Intelectual, entre el pensamiento crítico y la camiseta política

¿Qué es un intelectual? La pregunta parece sencilla hasta que intentamos responderla. Entonces descubrimos que la palabra puede abarcar desde un filósofo que lleva cuarenta años preguntándose qué significa existir, hasta el comentarista de televisión que, con absoluta seguridad y en tres minutos, explica la economía mundial, la guerra de Ucrania y el origen de los agujeros negros.
En Occidente, el intelectual suele entenderse como alguien que dedica una parte importante de su vida al conocimiento, pero cuya función va más allá de acumular títulos, publicar libros o dar conferencias. Un intelectual, en sentido amplio, es alguien que utiliza el conocimiento y la reflexión para interpretar críticamente la sociedad en la que vive. Puede ser filósofo, escritor, científico, historiador, economista etcétera. Lo que lo caracteriza no es necesariamente su profesión, sino su disposición a pensar más allá de su especialidad y participar en las grandes discusiones públicas.
Eso explica por qué figuras tan distintas como Bertrand Russell, Hannah Arendt, George Orwell, Albert Einstein o Jean-Paul Sartre fueron considerados intelectuales. No porque todos pensaran igual, sino porque llevaron sus conocimientos y preocupaciones hacia problemas que concernían a la sociedad: totalitarismo, libertad, ciencia, responsabilidad moral, democracia.
Orwell, por ejemplo, no fue politólogo ni especialista en ciencias sociales, pero sus novelas y ensayos se convirtieron en herramientas para comprender el autoritarismo y la manipulación política. Arendt estudió el totalitarismo y convirtió problemas filosóficos en preguntas fundamentales sobre la responsabilidad individual. Einstein, por su parte, no dejó de ser científico cuando intervino en debates sobre guerra, pacifismo y responsabilidad política.
Entonces aparece una pregunta bastante más incómoda: ¿quién decide quién es intelectual? No existe una Secretaría Universal del Intelectual que expida credenciales después de revisar currículo, publicaciones y número de libros leídos. Tampoco basta con tener un doctorado. Un académico puede ser extraordinariamente competente en su disciplina y no tener absolutamente nada interesante que decir sobre política o sociedad. Y, en sentido contrario, alguien sin una carrera universitaria puede producir ideas de enorme profundidad.
En México el asunto adquiere matices particulares. El país desarrolló una tradición de intelectuales públicos considerable: Octavio Paz, Alfonso Reyes, Daniel Cosío Villegas, José Vasconcelos, Rosario Castellanos entre muchos otros. Algunos fueron escritores, otros filósofos, historiadores o ensayistas. Sus posiciones fueron diferentes e incluso contradictorias, pero participaron activamente en la conversación nacional.
Paz, por ejemplo, no se limitó a escribir poesía: reflexionó sobre la identidad mexicana, el poder, la modernidad y el autoritarismo. Cosío Villegas convirtió la historia y la ciencia política en instrumentos para examinar críticamente al régimen posrevolucionario. Vasconcelos fue educador, escritor y político, mientras que Castellanos utilizó literatura y ensayo para abordar cuestiones sociales y culturales.
Pero México también ha producido una curiosa variante: el intelectual convertido en celebridad política. A veces basta con publicar libros, aparecer constantemente en televisión o poseer una columna periodística para adquirir la etiqueta. En ocasiones, además, la categoría depende de la simpatía ideológica: para unos, intelectual es quien cuestiona al gobierno; para otros, quien lo defiende.
Un intelectual no debería ser un simple proveedor de argumentos para una tribu política. Su obligación más incómoda consiste precisamente en conservar la capacidad de disentir incluso de aquellos con quienes comparte ideas. Si solamente encuentra errores en sus adversarios y virtudes en sus aliados, quizá estemos ante un militante, un propagandista o un comentarista; no ante un intelectual.
¿Y para qué sirve entonces un intelectual? No necesariamente para decirnos por quién votar, qué partido apoyar o qué gobierno detestar. Su función puede ser mucho más modesta y, al mismo tiempo, mucho más importante: Señalar contradicciones, desmontar lugares comunes, introducir conocimientos que la discusión pública ignora y recordarnos que una sociedad puede estar equivocada aunque una mayoría esté convencida de tener razón.
Después de todo, si para ser intelectual bastara con tener siempre una opinión contundente sobre absolutamente todo las redes sociales habrían producido ya varios millones.



