Escribir me salva de tu ausencia, Marguerite Duras


Escribir me salva de tu ausencia, le hago escribir a la escritora en la máquina de escribir, en tanto se escuchan los zumbidos de la mosca. La escritora escribe. Se dice a ella que escribió El Amor para esconderse de ella y de los demás y también para llorar. Porque llorar es inútil pero casi siempre es necesario más aún cuando el juicio está chalado por la ausencia de ese hombre que optó por inclinarse frente al padre y no hizo nada cuando a ella la miró de lejos surcando por el mar.
Marguerite sabe que la mosca sabe que la está atravesando el hielo de la muerte. Bebe más whisky y escribe: “Se escribe para mirar morir a una mosca” y también para mirar la agonía de los anhelos propios. Pero la vieja se resiste: “Nosotros, los del 68, somos enfermos de la esperanza (...) y a nosotros ninguna ley nos curará de esa esperanza”. Y fuma otra vez. Igual que la mosca sabe que está a punto de morir, la escritora sabe lo que escribe:
“Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros 'encantadores', sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento”.
El teclado de la máquina se funde con los zumbidos de la mosca.
Marguerite Duras interrumpe la escritura. Mira al techo mientras siente la invasión del whisky por el cuerpo. Entonces recuerda “El hombre sentado en el pasillo” como desde que era niña representa lo que piensa, mediante escenas de cine. La playa esta quieta. El frío. La grisura del mar y el cielo del mismo color. El graznido de las gaviotas, son pocas, alrededor de diez. La mujer observa a ese hombre sentado al final del sendero de los cuartos del hotel que está desvencijado. Ella lo mira y simultáneamente hace lo mismo con aquel otro hombre espigado que camina en el muelle. Ahora están los tres desnudos revoloteando entre la arena. Uno de ellos la tiene ensartada desde las entrañas, tiene los ojos azules y el pelo negro. El otro besa su espalda y le restriega la verga entre las nalgas, exactamente como un hombrecito que debió su riqueza al padre quiso hacer con Suzane, una adolescente de Saigón, y quien sólo le permitió verla desnuda mientras se bañaba a cambio de un diamante. Es decir, los efluvios del alcohol unieron sus historias de El hombre sentado en el pasillo con Un dique frente al pacífico. Pero hay algo más: Marguerite comprende que también se escribe para volver a besar a los amantes, y lleva sus manos al sexo. Ahí, entre la humedad, restriega suavemente el anillo aquel que un día le regaló el chino para acompañarla siempre.
Ya no se escuchan los sonidos de la mosca. Se encuentra inerte a un lado de la pata de la mesa donde está la máquina de escribir de la escritora. Murió, como ocurrió un día como hoy con la escritora hace veinte años. Quedó inerte. Como quedaremos todos.
Mi lectura de su obra completa es que únicamente nos significan los besos que dimos y los que recibimos. Los que dimos o recibimos a cambio de algo o sólo por los que resultaron de los temores de la soledad o el desamparo; los que dimos por amor o por pasión. Los besos amorosos de pasión, los del desengaño o aquellos que no tuvieron ninguna condición más que el deseo. Son esos instantes en que nos desprendimos del cuerpo propio al fundirnos con el otro.