Está claro: cuando hablamos de feminismo debemos hacerlo en plural y sobre esa base emprender la elección propia. Este implica corrientes de pensamiento diversas y heterogéneas, lo mismo al marxismo de mediados del siglo antepasado en Europa que a las militantes del siglo XX en Estados Unidos entre una gama tan amplia que también implica más actitudes y proclamas que sistema de pensamiento que no comprende al otro y que a veces incluso pretende negar a ese otro como forma de liberación.
Hay muchos feminismos, entonces. Subrayo en esa corriente conservadora y autoritaria que, en cualquier circunstancia se niega a legalizar la prostitución -hablo de la femenina pero esto también comprende a los hombres- porque ésta implica siempre esclavismo sexual, la trata de personas y denigra a las mujeres y a los hombres que acceden a sus servicios. La polémica en el mundo inicia con mayor vigor desde la pasada década de los ochenta y coincido con las feministas que consideran que el abolicionismo ha sido una forma de alentar la trata y también una decisión que conculca la libertad de las personas para hacer con su cuerpo lo que quieran, incluso lograr ganancias con él o comprarlo durante un tiempo para el desfogue.
El feminismo más limitado no solo niega esa posibilidad sino que acumula valores admonitorios y antifeministas, por ejemplo cuando habla de "prostitutas" como si solo las mujeres participaran de ese acto; sus cargas morales aluden a una explotación como si solo ésta fuera exclusiva de aquella actividad y, sobre todo, cancela la posibilidad de que las mujeres (y los hombres) que deseen vender su cuerpo tengan derechos y responsabilidades frente al estado: seguro social y guarderías, por citar un caso, y pagar sus impuestos, por poner otro, que es una responsabilidad por la que merece seguridad. Hay avances en el mundo, en España o Argentina por ejemplo, existen mujeres que brindan sus servicios a personas con discapacidad o en otros lugares los burdeles, casas de cita o sitios públicos para tal efecto, se encuentran normados y los índices de inseguridad e insalubridad están reducidos al mínimo; las mujeres son libres de trabajar y los hombres de adquirir sus servicios, sin que por eso ellas sean ciudadanas de segunda o los hombres "poco hombres" por recurrir a ellas.
En México, el feminismo que impera tiene buen resguardo en la ignorancia -confunde trata con legalizar-, la doble moral -niega un fenómeno que ahí está y se expande o la prédica -está mal que se comercie el cuerpo y por eso lo prohíbe aunque con eso niegue la libertad de los demás-. Eso da más o menos una idea de la pobre cultura democrática que hay en el país y, por ello, recomiendo mucho el libro más reciente de Marta Lamas, "El fulgor de la noche".
