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Por etcétera ·

El destino le regaló a David Rockefeller la bendición de una muerte apacible. La oscuridad definitiva lo sorprendió dormido en su cama a la edad de 101 años. El poder económico de Estados Unidos, dice la necrológica de El País, y dice bien, sería incomprensible sin la contribución de Rockefeller. La mansión de Pontiaco Hills le ofrece su fachada al río Hudson, en el norte del estado de Nueva York. David era el más joven de los seis hijos de John D. Rockefeller júnior y presidió el Chase Manhattan Bank, semilla del JP Morgan, el mayor grupo financiero de Estados Unidos.

Gil leyó la portada digital de la versión de El País: “Muere el filántropo David Rockefeller a los 101 años”. Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y caviló: caracho no exageremos, nadie duda de las empresas culturales del señor Rockefeller pero, caramba, antes que un filántropo fue un usurero, perdón, un banquero de fuste y fusta. Heredero del legendario fundador de la petrolera Standard Oil. Ciertamente a Rockefeller le gustaba el arte. Su colección privada guardaba obras de Picasso, Monet, Matisse, Rothko y a lo largo de su vida donó más de 150 millones de dólares al Museo de Arte Moderno. La revista Forbes calculó su fortuna en 3 mil 300 millones de dólares. Descansa en paz este gran usurero, amante del arte; perdón, este filántropo que viajó por el mundo y conoció a más de 200 jefes de Estado. A veces unos trozos del alma comunista de Gil emergen a borbotones. En fon.

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