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I. INTRODUCCIÓN GENERAL.
El objeto de este ensayo es la obra Historia y consciencia de clase, del filósofo húngaro György Lukács; más concretamente, nuestro análisis se centrará en el primero de los capítulos de dicha obra, capítulo que trata de responder a la pregunta acerca de qué es, según este filósofo, el marxismo ortodoxo. Lo que en las páginas siguientes intentaremos hacer será aclarar y explicar los conceptos más importantes que vienen recogidos en dicho capítulo, y, para ello, hemos decidido dividir este trabajo en varias partes diferentes, aunque todas unidas entre sí. La estructura es la siguiente: tras un apartado en el que introduciremos brevemente la figura de Lukács y trataremos de contextualizarlo, pasaremos ya a centrarnos en lo que realmente nos interesa, comenzando en primer lugar respondiendo a la pregunta de qué es el marxismo ortodoxo, cuya respuesta no es otra que el método dialéctico. Comentaremos los rasgos más importantes de dicho método y hablaremos de lo fundamental que es tener muy claro a qué nos estamos refiriendo al hablar de la dialéctica materialista, con especial atención a la tesis de la unidad de teoría y praxis. A continuación, dedicaremos otro apartado a comentar la tesis de la historia como totalidad, y, seguidamente, hablaremos del papel que tiene que jugar el proletariado dentro de esa historia que ha de ser entendida como totalidad. Más adelante, hablaremos del fenómeno de la cosificación, que, aunque no se desarrolla en el texto titulado ¿Qué es marxismo ortodoxo?, sí que se menciona en alguna ocasión, y su importancia es tal que no creo que sea una buena idea el pasarlo por alto. Por último, se realizará una conclusión final, a modo de cierre, en la que básicamente nos limitaremos a mencionar, de forma muy breve, las opiniones de Martin Jay y Predrag Vranicki, dos estudiosos de Lukács, acerca del propio filósofo húngaro y de la importancia de su Historia y consciencia de clase, respectivamente.
II. LUKÁCS: ALGO DE CONTEXTO.
György Lukács nace en Budapest a mediados de abril de 1885, en una familia judía de la alta burguesía. Él, sin embargo, como si fuese una especie de «oveja negra» de la familia, prefería llevar un estilo de vida bastante más austero; de hecho, pronto se alejará de ese mundo de facilidades en el que se encontraba su familia y pasará a formar parte, tras el estallido de la Gran Guerra, del Partido Comunista húngaro. Algunos años antes de aquello, sin embargo, Lukács ya había elaborado sus primeros ensayos, queversan sobre la evolución del teatro moderno.Es destacable, por cierto, su obra El alma y las formas, publicada en 1911. Una vez finalizados sus estudios en Heidelberg, su teoría filosófica comienza a acercarse cada vez más a Hegel, dejando a Marx, de momento, apartado. Sin embargo, con la llegada de la Primera Guerra Mundial, vuelve a retomar la filosofía de Marx, dedicándole una especial atención al estudio de la dialéctica marxista. Su posición dentro del Partido Comunista fue tomando cada vez más importancia, y durante la revolución de 1919 llegó a ocupar el cargo de Comisario del Pueblo de Educación y Cultura en el gobierno soviético húngaro. Pero tras el fracaso de Béla Kun al frente del gobierno húngaro, Lukács se ve obligado a escapar a Viena, ciudad en la que colabora con algunos órganos de la III Internacional. En 1923 publica Historia y consciencia de clase, obra en la que recopila una serie de artículos escritos entre 1919 y 1922, y que se centra básicamente en la explicación del método dialéctico marxista. En 1929, cuando el nazismo ya empieza a tomar fuerza, se traslada a Moscú, y no regresa a su Budapest natal hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando le es ofrecido un puesto como profesor en la universidad de la ciudad. Lukács murió en Budapest el cuarto día de junio del año 1971.
III. EL MÉTODO DIALÉCTICO.
«En cuestiones de marxismo, la ortodoxia se refiere exclusivamente al método ».[1] Así de contundente se muestra Lukács nada más comenzar el primer capítulo de Historia y consciencia de clase, capítulo en el que se pregunta qué es realmente el marxismo ortodoxo. Y es que todas aquellas teorías que señalaban que el marxismo ortodoxo no era más que tener una fe ciega en las tesis marxistas, o creer que en ellas está la verdad absoluta y que no se admite derecho a crítica, todas aquellas teorías, digo, no eran más que simples habladurías, interpretaciones equivocadas. Si aceptamos esas interpretaciones, que, como acabamos de señalar, son erróneas, entonces, si las nuevas investigaciones demostrasen la falsedad de las proposiciones marxistas, nadie podría ya presentarse al mundo afirmandoque es un marxista ortodoxo. Y, sin embargo, eso es algo que todavía es posible. ¿Por qué? Porque, como ha señalado Lukács, lo más propio del marxismo es el método, un método que es dialéctico.
