Narcoprensa
En temas de crimen y seguridad es habitual que se cumpla el dicho aquel de que cuando el río suena es porque agua lleva. Y si el Departamento del Tesoro estadounidense dice que un diario mexicano y su dueño colaboran con el narco, algo debe haber detrás.
Esta semana, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) sumó a Naim Lieben a su lista de persona especialmente designada. Esto implica que él y sus empresas están vinculadas con actividades criminales, en particular con crimen organizado.
La imputación que la OFAC hace sobre Lieben Tella es que él y sus empresas —el diario Unomásuno, Diario Amanecer y Aerolíneas Amanecer— lavan dinero para el grupo Los Cuinis, cártel que apenas en abril pasado fue señalado por el gobierno estadounidense como la organización de narcotráfico más poderosa económicamente del mundo.
Es decir, el cártel más rico del planeta usa a Lieben, sus diarios y sus aerolíneas, como vía de entrada al mercado de su dinero. Las hebras que de esto derivarán serán muy amplias y habrá que ver hasta dónde llegarán las investigaciones pero, con esto, los ciudadanos estadounidenses tienen prohibido hacer negocios con estas compañías, de lo contrario serán parte de las investigaciones de blanqueamiento y financiamiento del crimen organizado.
Lieben Tella compró en 2002 el Unomásuno, diario fundado por el exsubdirector de Excélsior en 1977, Manuel Becerra Acosta, un año después del golpe que desde el gobierno se diera a este último. En ese entonces, junto con Proceso, Unomásuno se volvió un referente de la prensa crítica nacional cuando era muy escasa.
En sus páginas, por ejemplo, publicaron Marco Aurelio Carballo, Carlos Payán y Miguel Ángel Granados Chapa. Su memoria, afortunadamente, no se mancha con lo que hoy sucede con un periódico que perdió su esencia y ahora tira ejemplares como un pasquín.
Esta coyuntura es óptima para que, como lectores, pongamos a los medios y a sus periodistas bajo la lupa para diferenciar bien a quienes hacen periodismo de quienes pretenden hacerlo.
Los pseudoperiodistas no deben tener el poder de desprestigiar a un gremio, menos aún sus directivos que delinquen y, según parece, lavan dinero.
Las balas son la forma en que el crimen organizado ejerce su poder de intimidación, mientras que el dinero es su arma para corromper; quien lo lava es cómplice no sólo de las finanzas con las que compran armas y voluntades, sino también de la violencia que ejercen los grupos criminales. De los muertos.
El periodismo necesita que sus profesionales y directivos tengan solvencia ética para reportar lo que sucede en nuestro entorno.
La justicia debe probar estos señalamientos pero cuando el río del lavado suena es que agua lleva.
Este artículo fue publicado en La Razón el 19 de Diciembre de 2015, agradecemos a Luciano Pascoe su autorización para publicarlo en nuestra página