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Por etcétera ·

Desfondado por la salida de López Obrador, desprestigiado por Los Chuchos que se quedaron con la franquicia, contra las cuerdas por la criticada gestión de su baluarte Miguel Ángel Mancera, arrinconado por los problemas de seguridad en Michoacán y Morelos, sus otros dos bastiones, el PRD parecía condenado a la irrelevancia.

Sin figuras que emocionaran al electorado, mochado de adeptos, su posición en las encuestas se encontraba lejos de aquel PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Robles o el propio Andrés Manuel, y más cerca de codearse con la “chiquillada” del Partido Verde, el PT, el Panal. Y quizá de una manera que resultó todavía más brutal para su identidad, el año pasado fungió como partido satélite del PAN. Sólo así, con la derecha, este partido fundado en la izquierda pudo colarse a las butacas de atrás de los triunfos en las gubernaturas de Quintana Roo, Chihuahua y Veracruz el año pasado.

Nadie daba un peso por el PRD.

Pero qué intrincados son los caminos de la política. Sin que hayan cambiado ninguna de las circunstancias cuasi-catastrócas citadas anteriormente, hoy el PRD es la fruta más deseada por los partidos grandes.

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