Opinión

¿Cuántos libros hemos leído? Hipocresía y simulación

Por Arouet ·

Hace cerca de veinte años Enrique Florescano convocó a varios intelectuales a escribir sobre algunos de los más destacados mitos mexicanos. Es una compilacion espléndida que aborda lo mismo esos mitos ideológicos que se nombran (o acusan) como de izquierda o derecha, el emblemático Tapado y el político además de otros como los mitos de la Revolución Mexicana y el escudo nacional.

Uno de los textos más reveladores de nuestra idiosincracia (al menos para mí) lo escribió Hugo Hiriart, se llama “Máscaras mexicanas”, y el comienzo no puede ser más prometedor:

“México es un país de secretos. El mexicano es fementido y con doblez, declaraban los viejos antiguos. Un carácter elaborado, astuto, calculador, preside nuestra cortesía. Toda cortesía neutraliza y disfraza, cuando no es, de plano, mustia estrategia de poder. (...)

“Decir entre líneas, dar un rodeo, sugerir. Nuestro ideal de claridad es el oráculo que ni dice ni calla, sólo hace gestos, es decir, signos a interpretar. Si los japoneses tienen la vergüenza y los españoles la envidia como pecados nacionales, nosotros tenemos la hipocresia y el doble fondo como marcas de fábica”.

Dejo al lector acucioso la lectura completa de este material imprescindible, para adentrarnos en nuestra propia identidad nacional intergada por tantos mitos, vale decir, representaciones colectivas de personajes y hechos, más allá de la falibilidad humana de tales personajes e incluso de si sucedieron o no esos hechos. Lo que me interesa es resaltar esa hipocresía tan nuestra para expresar definiciones o posturas frente a diversos temas, por ejemplo ahora que según una encuesta encargada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes dice que los mexicanos, o al menos buena parte de ellos, leemos, en ese orden de jerarquía, la Biblia y Cincuenta sombras de Grey, además de otros como Cien años de soledad y El Principito.

Advierto que, claro está, no tengo ningún indicador a la mano que diga que eso no es verdad, es decir, que los mexicanos no leen ni la Biblia ni los demás libros. Pero eso es lo que creo, que una gran mayoría no lee ni la Biblia ni esos libros, sobre la base de aquella idiosincracia nuestra tan proclive a simular y, por ello, a recurrir a la memoria para mencionar los títulos más famosos y así salir bien librado frente a la pregunta incómoda. Porque, además, la hipocresía y la simulación implican dos cosas fundamentalmente: que nosotros sí leemos y que, por tanto, tenemos derecho a reirnos de quienes no pueden decir tres o cinco libros que hubieran marcado su vida. El asunto es más grotesco cuando el respetable ríe cuando algún candidato a puesto de elección popular dice que el libro que más le ha marcado la vida es... la Biblia.

Por ello a mí no me escandalizan los resultados de aquel trabajo demoscópico (no les creo), a mí lo que me preocupa es que la gran mayoría de los mexicanos ni si quiera leemos esos títulos.