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Por etcétera ·

No sé en qué momento se instaló en nuestro periodismo político el estigma, subjetivísimo, de las llamadas “entrevistas a modo” (entrevistas lambisconas), y, por otro lado, la exigencia de que el entrevistador sea no solo el vehículo para conocer a un personaje, sino también un juez, un rival punzante, un adversario cuya tarea es poner al entrevistado en evidencia, dejarlo mudo, hacerlo trastabillar, confirmar sus debilidades, subrayar sus límites. En una palabra: mostrar lo peor de su invitado.

El público es en esto un exigente espectador de lucha libre, ejerce una presión invisible sobre el periodista, quien llega a la entrevista con el mandato de mostrar su independencia, hacer preguntas duras, rebatir a su invitado, ponerlo en apuros, interrumpirlo, llevándolo al rincón de sus miserias.

Mucho tiene que ver en esta evolución torcida del género la costumbre de políticos y autoridades de responder con evasivas, dar rodeos, utilizar eufemismos, dar la impresión de que mienten o tratan de meternos el dedo en la boca.

El resultado es un periodismo rijoso que acaba siendo su propio espectáculo y cuyo efecto público suele condensarse en un juicio binario: “Lo tundieron” o “Lo dejaron ir”.

La temporada de debates presidenciales y entrevistas colectivas de estos días ha sido particularmente fértil en este modo encrespado de ejercer el periodismo y de entender el género de la entrevista. He sido parte de varias de esas entrevistas colectivas y mi crítica es también una autocrítica.

La grandeza del género no es, creo yo, exhibir o denunciar, sino mostrar, revelar.

Un momento mayor del género como revelación es la serie de entrevistas que David Frost le hizo a Richard Nixon, en 1977.

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