Etcétera

Elba Esther Gordillo

Elba Esther Gordillo es indefendible. Más allá que el Ministerio Público logre probar los cargos que le imputa, resulta deplorable la forma como ejerció el poder como líder del sindicato más grande de América Latina. Utilizó como propios los enormes recursos a su disposición e incurrió en prácticamente todos los vicios que degradan el quehacer político en México: nepotismo, patrimonialismo, corrupción, tráfico de influencias, conflictos de interés, autoritarismo, cerrazón, pedantería. No me parece inexplicable ni injustificada la sólida satisfacción que experimenté el día que la aprehendieron. Tampoco me extraña que su posible salida de la cárcel para cumplir un arresto domiciliario en la comodidad de su casa despierte en mí un desagrado automático y vigoroso. Pero no se me escapa que hablo bajo la dirección de emociones hondas y virulentas. Estoy enojado con lo que representa. Y no soy el único. Con seguridad no exagero si afirmo que millones de mexicanos comparten ese enfado conmigo.

El patrimonialismo, la corrupción y la impunidad que distinguen a buena parte de los políticos en México han generado en la ciudadanía una animadversión semejante a la que sentían los franceses ante su aristocracia en el tiempo de la Revolución Francesa. De acuerdo: exagero, pero no demasiado. El horror de Ayotzinapa fue la tormenta que desparramó el vaso y encrespó el ambiente a un grado notable. Pero no vivimos una situación semejante a la de Francia en el siglo XVIII. No obstante, la animadversión ciudadana pareció anhelar guillotinas en cada plaza pública, como en la Época del Terror, que segó la vida de muchos culpables y muchos inocentes. Entonces bastaba ser noble para ser llevado a la guillotina. Entonces la sangre corrió a raudales en uno de esos ejercicios de barbarie que se perpetran en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ahora por fortuna no hubo guillotinas, pero sí muchas ganas de córtale la cabeza a los políticos por el simple hecho de ser políticos. Un ambiente ideal para los derroches de crueldad en nombre de la justicia y la civilización. Los incidentes contra políticos de todos los colores no faltaron, pero las aguas no se desbordaron.

Las pasiones irracionales son inherentes a los seres humanos. Solo los santos e iluminados no las padecen. Pero convertirlas en guías de nuestra participación en los asuntos públicos no se antoja practica recomendable. De modo que concluyo: mi animadversión hacia Elba Esther Gordillo solo me induce a desear que el Ministerio Público aporte las pruebas necesarias para que la encuentren culpable y cumpla su condena sin que sus derechos humanos resulten vulnerados. Repito: sin que sus derechos humanos resulten vulnerados. Una postura anticlimática, sin duda, pero tengo para mí que es mejor reservar los clímax crueles para los mundos imaginarios.

Autor

Scroll al inicio