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Por etcétera ·

A Gil no se le iba el resuello incluso aunque había pasado un tiempo desde que leyó la noticia: había ocurrido el ataque mortífero más violento en la historia moderna de Estados Unidos. A las 10 de la noche, mientras una multitud escuchaba al cantante Jason Aldean, en un gran festival de música country, un hombre abrió fuego desde el piso 32 del hotel Mandala Bay, a 365 metros del concierto. Una lluvia de fuego mortal cayó sobre la muchedumbre y mató al menos a 59 personas e hirió a 500. Stephen Paddock, de 64 años, no tenía antecedentes policiacos y, pese a las primeras versiones, no tenía relación alguna con grupos terroristas: un lobo solitario.

En la habitación del tirador, la policía encontró 20 rifles y cientos de cartuchos. Todo es una ficción real: ¿cómo se introducen 20 rifles a la habitación de un hotel? De acuerdo, uno diario hasta convertir el cuarto en un arsenal, lo cual quiere decir que el asesino pasó casi un mes llevando un rifle, día a día, a esa habitación. En un mundo de ciegos todo es posible, en un mundo donde el presidente de Estados Unidos ha desatado el odio racial, la supremacía blanca, la persecución a los migrantes, la agresión como única forma de hacer política, estas cosas pueden suceder, cavila Gilga.

El hermano del asesino declaró: “No tiene sentido, no hay razón para que hiciera esto. Era solo un tipo que jugaba videopóker, tomaba cruceros y comía burritos de Taco Bell”. El padre de estos hermanos era un ladrón de bancos que estuvo en la lista de los más buscados por el FBI en la década de los 60. Gil medita.

Estados Unidos vive amenazado por sí mismo, por sus hombres armados, seres capaces de comprar 20 rifles en lugares donde se pueden vender 20 rifles.

Armas

Gil lo leyó en su periódico Reforma. Unas horas después del tiroteo, la Casa Blanca descartó que sea el momento de pensar en reglas de control de armas, así lo aseguró la vocera de Trump, Sarah Huckabee Sanders. Gamés cree que incluso una persona sensata, si ha comprado armas puede un día dispararlas contra el vecino o la multitud o la tía insufrible. Gilga se detiene y reflexiona como si fuera el Schopenhauer del mullido sillón: señoras y señores, el género humano no tiene remedio, por eso se necesitan leyes que detengan sus instintos asesinos. ¿Creen la lectora y el lector que Gamés se ha puesto pesimista? La historia de este apostador que comía burritos de Taco Bell confirma la idea de Gilga. Sigan vendiendo armas, no dejen.

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