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Por etcétera ·

Un pensamiento estuvo incomodando mi descanso de fin de semana. Me la pasé muy muy bien, pero de pronto me llegaba como quien te toca el hombro y te interrumpe la plática, te corta la risa, te obliga a voltear.

Un pensamiento por un tema en el que el periodismo marca muy claramente qué es lo que hay que hacer, pero se aparecen tópicos de mucho mayor peso específico —la vida, la procreación, los derechos humanos, la construcción de país— que obligan a repensar lo que uno procesa con la reacción automática del reportero que persigue la noticia.

Me explico: había yo agendado para ayer lunes un debate con un representante de cada uno de los grupos que se manifestaron el fin de semana: el sábado, los que exigen que el matrimonio sea entre un hombre y una mujer; el domingo, los que piden se reconozca el derecho al matrimonio entre homosexuales y otras minorías.

La reacción automática del reportero: una discusión en la mesa con un representante de cada posición. Periodístico, equitativo, interesante. Pero había algo que me daba vueltas en la cabeza:

El que se está dando ahora en las calles, las redes y los medios de comunicación no es un debate como cualquier otro. No es la disputa por un cargo público ni se está discutiendo cuál es la mejor estrategia para combatir al crimen organizado. Está sobre la mesa la posibilidad de retirar o cancelar derechos a una persona por ser quien es.