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Por etcétera ·

Germán y Noelia Aguilar jamás olvidarán el día en que compraron su casa. No había testigos, ni un banco, ni notario. El vendedor no tenía un solo papel encima de la mesa del comedor en la que ahora lo cuentan. “Yo estaba muy nerviosa. Siempre está el miedo de que venga un supuesto dueño real a sacarte, porque nadie te garantiza que el lugar que compras sea tuyo”, relata ella. Solo había una bolsa con dinero, más de 20.000 dólares, unas llaves, y un apretón de manos. Como si estuvieran comprando un armario. Ellos entregaron los billetes al supuesto dueño, que desapareció –“creemos que vive en el sur, por suerte”- y se quedaron con la “casa”, una planta baja de poco más de 25 metros cuadrados con literas en el comedor para sus hijos –Noelia tiene siete de anteriores relaciones, aunque no todos viven siempre ahí- y una pequeña habitación para el matrimonio.

La vivienda, en realidad una chabola de ladrillo con las paredes destrozadas por la humedad, está en el barrio Güemes, la zona más antigua de la Villa 31. Es la más conocida de Buenos Aires, en pleno centro de la ciudad, a unos centenares de metros del hotel Sheraton. “No hay papeles, pero la villa sabe quién vende y quién compra”, confía Germán. 40.000 personas viven apiñadas en torres precarias de cuatro y cinco alturas, levantadas sin planos ni cimientos, casi siempre sin escaleras interiores. “No se caen porque las construyen los mismos paraguayos que hacen las casas de los barrios caros, que son muy buenos. Y porque se apoyan unas en otras”, cuenta mientras señala edificios que cruzan los callejones y se pegan a los de enfrente.

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