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Mirar con perspectiva una vida ya sucedida pero próxima en el tiempo, que incluso ha tenido una intersección temporal con la nuestra y hemos contemplado desde lejos con alguna simpatía, produce multitud de sensaciones encontradas y, por otra parte, esenciales si se quiere vivir de forma consciente y aprovechar la experiencia de otros para intentar abordar nuestros propios retos con mayor sabiduría, para intentar no cometer los mismos errores en dilemas similares y también para aprender de su talento o de su coraje para procurar hacer algo más que sobrevivir en situaciones difíciles: conseguir seguir viviendo o creando según las propias convicciones, a pesar de todo lo que siempre conspira por impedirlo.
Ocurre también que es difícil que la biografía de personajes públicos, de un escritor en este caso, no se resuma, al final, en unos cuantos sucesos que tuvieron especial repercusión en la opinión pública, que sirvieron para que la gente se posicionara respecto a ellos, a favor o en contra, levantando emociones básicas que desde ese momento parecen acompañarlos de forma automática aunque pase el tiempo, formando parte incluso de las señas de identidad de muchos de los que los miran y no los conocieron.
Arthur Miller, que tuvo una vida muy larga y que por tanto pudo vivir en mundos tan distintos como los dos polos del siglo XX casi siempre es recordado por sucesos vitales que se produjeron en la primera parte de su vida. Se suele evocar su compromiso político, forjado en el antifascismo de los años treinta, que lo llevó por un tiempo a sentirse cerca del socialismo y, por tanto a ser, ya en la guerra fría, un escritor sospechoso para el Comité de Actividades Antiamericanas, ante el que se negó a declarar a pesar de que hacía años que se había dado cuenta del fiasco que significaba el comunismo soviético. Esto supuso una quiebra trágica en su generación y sobre todo una ruptura muy amarga, al menos por un tiempo, con Elia Kazan uno de sus mejores amigos y el director de sus obras más exitosas, como “Muerte de un viajante” por la que recibió el premio Pulitzer en 1949.
Aunque quizá lo que más famoso le hizo fue su matrimonio con Marilyn Monroe, la rubia burbujeante deseada por todos los hombres y por otro lado tan sola, tan atormentada, tan frágil, que tuvo un final trágico que él no pudo evitar, aunque probablemente lo intentó con denuedo. Marilyn, en la que percibía una alegría esencial y una suerte de pureza, siempre amenazada por sus demonios interiores y por un ambiente social bastante cruel, por un éxito que necesitaba y a la vez la iba destruyendo poco a poco. Marilyn, a la que trató de aportar la cultura que ella también anhelaba, que se le escapaba de las manos con sus cambios de humor y sus dinámicas autodestructivas que parecía no servir de nada tratar de comprender.
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