Recomendamos: Si Rosa Montero no fuera española, por Daniel Gascón

Rosa Montero, que acaba de ganar el Premio Nacional de las Letras, dice que en casa tiene una biblioteca absurda. Como no le caben los libros, se deshace de los que ya ha leído, y en casa no están sus libros favoritos, sino los que quiere leer. La anécdota, seguramente exagerada, muestra características que la definen: la curiosidad, la pasión y la generosidad de quien se arriesga a descubrir algo.
Si Rosa Montero no fuera española, sería una de esas figuras legendarias que cuando se ponen de moda tantos parecen haber leído desde siempre aunque la descubrieran ayer por la mañana. Como a ella sí que la leemos desde siempre cuesta un poco más verla.
Se ha definido como narradora, ensayista y periodista, por ese orden. A veces las tres actividades van juntas: se necesitan la sabiduría irónica y melancólica de la novela y la claridad mental de un buen ensayista para escribir una columna como “La mudanza”: 25 líneas que resumen toda la vida. Al leer esa columna es difícil reprimir la sospecha de que los novelistas escriben novelas para poder escribir las cosas que de verdad importan: los artículos de periódico.
Para ella son dos cosas muy distintas: “En el periodismo hablas de lo que sabes, de lo que te han contado, de lo que te has informado, de alguien al que has entrevistado. En la novela no sabes qué sabes: es como ese sueño que sueñas con los ojos abiertos. Por eso en novela hay que tener mucho cuidado con la documentación. Te pasas de documentación y la revientas, porque entonces haces una jaula. En periodismo hablas de los árboles y en novela intentas hablar del bosque, tratas de tener una mirada de conjunto. En periodismo, la exactitud y la ausencia de equívocos son un valor, y en novela manda la ambigüedad. Cuanto más ambigua sea, cuantas más interpretaciones puedas darle, incluso cuanto más contradictoria sea, mejor. Creo que escribo desde dos puntos de partida radicalmente distintos cuando hago periodismo y cuando hago novela. Detesto la novela utilitaria, creo que es la traición de la novela. Las novelas animales, didácticas, ecológicas, feministas me parecen la traición de lo que debe ser una novela”, ha dicho. Ha declarado que la ficción es lo que le da estructura, lo que la aleja de la dispersión.
Rosa Montero ha publicado una quincena de novelas, en las que ha jugado con géneros muy distintos. Ha escrito novela histórica, como Historia del rey transparente, y novela de anticipación, como La función delta, y también relatos de tono más realista como Te trataré como a una reina o La hija del caníbal, una respuesta a la incomprensión con que se recibió uno de sus mejores libros, Bella y oscura. Ella ha dicho que no le gusta mostrarse en lo que escribe, que huye de lo autobiográfico. Pero inevitablemente lo autobiográfico aparece, en una manera de ver las cosas. Está también en colecciones de no ficción como El amor de mi vida o La loca de la casa. Está en La ridícula idea de no volver a verte: un libro admirable, tan conmovedor como pudoroso, acerca de enfermedad y el fallecimiento de su pareja, Pablo Lizcano, donde explora también la vida de Marie Curie. Esa incursión biográfica no busca “ennoblecer” o dar empaque a lo personal: es una especie de contrapunto que le confiere una intimidad inesperada. Está, también, en el personaje de Bruna Husky, la detective replicante y heroína feminista que protagoniza Lágrimas en la lluvia y El peso del corazón (además de una nueva entrega en la que Montero está trabajando).
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