Opinión

Conflicto en La Jornada divide a la prensa militante

Por Angélica Recillas ·

Como en feria le fue a Álvaro Delgado por tratar de romper, a medias, el cerco informativo que la mayoría de la prensa, y por increíble que resulte, las redes sociales tendieron en torno al más reciente capítulo del conflicto en el periódico La Jornada.

Luego de que la directiva del diario destituyera esta semana a la secretaria general del Sindicato Independiente de Trabajadores (Sitrajor), Judith Calderón, ésta recibió el apoyo de otras organizaciones de trabajadores como el STUNAM y el Sindicato de Telefonistas, quienes el lunes hicieron pública su postura y este jueves organizaron un mitin a las afueras de las instalaciones del periódico.

El reportero de Proceso, a título personal, decidió publicar en su cuenta de Twitter una foto de esta manifestación con el siguiente tuit: “Miles frente a La Jornada, en repudio al despido de líderes del sindicato despedidos por ejercer su derecho a huelga”.

Eso le valió la ira del monero Antonio Helguera quien puso en duda el profesionalismo de Delgado. Después le siguieron Blanche Petrich, Jorge Caballero y Enrique Méndez, reporteros del diario, quienes cuestionaron que su compañero de profesión fijara su posición respecto al conflicto con base en información, a su juicio, incompleta y parcial.

Como pudo, Álvaro Delgado intentó mantener su punto de vista y esquivar el fuego amigo de sus colegas; incluso celebró que las diferencias fluyan. Sólo con Helguera se puso al tú por tú y cada cual se llevó “su golpe”. Algunos cibernautas, les suplicaban que no le dieran el gusto “a la derecha” de que el periodismo “que la patria necesita” se divida.

En este tenor va también la lectura de Jenaro Villamil sobre este intercambio. Según él, lo peor que puede pasar en el conflicto de La Jornada es que se peleen entre compañeros de causa y que “la pasión del momento” no es buena consejera. Sin atreverse a defender abiertamente el derecho a opinar de Álvaro Delgado y mucho menos criticar la intolerancia de Helguera, sugiere tener “altura de miras” en un momento complicado para el diario entre la asfixia económica, dos corresponsales asesinados y el conflicto sindical que, desde su perspectiva, debe resolverse “en ese terreno”.

Lo que Villamil tampoco admite, ni esas audiencias “rebeldes” de las redes sociales tampoco, es que la tentación del pensamiento único no sólo está presente en la clase gobernante y sus medios afines. También ya sentó sus reales en aquel periodismo que por tantos años había criticado esas prácticas propias de las dictaduras, donde el aliado se convierte en enemigo cuando disiente de quien se ostente como poseedor de la verdad.