En un código civilizado un gobernador no puede señalarle a los periodistas que se “porten bien”. Poco importa si existen las condiciones para que abunden las asociaciones con el crimen organizado. Después de todo, el crimen organizado no solo puede asociarse con los periodistas. También puede asociarse con el gobernador. Y nadie ignora que una asociación con el crimen organizado constituye un delito. No lo ignora el gobernador y no lo ignoran los periodistas. De modo que cabe preguntarse por qué Javier Duarte se sintió obligado a macharle esa obviedad a los periodistas. Se trata de un gesto tan inconveniente, que hace que las sospechas que ahora caen sobre él parezcan justificadas. ¿Acaso estaba advirtiéndole a los periodistas que no se metieran con él? “Pórtense bien” –se oye que reitera en el audio que ahora circula en varios medios, y al escucharlo no puedo dejar de pensar eso: que en un orden civilizado un gobernador no le señala a los periodistas que se “porten bien”. No: en un régimen de libertades no ocurre eso. Pero en Veracruz, sí.
No he hablado aún directamente de la ejecución del fotoperiodista Rubén Espinosa y de las cuatro mujeres que lo acompañaban durante el terrible momento en que ingresaron los asesinos a realizar su trabajo. Me he limitado al audio que reproduce las advertencias que Duarte pronunció en una comida con periodistas. Sin embargo, resulta claro que no traería a cuento esa advertencia de Duarte si no hubieran ejecutado al fotoperiodista y sus amigas. Dicho lo anterior, se impone registrar otra obviedad: acusar a Duarte de esos asesinatos no integra sino un voluntarioso despropósito. Solo con pruebas se podría arriesgar una acusación semejante. No obstante, tampoco podemos ignorar ahora aquellas advertencias que Duarte soltó con los periodistas. Y tampoco podemos olvidar, por cierto, a los otros quince periodistas que han sido asesinados en el estado. Con Espinosa suman dieciséis. ¿Acaso ninguno de esos dieciséis asesinatos guardó relación con el desempeño profesional de los periodistas? ¿Los dieciséis ocurrieron por otros móviles? ¿Ninguno de esos asesinatos tiene, en suma, un carácter político? Lo ignoramos. A la fecha ninguna de esas muertes violentas se ha aclarado a plenitud. A la luz de esa escandalosa impunidad resulta imposible no hablar del gobernador Javier Duarte cuando hablamos de la ejecución del fotoperiodista Rubén Espinosa. No podemos extraer ninguna conclusión al respecto, pero tampoco podemos dejar de notar y anotar que un gobernador que advierte a los periodistas que se “porten bien”, es un gobernador que ignora las formas más elementales de la indispensable coexistencia de periodistas y funcionarios públicos en un orden democrático. ¿Cómo, después de ignorar esas formas elementales, Duarte podía dejar de convertirse en un sujeto sospechoso? Digo, más cuando en el estado que gobierna caen periodistas asesinados con una continuidad espantable e impune.
