!
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