Opinión

Los castillos medievales

Por Jesús Ortega Martínez ·

¿Cómo podrían tener solución los grandes y complejos problemas nacionales tales como la inseguridad y la violencia que han ocasionado decenas y centenas de miles de víctimas inocentes; la espantosa desigualdad que permite que millones de personas carezcan del mínimo ingreso para la sobrevivencia; y el degradante proceso de corrupción que invade el ser nacional?

Esta pregunta que nos hemos hecho, una y miles de veces, todas y todos los ciudadanos mexicanos, tiene diferentes respuestas. Una recurrente es la de aquellos que culpan a “nuestra idiosincrasia”. ¡La corrupción es un asunto cultural, de idiosincrasia!, nos ha dicho Peña Nieto.

Y poco le faltó para concluir que los mexicanos, como los latinoamericanos, no tenemos remedio. En razón de ese pensamiento es que su candidato a la Presidencia de la República no tiene ningún posible remedio a esos grandes males y, en sentido diferente, sólo ofrece la continuidad del anacrónico sistema priista en donde la corrupción o la desigualdad le resulta tan natural, tan propia, tan idiosincrática.

Otro tipo de respuesta la tenemos en la idea, emparentada al priismo, de que a México sólo se le puede gobernar —como repetía Antonio López de Santa Anna— con “palos a diestra y siniestra y con el poder concentrado en un solo hombre”. Ésta es una fórmula que deriva de un largo proceso histórico nacional que se perfeccionó dentro del obsoleto régimen de partido de Estado, y que se pretende restablecer con la propuesta que nos hace el otro López, es decir, el candidato de Morena. ¡Ésta es la otra cara del PRI autoritario!

¿Cómo entonces se debe responder a la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la violencia, la inseguridad?

No se trata de descubrir el agua tibia, sino de estudiar, analizar elementalmente, lo que sucede en otros países y dejar atrás, de manera definitiva, esa inercia de dejarnos atrapar y entrampar por nuestras costumbres y tradiciones. En sentido diametralmente contrario, se trata de romper con ellas, de irrumpir, de trastocar con el orden establecido, de enfrentar los intereses que le preservan.

Por eso tiene importancia para las y los mexicanos lo sucedido hace unos días en Alemania, en donde se instaló, el pasado 14 de marzo, un nuevo gobierno que es resultado de la gran alianza política que llevaron a cabo “el agua y el aceite” de ese poderoso país.

La Gran Alianza entre los socialdemócratas y los demócratas cristianos (la centro izquierda y la centro derecha) no sólo dará estabilidad a toda Europa, toda, que se ve amenazada con los extremismos ideologizados y los populismos demagógicos, sino, además, dará a Alemania una perspectiva de país de décadas de crecimiento económico, de desarrollo científico y tecnológico, y de equidad social.

Ahí, en Alemania, un día antes de la instalación del gobierno de la Gran Alianza, estuvo Ricardo Anaya, el candidato de la gran alianza mexicana que es Por México al Frente. Estuvo platicando con la señora Merkel que, junto a Olaf Scholz, fueron algunos de los artífices del acuerdo.

Pero Anaya también visitó y platicó con Ricardo Lagos, socialista, y con Eduardo Frei, democristiano, dos de los presidentes de la República de Chile, que lo fueron resultado de la Concertación entre el agua y el aceite de ese país sudamericano. La Concertación fue lo que hizo posible sacar a Pinochet del gobierno y, además, garantizar durante 20 años crecimiento económico y, como en ningún otro país de América, el abatimiento de la pobreza.

En contraste con la actitud abierta al mundo, nueva, contemporánea de Anaya, el candidato de Morena pretende encerrar nuestra nación en una constitución moral, autosuficiencia alimentaria y tapiados al mundo, como en un Castillo de la pureza, tal y como lo presentó en su extraordinario filme Arturo Ripstein.

El “castillo” de Meade tiene diferencias y similitudes, pero es tan medieval en lo político (el príncipe y su dinastía) como el de López y, con igual celo, resguarda una impenetrable nostalgia por un pasado autoritario.

Alemania desde Europa y México desde América, con las grandes alianzas laicas y plurales, políticas y ciudadanas, pueden ser la solución a los grandes desafíos del siglo XXI y convertirse en poderosos valladares ante las amenazas de restaurar los antiguos nacionalismos y los nocivos populismos.


Este artículo fue publicado en El Excélsior el 20 de marzo de 2018, agradecemos a Jesús Ortega Martínez su autorización para publicarlo en nuestra página.