Opinión

La diabetes democrática

Por Julián Andrade ·

Cada día hay menos confianza en la democracia. Es una situación de degradación silenciosa, como la diabetes. Estamos pagando años de desprecio por la política.

Los escándalos, la corrupción y la degradación interna en los partidos forman parte del caldo de cultivo que explica, aunque sea en parte, el desencanto democrático.

El lodo y la furia con la que se conducen algunos personajes públicos está pasando una alta factura en la que se fortalece la seducción por las salidas fáciles e inclusive autoritarias.
El problema, además, tiene carácter continental, por lo que sus consecuencias moldearán incluso el mapa del poder en toda la región.

2018 es un año de elecciones presidenciales y no sólo en México, sino también en Costa Rica, Colombia, Brasil y Venezuela.

Hace unas semanas se presentó el informe 2017 que hace el Latinobarómetro. Los datos son duros. México es el país en el que más se deterioró la confianza en el sistema democrático, pasando de un 48 por ciento en 2016 a un 38 por ciento en el año que apenas terminó.

La responsabilidad es de todos. En 2005 los mexicanos estábamos convencidos, en un 58 por ciento, de que los procedimientos democráticos eran confiables.

Vino el 2006 y muchas cosas empezaron a desquebrajarse. Hay motivos. La elección presidencial de ese año fue reñida y el triunfador sólo lo fue por una diferencia de 200 mil votos, casi nada. La descalificación a las instituciones no se hizo esperar y los consejeros electorales (del entonces IFE), que en teoría eran inamovibles, salieron de sus cargos, por una mezcla de venganza de los partidos perdedores y de culpa de los vencedores.
Todo ello, por supuesto, al margen de la legalidad y de que los resultados resistieron impugnaciones y litigios.

La peor parte, sin embargo y a partir de las mediciones anuales, llegó en el 2017, poniendo a nuestro país en el último lugar de apoyo a la democracia.

Las naciones con más altos índices son Uruguay, Ecuador, Argentina y Costa Rica y los más bajos, Honduras, El Salvador, Guatemala y México.

¿Qué hacer ante esta situación? En primer lugar revalorar a la política como una herramienta eficaz para construir acuerdos y para mejorar la vida.

Si insistimos en la descalificación generalizada, estamos deteriorando el suelo básico de convivencia y ello repercutirá en la gobernabilidad y al margen de quien resulte triunfador en la contienda.

Por supuesto, tiene que ver también en la forma en cómo se está ejerciendo el poder y en lo que perciben los ciudadanos y más aún ante la avalancha de información y a un debate no siempre ponderado en las redes sociales, en las cuales también se moldean, para bien y para mal, las opiniones de quienes acudirán a las urnas próximamente.


Este artículo fue publicado en La Razón el 8 de febrero de 2018, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.