Opinión

Bajo la tiranía de una pantalla

La mutación kafkiana del político en el mercado algorítmico de la atención

Por Miguel Quintana ·

La praxis política de la modernidad tardía experimenta un proceso de metamorfosis conceptual y operativa que trastoca la naturaleza misma de la representación democrática. Históricamente, la conquista del poder político exigía un despliegue territorial sostenido: la denominada "política de tierra", caracterizada por el recorrido de calles, el contacto físico directo en asambleas comunitarias y la intermediación de estructuras partidistas tradicionales organizadas en comités de base. Sin embargo, en el ecosistema cibernético contemporáneo, el eje de gravedad de la contienda política se ha desplazado drásticamente desde el espacio geográfico hacia la arquitectura algorítmica de las plataformas digitales.

El líder político de la era interconectada ha supeditado la deliberación ideológica, el diseño programático y el rigor intelectual a la acumulación incesante de métricas de interacción rápida: la métrica del like, la reproducción en video (view) y la amplificación viral.

Esta transición no representa una mera innovación instrumental de la propaganda electoral, sino la transfiguración ontológica del representante público en un creador de contenido hiperespecializado. Para comprender la profundidad de este fenómeno resulta pertinente acudir a una analogía kafkiana. En La metamorfosis, Franz Kafka describe la repentina e inexplicable transformación de un individuo en un organismo alienado de su función social previa y confinado a una existencia juzgada por la mirada ajena. En el teatro político contemporáneo, el líder institucional sufre una mutación inversa pero igualmente inquietante: se despoja de su función como estadista e interlocutor de la complejidad social para convertirse en una entidad adaptada a la lógica del espectáculo digital.

Como en una pesadilla kafkiana, el político no adquiere relevancia o autoridad moral por su capacidad legislativa, su dominio de la gestión pública o su lucidez intelectual, sino que se ve atrapado en una jaula algorítmica donde su viabilidad depende de someterse diariamente a la aprobación del público digital mediante rituales de hipervisibilidad, espontaneidad simulada y entretenimiento permanente.

La evidencia empírica confirma esta reestructuración del capital político. Un estudio mapeado por el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford señala que el consumo de información política a través de creadores de contenido e influencers ha crecido exponencialmente a nivel global, desplazando de forma pronunciada a los formatos del periodismo tradicional.

Las audiencias contemporáneas, particularmente aquellas compuestas por jóvenes menores de 35 años, acuden crecientemente a figuras que combinan la discusión de la actualidad con el entretenimiento personal. Los datos recopilados por investigaciones sobre la economía de los creadores —como los análisis de mercado de Influencity para América Latina o las investigaciones publicadas en la Recerca: Revista de Pensament i Anàlisi (Palacios López y Bonete Vizcaíno, 2024)— demuestran que las métricas de interacción (engagement rate) de los influencers políticos e institucionales superan ampliamente los niveles de respuesta que obtienen las cuentas de partidos tradicionales o instituciones gubernamentales. En estos entornos, el parámetro de validación ya no es la coherencia argumentativa del discurso, sino la reactividad emocional y la capacidad de rendimiento algorítmico del emisor.

Esta distorsión de los incentivos ha propiciado un cambio funcional en los perfiles ocupacionales de la clase política. Actores institucionales que ocupan o han ocupado cargos de representación popular —gobernadores, legisladores, alcaldes e incluso aspirantes presidenciales— dedican porcentajes sustanciales de su jornada operativa a la gestación de su identidad digital, asumiendo de manera directa los empleos y roles propios de la economía del entretenimiento en red: el político se desempeña como vlogger de estilo de vida, presentador de podcasts autofinanciados, creador de transmisiones en directo (streamer) o comediante de videos de formato corto (reels y TikToks).

En este escenario, la gestión pública se reinterpreta como una escenografía para la grabación de contenidos: la inauguración de una obra, una sesión legislativa o una visita oficial no valen por su impacto socioeconómico real en el territorio, sino por su potencial para convertirse en una pieza audiovisual susceptible de monetizar la atención de la masa.

Esta mutación genera una seria degradación de la democracia deliberativa. Investigaciones sociológicas sobre la persuasión digital (como los estudios de Harff y Schmuck, citados en publicaciones de la National Library of Medicine, 2024) advierten que la política empaquetada como estilo de vida o entretenimiento diluye las barreras críticas del electorado.

El espectador consumidor no juzga la viabilidad técnica de una propuesta ni fiscaliza la transparencia gubernamental; en su lugar, establece un vínculo parasocial con la figura política, evaluando a la misma bajo los criterios afectivos con los que juzga a una celebridad o a un amigo cercano: simpatía, estética, inmediatez y accesibilidad percibida. Al sustituirse la capacidad argumentativa por el rendimiento cosmético del avatar, la esfera pública queda desprovista de sustancia teórica, convirtiendo a la política en un mercado de atención donde vence aquel que mejor optimice su mensaje para las pasiones primarias de la masa interconectada.

El dilema fundamental que enfrenta la ciudadanía contemporánea es reconocer que este desplazamiento de la política de tierra por el proselitismo de la pantalla no es neutral. Al priorizar el view sobre la verdad y el like sobre la capacidad de gobierno, las sociedades corren el riesgo de sustituir la representación política auténtica por una burocracia de la simulación.

En el universo kafkiano, la tragedia del personaje reside en descubrir que el entorno que lo rodea ha perdido todo sentido de racionalidad humana para obedecer a una lógica absurda e incomprensible. De forma análoga, una política que renuncia al pensamiento crítico y a la construcción social en el territorio para someterse ciegamente a los dictados del algoritmo corre el riesgo de transformar a los ciudadanos en simples espectadores de un espectáculo vacío, condenados a decidir el futuro de sus comunidades a través de la tiranía de una pantalla.