Lo dicho y vuelto a repetir: la política mexicana se organiza a través de un verbo mítico, esperanzador: madrugar. No hace falta leer a Martín Luis Guzmán para saber que a él debemos el precioso hallazgo, pero es mejor hacerlo. Su prosa límpida y clásica integra una delicia por sí misma. Por si fuera poco, no hay mejor manera de conocer la historia de la Revolución Mexicana que a través de un thriller maravilloso. Y vaya si la pluma de Martín Luis Guzmán paría thrillers maravillosos.
Pero yo vengo hoy a hablar de política. Tras las elecciones del 7 de junio ya tenemos candidatos para las elecciones de 2018. Bueno, no exactamente candidatos. Precandidatos. Algunos. Naturalmente no voy a reiterar sus nombres. Eso sería muy aburrido. No porque repetir cosas me parezca en sí misma una práctica poco divertida. Depende qué repitamos. Y los nombres de los precandidatos no figuran entre las cosas divertidas que podemos repetir. Así que mejor reincidiré en otra cosa. Ya sé: en el asunto ése del tapado, al que genial y machaconamente regresó el caricaturista Abel Quezada durante años. O sea: donde no hay aún ningún precandidato, se juega el sabroso y lindo juego del tapado. Todos sabemos dónde. Ah, ¿no saben? Pues se los revelo: en el PRI. Se trata de un juego muy divertido porque los que quieren deben disimular que no quieren. Como en un ligue que desconoce la santa sabiduría del vaquero que no se anda con rodeos, para citar a Jaime López. Es como en las viejas cortes monárquicas. Solo que aquí el rey no es rey –digo, aunque se crea-, sino presidente de la República. Y perdón por no profundizar mi análisis político, pero con la alusión histórica al talante autoritario del tapado, basta y sobra. O al menos eso pienso yo, no sé usted, querido y respetado lector.
