Un día, un buen amigo me mencionó una canción de Serrat que yo no conocía, “Mi niñez”. Me cayó encima como una cascada de nostalgia, me inundó, me ahogó, y me llevó al borde de las lágrimas mientras viajaba en metro de Tacuba a Viaducto. Concluí que la quizá la niñez de mi amigo había sido bastante más feliz que la mía, llena de maltrato psicológico y malos recuerdos, mientras luchaba por emerger a respirar a la superficie de ese mar de sentimientos en el que nadaba. Todos hemos sentido eso alguna vez con una canción pero a veces nos toma de sorpresa y nos abruma, y no sabemos cómo librarnos de eso para quitarnos la tristeza súbita, que ataca por la espalda cuando todo en apariencia está bien, o al menos estable, en nuestras vidas.
Entonces, y para sacudirme todo eso como perrito recién bañado decidí cambiar la lista de Spotify a José Luis Perales, también cantautor, también español y también de una época similar. Disfruté de “Dime”, suspiré con ”El amor”, canté “La llamaban loca” (me encanta esa canción; era de mis favoritas en mi adolescencia), por supuesto. “Un velero llamado libertad” me remontó a mis épocas de secundaria y soñé con un mundo mejor con “Compraré”.
El problema empezó cuando, entre todas ellas y algunas más, comencé a oír, por ejemplo “Ella y él”: “… En la misma cama soñarán ella y él, él con el amor que conquistó, ella con él….”. Al sentirme mal de ánimo otra vez, hice lo que siempre hago cuando la música no es la que quiero oír: brincar a la siguiente canción. Mejoró. Pero unas canciones más adelante empezó “Y cómo es él”, y volví a brincarla. Al llegar a “Cuando duermen los niños” (“… vamos a romper este silencio hoy, es hora de hablar los niños duermen ya… tus ojos no me miran como antes hoy… antes de marcharte piénsalo otra vez…”), y sentir el dolor más agudo, dije “basta”. Quité la música y empecé a reflexionar de dónde venía la tristeza. Todas esas canciones hablan de alejamiento de la pareja, de posibles rupturas por infidelidad o falta de cariño. Y entendí.
Hace un año yo era feliz. Tenía todo lo que quería tener. Con las dificultades habituales de la gran mayoría: que si de repente hay que hacer malabares con la economía doméstica, que a veces hay desacuerdos con la pareja, que si se nos olvidó sacar la basura, que si el gato se enfermó…, en fin. Sin embargo, yo pensaba que las cosas estaban bien entre nosotros dos y eso hacía llevadero todo lo demás. Incluso había cosas que parecían más una broma, y las manejábamos con risa.
A veces, es verdad, mi pareja me habló de tristeza y depresión, y me preocupé y le pregunté, pero al final él le quitaba importancia. Como los dos tenemos antecedentes de ello y sabemos que puede haber recaídas, él decía que era eso. Y entonces yo me olvidaba y el momento pasaba. Error de ambos.
Unos meses después me pidió el divorcio. Me tomó por absoluta sorpresa. Aún ahora, sigo preguntándome si no pudimos hacer nada en ese momento aunque él ya no quería intentar nada. Fue terminante en su decisión, la cual me comunicó llorando. Me dijo que no había sido una mala esposa, que no había hecho nada mal, pero que no quería seguir a mi lado. “Eres demasiado para mí, y me cansé de sentirme pequeño”. Mi primera reacción fue de incredulidad, y luego de impotencia. Yo no puedo dejar de ser lo que soy. Y si ése es el problema, no hay solución. En pláticas posteriores me comunicó que lo venía pensando desde tiempo atrás, que se sentía infeliz, que hacía más de un año que no quería seguir. No supe qué fue lo que lo decidió en ese momento. Pero poco después comenzó una relación con una de sus compañeras de trabajo. No sé cómo sea ella. Lo que sí sé es que, a diferencia mía, su currículum no es competencia para él, y que tiene una personalidad dependiente.
Cuando empezó a salir con ella, a días de haber terminado nosotros, me sentí engañada. Racionalmente sé que estaba en su derecho. Al haber terminado y yo haberlo aceptado, él es libre. Sin embargo, la facilidad con la que en apariencia se desprendió de mí y se fue con ella, sin ni siquiera pensar en mi duelo, lastima. No tiene sentido preguntarse si ella es mejor o peor, si ya estaban juntos o no, o qué tiene ella que yo no. Se perdió algo que yo quería, algo en lo que yo creía. No puedo creer ahora que toda esa felicidad era mentira; para mí fue real. Tal vez nunca estuvo ahí de la forma en que lo percibí. Quizá sólo existió de mi lado y en mi cerebro. Cada quien tiene su propia realidad y no nos es posible conocer la del otro, porque no podemos atisbar en su mente; esa realidad nos está vedada y sólo podemos suponerla, y algunos la ocultan mejor que otros de los demás. También me da tristeza el pensar que aunque yo creía que sí, él no era feliz. Que no me di cuenta. Si bien es verdad que faltó comunicación, ésta implica a las dos personas. Yo tuve mi parte de responsabilidad. Pero una relación es de dos. Y de todas formas, pensar en ello ya no soluciona nada. Sólo queda aprender y seguir.
Mi realidad actual está bien, sólo tengo que tener cuidado y continuar, viendo con cuidado dónde pongo cada pie, y avanzar como a través de fuego: con cuidado. Su realidad es asunto de él, como siempre lo ha sido. La vida sigue y yo decido con qué actitud continuarla. Y aunque ya estoy en otra etapa, veo que aún hay cosas que debo evitar para no lastimarme mientras el tiempo y las circunstancias terminan de cerrar el hueco y organizar la cicatriz. Y que está bien saltarse ciertas canciones.
“… Qué pasará mañana, qué pasará mañana si te vas…”…