Esa ortodoxia es la convicción científica de que en el marxismo dialéctico se ha descubierto el método de investigación correcto, que ese método no puede continuarse, ampliarse ni profundizarse más que en el sentido de sus fundadores. Y que, en cambio, todos los intentos de «superarlo» o «corregirlo» han conducido y conducen necesariamente a su deformación superficial, a la trivialidad, al eclecticismo.[2]
Aunque todas las tesis marxistas se equivocasen, uno podría todavía reafirmarse como marxista, pues lo esencial del marxismo no es ninguna tesis concreta, sino el método dialéctico. Concretamente, Lukács habla, mostrando así su influencia de Marx, de una dialéctica materialista[3]. ¿Cómo podríamos, llegados a este punto, definir el materialismo dialéctico? Quizá una primera definición podría ser la siguiente: el materialismo dialéctico, también llamado materialismo histórico, es aquella doctrina que sostiene que es el ser social el que determina la consciencia de los hombres, es decir, que son la realidad social y material y las tensiones y contradicciones que las forman las que condicionan la realidad humana. Bástenos de momento esta definición.
Para Lukács, la esencia del marxismo es la revolución, y, por tanto, la dialéctica materialista se presenta como una dialéctica revolucionaria. ¿Y qué implica que la dialéctica materialista haya de ser entendida como una dialéctica revolucionaria? Muy simple: nos estamos refiriendo aquí a la idea de la unión entre teoría y praxis. Para que la teoría pueda ser revolucionaria, tiene que haber alguien que, en la práctica, la lleve a cabo, la aplique. Tal y como señala Habermas:
Mientras la unidad de la razón solo sea pensada dialécticamente, mientras solo nos aseguremos de ella en el seno de la teoría, incluso una filosofía que rebase los límites de la racionalidad formal no hará más que reproducir la estructura cosificada de una conciencia que obliga al hombre a comportarse contemplativamente frente al mundo que el mismo ha creado. De ahí que de lo que se trata para Lukács [...] es de la realización práctica de ese plexo racional de vida que Hegel solo lleva a concepto especulativamente.[4]
En otras palabras, Habermas señala que lo que Lukács pretende esque la teoría sea llevada a la práctica, ya que mientras nos limitemos a pensarla y a mantenerla en la conciencia, sin trasladarla a la realidad, jamás podremos lograr que ésta sea transformada, sino que nos limitaremos a adoptar una actitud contemplativa frente a ella, que es justo lo que sucede con la filosofía hegeliana[5]. Tal y como señala Predrag Vranicki, «en el esfuerzo por superar el materialismo intuitivo, contemplativo, [...] Lukács ve la solución del problema del hombre en la tesis marxiana de la unidad de teoría y praxis»[6]. Por tanto, es necesario que teoría y praxis se unan, pero para que puedan unirse tiene que haber alguien que las una, alguien que lleve a cabo de forma práctica, en la realidad, esa teoría. Pero ese alguien no puede ser un alguien cualquiera, sino que tiene que ser un alguien que tenga consciencia de la realidad y que advierta la necesidad de desarrollar prácticamente esa teoría. Se tiene que dar, pues, una relación de reciprocidad entre la idea y la realidad: no basta solo con que la teoría reclame su aplicación práctica en la realidad, sino que también la realidad tiene que exigir, como algo necesario, la aplicación práctica de esa teoría. Que la revolución aparezca como la esencia del marxismo significa que es necesario que la realidad sea transformada mediante la aplicación práctica de una teoría. El problema central del método dialéctico es, por tanto, la transformación de la realidad. Y la única clase capaz de darse cuenta de la necesidad de transformar la realidad, la única clase capaz de tener esa consciencia de la realidad, es el proletariado[7].
Junto a la necesidad de que la teoría y la práctica se unan, otra de las determinaciones decisivas de la dialéctica es la interacción entre sujeto y objeto, que está directamente relacionada con la anterior. Y aquí también el proletariado juega un papel determinante, puesto que él mismo es el sujeto que conoce, y aquello que conoce, es decir, el objeto, es la propia sociedad capitalista, sociedad que no es más que un producto de la historia[8].Y puesto que el proletariado forma parte de esa sociedad capitalista, podríamos decir, por tanto, que dicho proletariado es, a la vez, sujeto y objeto de conocimiento[9]. Esto se enlaza con la tercera de las determinaciones básicas de la dialéctica, que es la transformación histórica de las categorías como fundamento de su transformación en el pensamiento; o dicho en otras palabras: para que una categoría, pongamos por ejemplo la categoría trabajo, o mercancía, o proletariado, o la que sea, surja en la mente del pensador, antes ha de haber aparecido en cierta forma en la realidad, una realidad que ha de ser entendida en relación al proceso total de la historia. La realidad de la sociedad capitalista, en la que surge el proletariado, es parte del proceso total de la historia, es decir, es producto de una evolución histórica, y no un mero hecho aislado. Sobre esto último hablaremos con más detalle en el siguiente apartado.
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