Talleyrand en San Lázaro

Quizá una de las consecuencias más notorias del desencanto democrático es el extravío de algunos de nuestros políticos.
Arropados por la falacia de que el país está detenido, se elaboran las más descabelladas historias, olvidando que hay un avance que se explica, justamente, por la participación de diversas fuerzas políticas y por el empeño de generaciones enteras.
Más allá de propaganda, lo cierto es que contamos con un sistema de partidos que ha dotado de pluralidad a nuestra vida pública.
Los relevos del partido en el poder son un hecho frecuente que hace algunas décadas era difícil de prever. Por ejemplo, en 1988, la oposición al PRI sólo gobernaba en 37 municipios; algo así como 1.6 por ciento de la población.
Es evidente que esto ya no es así y que inclusive se refleja en las últimas elecciones, donde los priistas no retuvieron gubernaturas importantes, como Veracruz y Chihuahua, y apenas lo hicieron en el Estado de México.
Pero a pesar de estas evidencias, uno de los ejes del discurso en Morena y en el Frente sigue siendo el de la necesidad de “sacar al PRI de Los Pinos”.
Más allá de ese emblema voluntarioso (y al parecer probable), esto genera que los proyectos y los principios dejen de ser importantes, para dar paso al pragmatismo más puro.
Todos caben en esa idea y con ello surge un coctel de lo más abigarrado e inclusive, riesgoso.
Esto tendrá consecuencias más adelante, cuando llegue el momento de la instrumentación de políticas públicas, y más aún, cuando se requiera de tomas de posición ideológicas o ligadas a una aspiración por el porvenir.
Ejemplos de los vaivenes políticos hay muchos, pero quizá uno de los más acabados en la historia haya sido Talleyrand.
Ese político francés vivió para apoyar a todo y a todos, bajo la óptica de que “un nombre que se ufana de no cambiar nunca de opinión, es un hombre que se impone a sí mismo moverse en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad. No existen principios, sólo acontecimientos; no existen leyes, sólo existen circunstancias”. (En Roberto Calaso, La ruina de Kasch).
En la alineación para la próxima contienda estamos experimentando acuerdos, sumas y alianzas que antes parecían difíciles o inclusive, imposibles.
Pero no hay que engañarse; esto no está sujeto a propuestas (ni viejas ni novedosas) y más bien responde a la urgencia de hacerse del poder a como dé lugar.
Quizá funcione, pero el precio que se pagará será alto, tanto como la frustración por los pleitos internos, que arreciarán desde el 2 de julio, más allá del resultado.
Este artículo fue publicado en La Razón el 23 de enero de 2018, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.