Opinión

El Chapo Superstar. Los medios como propagandistas de criminales

Por Irasema Rodríguez ·

En medio del maremágnum informativo iniciado el mediodía del viernes con motivo de la recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán, la noche del sábado desde The New York Times para el mundo, fue lanzado un certero golpe mediático: el pasado 2 de octubre, el actor y director estadounidense Sean Penn entrevistó al narcotraficante, por entonces prófugo de la justicia, para la revista Rolling Stone, en cuyo portal se difundiría la charla, adjunta a un video del capo, material producido por la actriz mexicana Kate del Castillo, quien fue el enlace para que este encuentro se concretara.

El efecto fue inmediato; las redes sociales y los portales de los medios de comunicación se cimbraron ante esta historia que, si bien es noticiosamente impactante, deja mucho que desear desde el punto de vista periodístico y al mismo tiempo, pone nuevamente a debate las implicaciones éticas e incluso legales, para medios y periodistas a la hora de enfrentar el dilema de aceptar o no una entrevista con un delincuente de alta peligrosidad, especialmente si éste se encuentra fuera de prisión.

En el texto, de entrada, se aclara que Guzmán Loera dio el visto bueno al contenido de la conversación antes de su publicación, es decir, el capo hizo las veces de un editor. Luego de una detallada descripción de cómo se gestó y desarrolló el encuentro entre El Chapo, Kate del Castillo y Sean Penn, se transcriben las preguntas y respuestas entre el histrión estadounidense y el líder del Cártel del Golfo, quien se retrata como un humilde campesino al que no le quedó más alternativa que el cultivar y comercializar drogas para ganarse el sustento, para luego alardear de ser el mayor distribuidor de metanfetaminas y heroína en el mundo. No hay un solo cuestionamiento a su actividad criminal o a sus relaciones con el poder político, tanto de México como de Estados Unidos, o algún otro aspecto con un verdadero valor periodístico: todo quedó en un ejercicio de propaganda para un individuo, con un largo historial de delitos que deseaba filmar una película sobre su vida.

Los usuarios de redes sociales y medios de comunicación se engancharon al anzuelo lanzado por The New York Times y mientras la prensa afín al gobierno buscó ávidamente el pronunciamiento oficial de que Sean Penn y Kate del Castillo son sujetos de investigación por presunto encubrimiento, los medios militantes vieron en este fallido ejercicio periodístico una nueva exhibición de la ineptitud gubernamental y convirtieron a El Chapo Guzmán en una celebridad capaz de desafiar a la autoridad cada que le plazca.

Y ante los escasos cuestionamientos que se plantearon respecto a la ética de difundir un documento que dista mucho de tener algún aporte periodístico y en cambio, hace apología de un oscuro personaje, periodistas como Jenaro Villamil, Álvaro Delgado, Denise Dresser, entre otros, justifican el hecho con argumentos falaces como que los delincuentes de cuello blanco, son tanto o más siniestros que el narcotraficante y son entrevistados, sin que a los encargados de hacerlo se les catalogue como “propagandistas”.

Cabe recordar que cuando el 3 de abril de 2010, el semanario Proceso publicó una narración que su fundador Julio Scherer, hizo de su encuentro con el narcotraficante Ismael “El Mayo” Zambada. Aun cuando Scherer García disponía de mayores recursos que Sean Penn para un buen trabajo periodístico, se quedó sólo en un intento y de una forma muy similar a como ahora ocurrió con El Chapo Guzmán, Zambada fue retratado como un agricultor que por necesidad de sobrevivencia ingresó al mundo de las drogas y tenía miedo de ser capturado; el connotado periodista no tuvo oportunidad de hacer preguntas incómodas a su entrevistado, porque éste simplemente le marcó la pauta. Muy emblemática resultó la fotografía de Scherer abrazado por “El Mayo”, pero desde el punto de vista periodístico Proceso y su fundador quedaron a deber.

Como señaló el columnista Raymundo Riva Palacio en abril de 2010, al exponer sus motivos, básicamente de seguridad, para no aceptar una entrevista con Joaquín “El Chapo” Guzmán, el debate serio sobre la ética de medios y periodistas al tratar con delincuentes, ayudaría a establecer un marco de referencia que acote la anarquía informativa que se vive actualmente, así como los antagonismos en la opinión pública y la polarización social que generan. También advertía que no había mucha urgencia de reflexionar sobre este tema y casi seis años después, todo parece indicar que tiene razón, cuando para la esfera mediática El Chapo Guzmán pasó de ser un delincuente peligroso a una superstar de la farándula.