Recomendamos: La hipocresía de los medios, por Fernando García Ramírez

Durante mucho tiempo la prensa pretendió ser objetiva y neutral. No se dirigía a un público específico sino a todos los lectores. Aparentemente aspiraba a no inclinarse ante ninguna opción específica. Ahora sabemos, en retrospectiva, que la prensa de aquellos tiempos sí tomaba partido, que su mirada era sesgada –por sus intereses de clase, por su ideología, por sus creencias– y que por serlo no era objetiva. Hoy ya no hablamos de prensa sino de medios. La información se puede leer, o sólo escuchar, o sólo ver. Ningún medio aspira a dirigirse a todo el público sino a nichos específicos, por más grandes que éstos sean (y cada vez son más reducidos, por la fragmentación de las audiencias propiciada por la explosiva irrupción del internet en el ámbito noticioso.) En 2011 The Economist comentó que la transparencia y no ya la objetividad era el nuevo paradigma de los medios.



En México, debido a la singularidad de nuestro sistema político, durante décadas no tuvimos prensa libre, ni objetiva, ni neutral. Aunque hipócritamente afirmaba ante el público que sus valores eran esos. La prensa trabajaba al servicio del sistema. Aun la que en apariencia se mostraba más crítica. Como afirmó Vargas Llosa, nuestra “dictadura perfecta” lo era porque pagaba a sus críticos para que vituperaran contra el sistema, claro, dentro de ciertos límites, y atacaran sólo a ciertos personajes.



Era muy riesgoso –para la sociedad, para los medios– definir sus preferencias políticas. El partido hegemónico era el PRI, y sus candidatos, por serlo, tenían asegurado el puesto antes de que se realizaran las elecciones. Para la sucesión, el presidente daba juego político al “tapado”. Sólo él sabía quién sería su sucesor, pero se cuidaba de revelarlo. En vez de eso ofrecía señales: si en una comida sentaba a su lado a uno de los posibles candidatos, la prensa interpretaba que era “el bueno” y lo cubría de elogios. Si al día siguiente el presidente inauguraba una obra y junto a él colocaba a otro de los aspirantes, la prensa olvidaba al “tapado” de ayer y elogiaba sin mesura al nuevo posible elegido. No había “plaza pública” como ahora la hay en los medios y en las redes sociales. En cantinas, cafés y en los mentideros políticos (restaurantes donde se desayunaba y rumoraba) la sociedad interesada hacía sus quinielas. A quién saludó o no saludó el presidente, en tal discurso a quién aludió o ignoró, a quién invitó a su gira. Los medios no informaban, el lector tenía que leer “entre líneas”, adivinar en lo escrito lo que no se podía escribir. Si un diario se arriesgaba a mostrar su simpatía por uno de los candidatos y éste no resultaba ser el elegido, estaba perdido: viviría seis años con poca publicidad y sin exclusivas. “El que se mueva no sale en la foto”, sentenció Fidel Velázquez en los años setenta. Ni candidatos, ni prensa, ni sociedad se movían. Todos querían salir en la foto, es decir, quedar dentro del presupuesto.


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