La credibilidad del nuevo gobierno es superior a su eficacia. Sus niveles de aprobación son más altos que sus niveles de rendimiento. El nuevo gobierno entrega hasta ahora pobres resultados en ámbitos centrales del país y de sus promesas de gobierno.
La economía marcha mal, la inseguridad ha empeorado, la inexperiencia de los nuevos gobernantes deja su huella en muchas partes, pero la aprobación del Presidente sigue más alta que su votación de julio de 2018.
Es la disonancia mayor de la vida pública del momento: un gobierno popular de bajos rendimientos.
Veamos la economía. Todos los observadores calificados han puesto sus perspectivas de crecimiento para México abajo del 2%.
El primer bimestre del año que corre fue el de menor generación de empleos desde 2009, en que sacudió a México la crisis mundial del año 2008.
La recaudación total de impuestos cayó 4%, y la del IVA en más de 7%, lo que quiere decir que hubo en esos meses una caída del consumo.
La moneda se ha mantenido estable y el ingreso de capitales al mercado de valores ha mejorado, pero las inversiones privadas de largo plazo están detenidas.
Otras, como las del nuevo aeropuerto y algunas del sector energético, han sido suspendidas o demoradas por el gobierno, que, por su parte no ha hecho crecer la inversión pública y no pudo ejercer 80 mil millones del gasto que tenía autorizado. Un gasto.
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