Los padrinos mexicanos
Don fulano, Don zutano, Doña perengana, vocablos antepuestos al nombre de ciertas personas por respeto, por admiración. Don Vito Corleone, personaje central de Mario Puzo en El Padrino, seduce al público por su calidez latina, por escenas de seudo valores familiares, religiosos, por su racismo selectivo, pero Don Vito es malo entre los malos.
Ernesto Fonseca es noticia y le llamamos Don, dirán que es apodo, es lo mismo. Rafael Caro Quintero no es Don, pero lo entrevistan porque respetan su historia y su voz. No importa que sean matarifes adinerados, sicarios de rancho que del narcomayoreo, hicieron fortunas mientras sepultaron miles de vidas, las de los muertos y las de sus familias y comunidades.
Ahora padecen una suerte de padrinización, quizá nunca luzcan como hombres rectos, pero su maldad pretenden hacerla relativa, ponerla en contexto, mirar su circunstancia bien contada para ser comprendidos y, en una de ésas, admirados, o en otra, hasta adorados, como Malverde y otros que gozan del Don, a diestra y siniestra.
La hija de Fonseca narra por la radio la felicidad que le causa que su viejo padre vuelva a casa, donde tendrá cuidados y atenciones que en prisión eran difíciles de seguir. La familia y la orfandad que la cárcel rara vez impone a esas generaciones, pero, frecuente y anónimamente la regala y por miles, las balas de estos abuelos llenos de historias contadas y cantadas.
El Chapo sedujo a Kate del Castillo, una mente ilustrada que omitió las fechorías del criminal porque su militancia ideológica sabe de valores, no de leyes, importa su fe en que peores tipos nos gobiernan y mejor pide a Joaquín Guzmán que haga el bien que a otros les toca. Relatividad blindada por fama y glamour que absuelve y entroniza.
A Elba Esther Gordillo el Doña le va y le viene, unos por respeto, muchos más por temor. Por asuntos de edad y leyes, a la maestra le tocaría correr más o menos el mismo camino que a Fonseca, irse a su departamento de Polanco a seguir su proceso, que no condena, desde el calor del hogar, los hijos y nietos.
Si algo de política se cuela pues bienvenida, el Partido Nueva Alianza le debe cuentas a su creadora y muchos otros podrían visitar a la mujer que desde el liderazgo sindical fue La Madrina mexicana, afectuosa, firme, solidaria, con antecedentes libertarios, combativos. Personajes en busca de que la historia los absuelva.
Mientras tanto y para regocijo de las desgastadas expectativas de vivir en un país de leyes, la justicia, al menos la carcelaria no lo ha hecho. Fugas aparte, las consecuencias por romper la ley están esperando con brazos abiertos a dos o cuatro gobernadores que no alcanzaron el grado de Don. Y mire que por ganas no quedó.
Este artículo fue publicado en La Razón el 29 de julio de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.
