Plural, más subversiva que Excélsior

Los invitados llegaron desde las tres de la tarde al sexto piso de la calle de Río Lerma número 143, en el Distrito Federal. Las lluvias habían amainado y el clima era templado. El ceviche de Marie-Jo estaba delicioso, según Salvador Elizondo, y el whisky abundó tanto que las insolencias de los bacantes eran apenas destellos de la inteligencia puestos al servicio del suceso literario más importante de los últimos cincuenta años en México. El 15 de octubre de 1971 circuló por primera vez, en Excélsior, la revista Plural. Crítica, arte, literatura.

Fue un viernes aquel día en el que Octavio Paz coronó un esfuerzo acariciado desde 1966, durante su estancia en Delhi cuando se lo platicó a Malraux. Por varias peripecias no pudo cristalizarse entonces, entre otras razones, porque el gobierno francés vio en éste una vía para la propaganda, lo que desvirtuaba la idea original de un espacio que fuera “centro de convergencia de escritores independientes”. El otro traspiés se debió a la precipitación de Carlos Fuentes, quien extendió demasiado la convocatoria hasta constituir un grupo tan heterogéneo que era imposible la confluencia. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa y otros artistas no podían coincidir con Gabriel García Márquez, tan simpatizante de la revolución cubana. Nadie podría imaginar que, pocos años más tarde, los lectores mexicanos podrían acceder con regularidad a E. M Cioran, Susan Sontag e Italo Calvino.

La revista heterodoxa que surgió sin el grupo de colegas de Octavio Paz se llamó Libre y el nombre fue lo único rescatable, como advirtió el poeta quien mantuvo el plan hasta 1971, al regresar a México, a pesar de que era visto en el país como un forastero al que ni siquiera la UNAM le ofrecía una cátedra, recuerda Julio Scherer García quien, en una larga caminata en los jardines del hotel María Cistina, también por Río Lerma, le ofreció Excélsior como vía para su pálpito editorial. Paz entendió como pocos el contexto nacional que exigía del país algo más que la democratización del PRI y merecía un mejor destino que el avistado por los dogmas populistas y las proclamas de la izquierda “murmuradora y retobona”. Tuvo claro desde entonces que la base de cualquier programa o ideario debía partir de un hecho insoslayable: la pluralidad, por lo que de aquel término brotó ineludible y sobrio, el nombre de la revista que anunció la portada del diario, el martes 28 de octubre de 1971: “Excélsior publicará “Plural”, tribuna de pensadores”. Ese también fue el registro de un festejo en el que “los güisquis dominaron la mesa”.

Más que a un editor contemporáneo podríamos preguntar qué sensaciones tendría un lector frente al primer número de una revista que intenta concretar la autonomía del pensamiento animada por la adhesión democrática frente a los regímenes militares de Latinoamérica y los sistemas totalizadores del “socialismo real”. Es decir, frente al golpe de Estado chileno o la dictadura argentina o las atrocidades del Gulag soviético y el despotismo cubano. Esto, pero advirtiendo que “Plural” no fue una publicación militante. Paz subrayó que su único compromiso era la palabra además de que la politización “no es sinónimo de pensamiento crítico”. Qué impacto tendría en el lector, reitero, una portada con matices color mamey, sin imágenes, donde despunta un ensayo de Lévi-Strauss sobre la construcción de América y enseguida hay textos sobre la modernidad literaria de latinoamérica escritos por Octavio Paz, Carlos Fuentes y uno más de Harold Rosenberg de crítica al arte actual que considera a Estados Unidos como epicentro. A esto hay que agregar que en las páginas interiores hay viñetas de José Luis Cuevas. (Casi todas las portadas fueron diseñadas por Kazuya Sakai con arcoiris y olas, por lo regular)

José de la Colina escribió que “los de la izquierda nacionalista y correcta” solían llamar a Octavio Paz, con entonación peyorativa, elistista y cosmopolita, extendiendo esos epítetos a los colaboradores de Plural. Muchos cooperativistas de Excélsior decían que estos eran “apretados” y “catrincitos”. Es el mismo complejo, mezcla de resentimiento e impotencia, que hoy día también menosprecia el pensamiento y ensalza la ignorancia. Por ello aventuro la hipótesis de que al lector promedio le sería indiferente leer a Charles Fourier, Fernando del Paso, Guillermo Cabrera Infante y la poesía erótica de náhuatl reseñada por Miguel León Portilla. Y sin embargo, Plural sería tan vigente como lo fue porque siempre habrá un circuito intelectual dispuesto al esfuerzo intelectual y al goce que este representa mediante los mecanismos de búsqueda que siempre implican a las palabras. Por eso el principal deber del escritor no es con su país sino con la escritura, señaló Paz.

