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Era mayo de 1590. El día 21, don Miguel de Cervantes Saavedra, antiguo soldado de los tercios de Felipe II, veterano de la batalla de Lepanto, espía de la corona en el frente turco-berberisco, apeló a la gratitud de las testas coronadas. Los 500 ducados que una década antes pagaron su libertad no fueron aportados por el monarca al que servía: provenían de los esfuerzos y sacrificios de su familia. Así, en ese mayo de hace 426 años, las expectativas de tener una mejor existencia eran más bien pocas para el antiguo soldado.
Entonces miró al otro lado del mar: los reinos de la América Española. ¿Acaso allí estaría la respuesta a sus necesidades? ¿Recibiría una respuesta positiva si se animaba a escribir al Consejo de Indias? Don Miguel se movía en dos mundos desde 1567, cuando, apenas con veinte años, había publicado su primer poema. Ahora, esa circunstancia permite entenderlo como hombre de letras antes que hombre de armas.
Pero, hombre de acción como tantos otros de su tiempo, se incorporó a los tercios que operaban en Italia en 1570, cuando algunos de sus versos ya habían circulado en Madrid. Su carrera militar lo había llevado a la condición de preso en Argel, donde se le consideró personaje de calidad, condición que fijó en 500 ducados su rescate. Cervantes no se quedó con los brazos cruzados aquellos cinco años de cautiverio: intentó fugarse, infructuosamente, nada menos que en cuatro ocasiones, y en el último complot, ocurrido en 1579, había involucrado en el proyecto a más de sesenta prisioneros.
AÑOS DUROS, MUY DUROS. Liberado por fin, a costa del patrimonio familiar en 1580, todavía le fue tan leal al rey Felipe II, que aceptó una misión de espionaje en Orán, entre mayo y junio de 1581. Pero nada de esto le valió cuando, al año siguiente, en 1582, le escribió a Antonio de Eraso, secretario del rey, pidiéndole “una merced” (un empleo), ya fuera en España o en alguna de las vacantes que había en los reinos americanos. Ese, el autógrafo más antiguo que conocemos de Cervantes, nunca fue atendido.
