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Por etcétera ·

Sin duda una de las palabras clave para entender el siglo XX es la palabra Revolución. Su sombra prestigiosa se sigue proyectando en nuestro tiempo. Dos partidos (el de la revolución institucional y el de la revolución democrática) la siguen colocando en el centro y Morena ha intentado, con éxito, bajo el término “regeneración”, disfrazarla. La palabra implica un regreso al origen para refundarlo todo. Su opuesto es la democracia: una construcción social gradual, milimétrica, aburrida y no exenta de continuos retrocesos.

Varias generaciones se desangraron en el altar de la Revolución. Con lucidez, hubo quien desde el principio supo ver su esencia sanguinaria.

“La Revolución me habría arrastrado… pero vi la primera cabeza sobre la punta de una pica y retrocedí. Jamás veré en el asesinato un argumento de libertad” (Chateaubriand).

Para otros fue sinónimo de libertad y fiesta. En el prólogo de Aquiles o el guerrillero y el asesino (Alfaguara,/FCE, 2016), la novela póstuma de Carlos Fuentes que narra la vida y muerte del revolucionario colombiano Carlos Pizarro, Julio Ortega señala que “Fuentes se adhirió a todas las revoluciones nacionales sólo para terminar decepcionándose de cada una”. Con absoluta frivolidad reconocía Fuentes: “Todas las revoluciones fracasan, pero entre tanto producen momentos muy padres”.

La Revolución, idea incandescente, supone siempre una praxis terrible.

Para Fuentes, la Revolución estaba preñada de futuro, de esperanza. Dejaba de lado algo obvio que ha señalado Todorov: “La Revolución no es más que otra forma de llamar a la guerra civil”. Porque las revoluciones no se realizan entre Estados, son guerras fratricidas entre los que defienden un estado de cosas y otros que desean transformarlo. Inmensos sacrificios humanos en la pira revolucionaria para terminar en lo mismo.

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/fuentes-y-el-mito-revolucionario.html