El llamado “Golpe a Excélsior” suscitó la renuncia del equipo editorial de Plural y, aunque la revista siguió, había perdido su liderazgo pero sobre todo el rigor intelectual y el placer de su lectura. El último número de Plural circuló en julio de 1976 con el ensayo de Adolfo Bioy Casares, dos textos de Enrique Krauze y Octavio Paz sobre Daniel Cosío Villegas y otro de Vargas Llosa sobre Fernando de Szyszlo, vanguardia del arte abstracto. Tengamos presente que el escritor ya había publicado “La casa verde”, “Conversación en la catedral” y “Los cachorros”. Plural fue un proyecto profundamente mexicano que estudió las raíces de nuestra identidad y, al mismo tiempo, tuvo la amplitud de miras para contemporizar con las discusiones internacionales más candentes.

Julio Scherer respetó en todo momento los contenidos de la revista, aunque muchos fueron contrarios a sus convicciones. Lo hizo a pesar de las críticas de sus “amigos comunistas” y de los denuestos de los cooperativistas conservadores. Pero en este hecho hay algo más que la plausible decisión del director por la libertad: Plural fue, digámoslo así, más subversiva y no sólamente por sus cuestionamientos a los regímenes socialistas de los que Echeverría y Excélsior no solo se abstuvieron sino que aplaudieron junto con la izquierda estalinista (ni modo, esos eran los términos de aquellos tiempos). La revista no condenó a los jóvenes de Avándaro como sí lo hizo Excélsior que consideró el acto como desenfreno y falto de razón (“estolidez”, empleó); el rock no fue un referente de Octavio Paz, él prefirió el jazz pero al mismo tiempo defendió la libertad de los jóvenes para escucharlo y recrearlo, a diferencia de Scherer que lo consideró una influencia extranjera perniciosa. En el primer número de Plural hay un reportaje de Elena Poniatowska sobre Avándaro en donde registra el hecho y su significado. También con la pluma de Poniatowska aludió a la despenalización del aborto. Durante casi cinco años, las más acendradas críticas al poder desde Excélsior fueron publicadas en Plural.

Plural no surgió de la nada, como aclaró Alejandro Rossi, sino de una tradición forjada, en el plano anterior por la Revista de la Universidad, la Revista mexicana de Literatura y el suplemento La cultura en México fundado por Fernando Benitez. Plural integró el trabajo intelectual que transcurría en publicaciones ocasionales o modestas. Fue relevante porque hubo un público significativo como lo demuestra el éxito más tarde tendría Vuelta

Paz siempre dijo que la actitud de Scherer frente a la revista fue admirable, ejemplar. “Los textos que aparecían en Plural no podían gustarle: eran lo contrario de lo que él pensaba. No obstante, jamás nos hizo la menor censura y nos ayudó siempre”. También mostró cierta acritud al recordar que no firmó el manifiesto de apoyo al depuesto director de Excélsior porque los redactores del documento se rehusaron a incluir a los colaboradores de Plural por lo que ellos difundieron su propia declaración de protesta:

“Scherer y sus amigos iniciaron una campaña, recogieron fondos y en un acto público anunciaron la fundación de un semanario político y de información. El amnésico orador del acto -el periodista Granados Chapa- ni siquiera mencionó a Plural ni a sus redactores y colaboradores. Fue una falla, más que de la memoria, de la sensibilidad moral”. Lo curioso es que el único testimonio mexicano aparecido fuera del país sobre el caso de Excélsior fue un artículo mío, recuerda Octavio Paz quien concluye diciendo que, pese a todo, “el desaire nos unió”.

El recuerdo no es mío sino de Rossi: el jueves 8 de julio de 1976 poco antes de la asamblea de cooperativistas, él y Octavio Paz acudieron a la oficina del director de Excélsior. Luego de recoger documentos personales se despidieron con un apretón de manos que avistaba los peores presagios. Rossi y Octavio fueron a comer y, al salir del restaurante, encontraron a Julio Scherer y a su equipo más cercano en una banqueta de la avenida Reforma. El golpe había sido fulminante. Entonces caminaron juntos por aquella acera que, casi de inmediato, tendría una bifurcación para ellos entre Proceso y Vuelta, dos revistas imprescindibles de la historia reciente. Con enormes desencuentros, sin embargo, entre Julio Scherer y Octavio Paz había nacido una amistad caótica, llena de güisqui, inconsistente y encarnizada. Así como lo son todas.

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