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Las autoridades que monitorean a Joaquín El Chapo Guzmán en su celda notaron que estaba inusualmente nervioso. Se movía de un lado a otro. Se tocaba la boca, se frotaba la cara, se apretaba los labios. Miraba a un lado y a otro.
¿Por qué luce tan intranquilo? ¿Estaría tramando otra fuga? ¿Un ataque? ¿Un golpe de esos que lo han llevado a ser leyenda internacional?
Acostumbrados a observarlo las 24 horas a través de las tomas de las cámaras inteligentes instaladas en el penal de máxima seguridad de Ciudad Juárez, Chihuahua, reportaron a sus superiores el comportamiento extraño del narcotraficante. No fuera a ser.
Al poco tiempo se dilucidó el motivo: sus hijos Iván Archivaldo y Alfredo Guzmán Salazar habían sido secuestrados mientras cenaban en el restaurante La Leche de Puerto Vallarta, Jalisco, celebrando el cumpleaños del primero. Me lo relatan fuentes de alto nivel del gabinete de Seguridad.
La noticia del “levantón” de sus hijos, abundan esas fuentes, fue llevada al capo por su pareja Emma Coronel, en una de sus visitas. Joaquín Guzmán Loera no reaccionó iracundo, no golpeó las rejas ni vociferó. Contenido en sus emociones hasta donde pudo, incomunicado y aislado, trató de procesar la noticia y lidiar con la incertidumbre. Pero se le veían los nervios.
