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En Film, Samuel Beckett imagina en 1966 la propia imposibilidad de quizá la representación. La película discurre toda ella atrapada en la ilusión del mismo cine. Un hombre huye no queda claro de qué. Se refugia en una habitación y allí evita cualquier mirada. No quiere ser visto. Ni siquiera ver. Destruye las fotos de familia. No quiere recordar. Ni siquiera ser recordado. Y se duerme. Pero en el sueño se esconde la peor de las pesadillas. Abrir los ojos es ya un acto de posesión, de captura, de dominio; un acto impuro. El hombre, que no es otro que Buster Keaton, despierta de su sueño de estrella de Hollywood y se descubre completamente solo. Y perdido. Tal vez para siempre. Toda representación es por fuerza, y de forma tan trágica como ridícula, autorrepresentación. El cine, como probablemente cualquier arte, es la escenificación de una lucha por apropiarse del mundo tan necesaria como definitivamente perdida.
Tal vez sólo alrededor del Mayo del 68, la paradoja beckettiana adquirió verdaderamente el punto cero de su más íntima contradicción. Revisar las películas de entonces obliga a distanciarse de la imagen hasta cierto punto folclórica, por mediática, que convierte la insurrección en torno a la mayor huelga vivida en Francia tras la Segunda Guerra Mundial en una cuestión hormonal, en un jolgorio de estudiantes.
No, lo que se acierta a ver en el cine que registra las manifestaciones, las discusiones políticas a pie de fábrica, los enfrentamientos con la policía o la actividad de los Comités de Acción es algo más que un simple documento más o menos realista, más o menos testimonial. Lo que importa es la toma de la palabra, el cuestionamiento mismo de la representación. Si lo que se denuncia es "la indignidad de hablar por otros", lo que cuenta es la reapropiación del significado de cada imagen impuesta. Y así, por primera vez de forma explícita, la representación sólo es inteligible por un ejercicio activo de autorrepresentación.
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