Una reforma para nosotros
La historia de la vida sindical mexicana tiene todo tipo de rostros. Hay pasajes extraordinarios en que los trabajadores han defendido sus derechos en medio de presiones, intimidaciones y agresiones de los patrones y del mismo gobierno.
En los 50, 60 y 70 se vivieron momentos graves en los que los sindicatos fueron atacados y sometidos por parte del gobierno, lo que se quería era que los trabajadores se asumieran como parte del gobierno en lo que se llamó el corporativismo.
La paradoja era que los sindicatos que no querían formar parte del corporativismo, de hecho uno de sus principios era no formar parte de ello, se tenían que autodefinirse como independientes, como si de suyo, y, por definición, un sindicato no tuviera que ser autónomo e independiente.
El gran boom de sindicatos independientes en los sesenta y setenta en muchas universidades, tanto públicas como privadas, era una definición que tenía que ver con la forma en que se quería construir y entender el desarrollo del sindicato.
Hubo muchos otros casos de importancia que dejaron importante legado. Recordemos al SUTERM, la lucha de Othón Salazar con los maestros, la huelga de los médicos, Demetrio Vallejo, entre muchos otros. De alguna manera estamos entrando en nuevos terrenos sindicales por la lucha de personajes como los mencionados.
La definición de los sindicatos independientes buscaba asumir una clara toma de posición hacia lo que durante años había sido la vida de los sindicatos del corporativismo, los cuales terminaron siendo parte de los aparatos de gobierno.
Se entró en un círculo perverso en que la dinámica de la condiciones de trabajo se definían por los lineamientos del gobierno y, no por las demandas de los trabajadores, las cuales eran negociadas y atemperadas por los líderes, en muchos casos bajo un efectista contubernio con la autoridad.
En los últimos años muchos sindicatos empezaron a perder fuerza. La razón es que se fue rompiendo la cohesión y los trabajadores optaron por tratar directamente con los patrones. No es el mejor de los caminos, pero por lo menos así ellos negociaban directamente y entendían de qué se trataba su proceso, a diferencia de las negociaciones entre los aparatos burocráticos de los sindicatos y los empresarios, muchas de las veces hechas en lo oscurito.
Los trabajadores se fueron viendo y sintiendo cada vez menos representados. El valor y efectividad de los sindicatos se fue diluyendo por el uso que se les fue dando.
Un ejemplo es la vida interna del SNTE. Cuando el presidente Salinas de Gortari ya no quiso tener interlocución con quien era el líder del sindicato, Carlos Jonguitud, trajo a una de las discípulas del líder para ponerla como dirigente máxima de los maestros, Elba Esther Gordillo.
Tiempo después el turno fue para la resucitada profesora, Peña Nieto la metió a la cárcel y trajo a Alfonso Cepeda. Los trabajadores de la educación se la han pasado viendo cómo les quitan y ponen dirigentes desde el gobierno.
Estas breves referencias vienen a cuento porque esta semana se aprobó una muy interesante Reforma Laboral, que podría ofrecerles a los trabajadores una opción real en su vida sindical.
Van a poder decidir a qué organización sindical quieren pertenecer y tendrán la autoridad para elegir a sus dirigentes a través de voto secreto, con la transparencia como divisa obligatoria.
La reforma es parte de las negociaciones del T-MEC, pero más que “cumplirle” al gobierno de EU, se está organizando la vida de los trabajadores democráticamente, es hasta cierto punto histórico.
Se entiende la insistencia en hablar de que “cumplimos”, pero el gran valor de la reforma es que es de nosotros para nosotros.
RESQUICIOS.
Se cierran las puertas de salida a Venezuela. Sin conocer el desenlace de su largo día, hoy está más claro que nunca que está en ellos y sólo en ellos la solución. Cada día todo se ha vuelto más riesgoso, más peligroso y más violento.
Este artículo fue publicado en La Razón el 2 de mayo de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
