Etcétera

No siempre las ideas merecen respeto

Suele presentarse como signo de tolerancia el respeto a las ideas diferentes, y en principio es entendible: las sociedades democráticas contemporáneas se integran sobre la base de la pluralidad, lo cual implica la coexistencia de distintos puntos de vista –en los más diversos temas– y tiene soporte en cierto andamiage legal y en las prácticas sociales que remiten a la cultura de la convivencia. No obstante, vale la pena matizar:

Hay pareceres que no suscitan respeto, aunque sí respetemos a quienes los sostienen, entre otras razones por los aspectos normativos y culturales antedichos. No es respetable, por ejemplo, la afirmación de que hay derechos humanos que pueden ser determinados por la voluntad de la mayoría, como plantean ciertos políticos conservadores en todo el mundo al referirse a los derechos de los homosexuales.

De lo anterior, naturalmente, se desprende la pregunta: ¿Para quién no es respetable que los derechos humanos se somenta a referéndum o plebiscito? No lo es para otros políticos y los que coinciden con ellos (entre quienes me cuento). Las diferencias se procesan en el ámbito insitucional, en procesos electorales que catapulten determinados programas de los partidos y, claro, en instancias legislativas. En suma, esos enfoques pueden o no respetarse entre sí, no obstante prevalece el respeto a las maneras procedimentales para procesar con el otro tal divergencia. (Yo espero que más pronto que tarde los homosexuales tengan todos los derechos, pero eso es otra cosa)

Sin duda, hay temas importantes que no tienen preeminencia en la esfera mediática, entre otras razones, porque no son del interés de los actores políticos ni de los medios; incluso la propia tensión entre estos por definir la agenda (es decir, los temas) es parte de la interacción política en las sociedades modernas. Para amplios sujetos sociales la prostitución no debe de legalizarse porque, ademas de inmoral, en cualesquiera de las variantes normativas según ellos se da pie a la trata de personas. El planteamiento es respetable (no lo es la prédica moral acerca de que el hombre que paga por sexo no es un hombre de verdad y todas esas vertientes que tampoco tienen mi respeto, más aún, me causan gracia; tampoco es respetable que a quienes concidimos con la legalización se nos acuse de promover la trata de personas). Pero también es respetable la idea que sostenemos muchos sobre la conveniencia de legalizarla. Como sea, lo que cada quien crea al respecto tiene sus propios espacios de interacción, cara a cara o corazón a corazón, de forma asidua en las redes sociales y ocasionalmente en los medios de comunicacion, en tanto que eso tiene cierto relieve durante las campañas electorales.

Pero no merece mi respeto la persona que enarbole valores antidemocráticos y sugiera una regresión autoritaria –“orden y progreso”– y menos la aniquilación del otro porque no piensa como yo quiero que piense. El fundamentalismo en el mundo da amplia cuenta de lo atroz de esas tesituras, aunque no hace falta ir muy lejos para registrar el desprecio que aún existe en nuestro país por los derechos humanos o el fanatismo de cualquier signo ideológico, que es cada vez más intenso en el país, y que aglutina a ejércitos enteros, por ejemplo en la esfera digital, para inhibir la libertad de expresión. En distintos países del mundo no hay remedos de la matrix sino auténticas tragedias en aras de imponer visiones únicas (en el nombre de una filiación política, una práctica cultural –como la aborrecible mutilación genital femenina– o cierta derivación de la fiebre religiosa que en el nombre de dios quiere conculcar la creencia en otros dioses). Sin duda, esas creencias y las personas que las defienden no merecen ni un solo ápice de respeto. Más aún, estoy convencido de que merecen todo nuestro desprecio y rechazo.

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