Opinión

Show y pareja presidencial

Por Alejandro Colina ·

Etcétera

En la sociedad del espectáculo la democracia no puede desarrollarse más allá de la omnipresencia del show bisnes. Es más: gracias a la propagación incontenible de los entretenimientos masivos, la democracia misma deviene entretenimiento masivo. Al menos su región más visible se integra como show y, por supuesto, como bisnes. El ideal de una sociedad gobernada por la deliberación racional no puede ser sino eso: un ideal, un proyecto al que resultaría un despropósito renunciar. Pero se trata de un proyecto que no puede materializarse de un modo pleno, mucho menos definitivo. Si algo, el siglo XX dejó en claro que la razón no lo consigue todo. Ese siglo, pero también muchas otras disecciones teóricas y prácticas del ser humano, han demostrado que la sinrazón y la sombra constituyen una parte estructural de cada uno de nosotros y del nosotros que fraguamos juntos. En la sociedad del espectáculo esa parte oscura no podía abstenerse de participar en el espectáculo. Pues allí y desde allí ubico el show protagonizado por Peña Nieto y La Gaviota. Dicho de modo más llano: voy a entrarle al chisme de las recientes fotos que le tomaron a La Gaviota durante la sonada prolongación de su gira por Europa. Ni modo: nada humano me es ajeno. Pero antes recordaré el papel que el negocio del espectáculo desempeñó en el éxito político y electoral que permitió que Peña Nieto se convirtiera en el presidente de la república. La cosa guarda relación con la ira que muchos indignados abrigan contra Televisa. Se trata de una ira irracional, como todas las iras. Nace y se alimenta de una subjetividad poderosa y necia, pero de subjetividad poderosa y necia también está hecha la política. Y no solo la política: todos los asuntos humanos. Como la objetividad pura no existe, se impone concederle a la subjetividad y las emociones no solo derecho a la existencia, sino un peso sustancial en el mundo que vamos modulando día con día. Llevados por la subjetividad y la ira, los indignados han estigmatizado a Televisa, pero debemos admitir que un porción importante del electorado fue seducido por el cuento de hadas que esa televisora contribuyó a crear; un cuento de hadas que promovió a Peña y La Gaviota como la brillante pareja protagonista. Los ciudadanos que compraron el cuento, obvio, también fueron presas de la subjetividad y la emoción, pero esa subjetividad y esa emoción no sólo integran la realidad de la nación, como acabo de observar, sino que no pueden ser sancionadas por la ley, que en estricto sentido se sustenta en la razón. De tal suerte que el triunfo de Peña fue legal: la porción de votos surgidos a la luz del cuento de la bella y deslumbrante pareja que formaban Peña y La Gaviota son tan válidos como los de cualquiera. Además, tanto los ingenuos ciudadanos que compraron esta ilusión como los indignados por su irracional eficacia política y la televisora que hizo posible ambas cosas, forman parte de nuestra ágora pública. Así que considero imposible rehusar ese mismo derecho a las recientes fotos de La Gaviota. Al menos yo no se lo rehúso. No únicamente por lo sabroso del chisme que, claro está, no por sabroso pierde su impura calidad de chisme. También porque existe una especie de justicia poética en el nuevo espectáculo. Lo dicho: hay una zona oscura en el ser humano y yo, mísero mortal al fin y al cabo, no me escapo a su influencia. Y no solo eso: asumo que siempre será mejor expresarla que reprimirla. Digo, sobre todo cuando no se asesina a nadie a través de ese acto de liberación, o de simple y llano desahogo, si se prefiere.